La primera vez que me acosté con mi compañera de estudios
6 minLa primera vez que me acosté con mi compañera de estudios
A los veintidós años, aún me costaba reconocerlo: era virgen, sí, y no por falta de deseos, sino por miedo. Miedo a equivocarme, a ser torpe, a hacer que algo que debía ser natural se volviera incómodo. Y entonces, entre libros de psicología y notas de clase mal copiadas, apareció Valeria.
Era mi compañera en el seminario de investigación. Alta, de piel morena clara, rizos negros que parecían tener vida propia, y una sonrisa que me descolocaba cada vez que me dedicaba —una sonrisa que, desde el primer día, me pareció demasiado personal para ser solo amistad. Nos sentábamos siempre juntos, por casualidad o por elección, y entre explicaciones del teorema de Maslow y anotaciones en los márgenes, empezamos a hablar de todo. De música, de viajes, de miedos. De sexo. Sí, de sexo. Ella lo hacía con una naturalidad que me desarmaba. Hablaba de sus experiencias con franqueza, sin pedir permiso, sin disimular. Y yo, que hasta entonces solo había soñado con tocar a alguien así, me encontraba escuchándola con la boca seca y las manos sudorosas, intentando no mirarle los labios mientras hablaba.
Esa noche, después del seminario, me invitó a tomar un café. Dijo que quería seguir hablando, que no quería dejar pasar la oportunidad de saber quién era yo *de verdad*. Sentados en un banco del parque, con el sol bajando lentamente y el calor de julio pegando ya fuerte, me contó que nunca había estado con un hombre que le gustara tanto como para pensar en algo más que un encuentro rápido. Y luego, sin más preámbulo, me preguntó: —¿Alguna vez te ha dado miedo que algo no salga bien… o que no esté a la altura?
Me sorprendió. No por la pregunta, sino por la manera: directa, sin jugos, como si ya supiera la respuesta antes de decírmela.
—Sí —respondí, mirando mis manos—. Tengo miedo de arruinar algo antes de que empiece.
Ella asintió, tomó un sorbo de su café, y luego dejó la taza sobre la mesa. Me miró fijamente. Sus ojos oscuros, casi negros, me devoraban.
—Entonces, ¿por qué no lo hacemos bien? —dijo, y por primera vez, su voz tembló.
No entendí al principio. Pensé que era una broma. Pero ella no sonreía. Y entonces, con una lentitud que me hizo sentir el corazón en la garganta, me tendió la mano.
—Vamos a mi casa —dijo—. Hoy no hay clase mañana a las ocho, y tengo todo el día.
No dudé. No me lo pensé. Me levanté, le tomé la mano y me dejé llevar.
Su casa era pequeña, en un edificio antiguo del centro. Puertas de madera, ventanas con rejas verdes, el olor a limón y café recién hecho. Me senté en el sofá mientras ella iba a cambiar de ropa. Volvió con un short de algodón y una camiseta fina, sin sujetador, y vi cómo se marcaban los pezones, duros por el aire acondicionado o por algo más. Me miró y se encogió de hombros, como si nada.
—¿Te importa si enciendo algo de música? —preguntó.
—No —murmuré—.
Pero no puso música. Se sentó a mi lado, muy cerca. Tan cerca que sentí el calor de su cuerpo a través de la tela. Me giré hacia ella, y por primera vez, no aparté la vista. Vi sus pestañas largas, el brillo de sus labios, el pequeño lunar que tenía justo debajo del ojo izquierdo. Me acerqué lentamente, y ella no retrocedió. Al contrario, inclinó la cabeza, como si me invitara.
El primer beso fue torpe. Mis labios temblaban, y ella se rió, suave, sin burla, solo con ternura.
—Cariño, relájate —dijo, acariciándome la mejilla—. No hay examen.
Y entonces, con calma, ella me enseñó. Me enseñó a besarla como si no hubiera mañana, a sentir su aliento, su pulso acelerado contra mi cuello. Me enseñó a tocarla sin miedo: la curva de su cintura, la suavidad de su espalda baja, la forma en que sus pechos se alzaban al respirar. Me despojó de la camiseta con una sola mano, y cuando sentí su pecho contra mi piel, la respiración se me atragantó.
—¿Estás bien? —susurró.
Asentí, pero no con la cabeza: con el cuerpo. Con la ansiedad, con el deseo que me subía por las venas como una descarga eléctrica. Le devolví el favor: le desabroché el short con dedos temblorosos, y cuando lo bajó, vi su pubis, rasurado, limpio, con un pequeño vello oscuro que descendía hacia un rincón que no había visto nunca, pero que conocía de sobra por imágenes y fantasías.
Me incliné, y esta vez no dudé. Le separé los labios con los dedos, y vi su clitores, hinchado, brillante, esperándome. Me mordí el labio para no gemir. Ella jadeó, apretó los puños contra el sofá, y me pidió:
—Mmm… sí… así…
Le lamí con suavidad, una vez, dos, y luego con más confianza, sintiendo cómo su cuerpo se arqueaba, cómo sus caderas buscaban más. Me metió una mano en el pelo y me dijo, entre jadeos:
—Quiero que me cogas. Ahora.
Me levanté, me desabroché el pantalón, y saqué mi pene, tieso, húmedo por el deseo. Ella me miró, y por un instante, me pareció que dudaba… hasta que sonrió, esa sonrisa que me desarmaba, y me dijo:
—Dime qué necesitas.
—Tú —respondí—. Solo tú.
Se sentó, cruzó las piernas sobre el sofá, y me indicó con un gesto que me acercara. Me coloqué detrás, le abrí las nalgas con una mano, y con la otra le sostuve la cintura. Le pasé el prepucio hacia atrás, y la punta de mi pene rozó su entrada.
—Respira —le susurré.
Ella exhaló, lenta, y yo empecé a entrar. Poco a poco. Sentí su calor, su apretón, la tensión inicial que luego se disolvió en un gemido profundo. Me miró por encima del hombro, con los ojos cerrados, los labios entreabiertos.
—Sí… más… —murmuró—. Tú puedes.
Y seguí entrando, hasta que me hundí por completo, hasta sentir su cuerpo contra el mío, hasta sentir su vagina envolviéndome, apretándome, pidiéndome más.
Empecé a moverme. Lento, al principio, para no romper el hechizo. Pero ella me pidió más, con palabras sucias que nunca había escuchado, con gritos ahogados, con sus uñas clavándose en mi brazo. Me pegué a su espalda, le besé el cuello, le mordí el hombro cuando sentí que se venía, cuando sus músculos se contrajeron, cuando su vagina me apretó como un puño.
—¡Ahora, Diego! —gritó—. ¡Me voy!
Y yo, sin pensarlo, me dejé llevar. Sentí el orgasmo subir como