El día que le chupé los calcetines a mi jefa

El día que le chupé los calcetines a mi jefa

@marco_vidal ·7 de julio de 2026 · 🔥 4.1 (20) · 10 lecturas · 6 min de lectura

La primera vez que noté que a Elena le gustaban los calcetines no fue cuando los vi, ni cuando los olió disimuladamente tras salir del cuarto de lavar —fue cuando me pidió que se los devolviera, con la voz baja, los ojos fijos en mis manos, y una sonrisa que no encajaba con la formalidad de la oficina. Tenía treinta y ocho años, cabello negro recogido en un moño apretado, labios carnosos que siempre parecían estar a punto de decir algo más de lo que decía, y un olor a vainilla y tabaco frío que me perseguía en los pasillos del edificio.

Yo, Marco, veintinueve, promotor de marketing, con el pelo despeinado y las manos siempre sudadas cuando ella pasaba cerca, había ido a recoger un informe que había dejado en su escritorio. Ella estaba en la sala de juntas, en una llamada. La puerta entreabierta. Yo, con el informe en la mano, alcé la vista y la vi: sentada al fondo, los pies descalzos sobre la silla, los calcetines negros hasta la rodilla, arrugados, con las costuras ligeramente deshilachadas por el uso. Uno de ellos se le había bajado un poco, dejando al descubierto el tobillo, la piel suave, la vena azulada que palpitaba con cada movimiento de sus dedos. No estaba desnuda. No tenía que estarlo. Pero en ese instante, sentí un calor que subió por la espina dorsal y se instaló en la ingle.

—¿Puedo ayudarte? —le pregunté cuando salió, sin saber si me refería al informe o a los calcetines.

Elena me miró como si ya supiera algo que yo aún no había confesado ni siquiera para mí.

—Sí —dijo—. Apenas salí del baño, se me cayó el bolso. Me gustaría que los lavaras… pero no los planches. Prefiero que queden un poco usados.

No entendí de inmediato. Pensé que era una tontería. Pero esa noche, en casa, los froté a mano con jabón suave, sin secarlos del todo, dejándolos húmedos y cálidos, como si aún conservaran el vapor de su piel. Los guardé en una bolsa de tela dentro de mi cajón, al lado de la ropa interior. No los olí. No aún. Pero los toqué. Una vez. Dos.

Dos semanas después, me llamó a su despacho a las 6:47 p.m., justo cuando el edificio empezaba a vaciarse. El aire acondicionado bufaba en silencio. Las luces del techo parpadeaban con el ritmo de una respiración cansada.

—Siéntate —dijo, sin mirarme.

Yo me senté en la silla de delante, la espalda recta, las manos en los muslos.

—¿Sabes por qué te llamé?

—No —mentí.

Elena se levantó, dio una vuelta completa al escritorio, y se detuvo frente a mí. No me tocó. Solo se inclinó, un poco, y me susurró:

—Tus manos. Son buenas lavando ropa.

Me miré los dedos. Callosos, con una uña rota, piel seca en los nudillos. Pero en ese momento, me dieron asco.

—¿Quieres ver algo que no hayas visto nunca? —preguntó.

Asentí. No era una pregunta, era una orden.

Elena se sentó en la mesa, las piernas abiertas a los lados de su cuerpo, los pies colgando. Se desabrochó el primer botón del blazer. Luego el segundo. El tercero. El estómago, liso, marcado por los músculos que no se mostraban en las reuniones. Me pidió que me arrodillara.

Lo hice sin pensarlo. Mis rodillas tocaron el suelo frío del carril de alfombra, y entonces ella se deslizó los calcetines, con lentitud, con teatralidad, como si cada fibra de algodón fuera un suspiro contenido. Me los tendió, uno a uno, con los dedos. No me los lanzó. No los tiró. Los entregó, como quien entrega un regalo envuelto en seda.

—Tómalos —dijo—. Olfátalos.

No dudé. Tomé el primero. Lo acerqué a la nariz. Apenas un hálito: sudor, vainilla, y algo más, un sabor salado que no era de la piel, sino del aire que ella dejaba atrás. El segundo fue igual, pero más cálido, más vivo. Lo oprimí contra mis labios, sin morderlo, sin besarolo, solo presionando, como si pudiera absorberle algo.

—Ahora —dijo, ya con la voz ronca—, quédate con ellos. Y mañana, cuando vengas, los traerás puestos.

No fue una sugerencia.

Al día siguiente, los llevé puestos. Los calcetines de Elena. Los mismos que ella había usado la noche anterior. Me los había devuelto esa mañana, doblados con cuidado, dentro de una bolsa de papel, con una nota que decía: *“Ponlos. No los laves. No los cambies.”*

Cuando entré a la oficina, ella ya me estaba esperando. Me miró de arriba abajo, sin disimulo, sin vergüenza, como si ya hubiera soñado con esto mil veces.

—Vente —dijo, y se dirigió a la sala de juntas, cerró la puerta con llave.

No hubo besos. No hubo palabras. Ella se sentó en la mesa, con las piernas separadas, y me indicó que me arrodillara entre ellas. Me desabroché los pantalones, saqué mi pene, tieso, húmedo, listo. Ella me tomó una mano, la llevó a su entrepierna, a través del calcetín.

—Siente —dijo.

Y yo sentí: la humedad, el calor, la suavidad de su piel bajo el algodón, el leve temblor de sus muslos. Entonces, con la otra mano, me deslicé el calcetín hacia abajo, lentamente, hasta que quedó enganchado en los tobillos. Y allí, en esa mesa de madera oscura, con el sonido lejano de las cajas de aire y el tic-tac del reloj de pared, me incliné y le chupé el calcetín, primero uno, luego el otro, con la lengua, con los dientes, con suaves mordiscos que no apretaban, solo insinuaban. Ella se arqueó, soltó un gemido ahogado, me agarró del pelo. No me detuve. Lo hice con placer, con devoción, como si fuera la primera vez que un hombre le hacía algo así, como si fuera la última.

—Ahora —dijo—, levántate.

Yo me puse de pie. Ella se bajó la braga, la tiró al suelo, y me empujó hacia atrás, sobre la mesa. Me abrió el pantalón por completo, me sacó el pene, lo frotó contra su vagina, ya húmeda, ya abierta, ya esperándome. Se inclinó, me agarró de los testículos, y se subió la falda, sin soltarme la mirada. Se colocó encima de mí, lenta, hasta que me hundí en su interior. No gritó. No se quejó. Solo se movió, con un ritmo que parecía choreado, con una fuerza que no esperaba de sí misma.

Yo le sujeté las caderas, la subía, la bajaba, la giraba un poco, hasta que ella se inclinó, me tomó la barbilla, y me dijo, con voz de quien ya no tiene nada que ocultar:

—Ven, Marco. Ven a mi boca.

Y lo hice. Me levanté, la tomé de la cintura, la senté en el borde de la mesa, le abrí las piernas, y me metí dentro de ella de nuevo, esta vez con más fuerza, con más ganas, con la certeza de que no iba a detenerme hasta que ella lo exigiera. Cuando la sentí temblar, cuando la vi arquearse, cuando sus ojos se perdieron en el techo, supe que estaba cerca. Entonces me incliné, le tomé un pecho con la mano, le mordí el pezón con suavidad, y la sentí estallar, con un gemido que no era de placer, sino de rendición.

—Ahora —dijo—, dentro.

Me dejé llevar. Me clavé hasta la raíz. Sentí su calor, su apretón, su pulso en la punta del pene. Y cuando me corrió, no dentro, sino con ella, con su cuerpo apretado contra el mío, con sus uñas clavadas en mi espalda, supe que ese día no era el comienzo de una historia. Era el final de una mentira que ambos llevábamos años contando.

Y los calcetines? Estaban en el suelo, entre nosotros, húmedos, arrugados, y completamente inútiles.

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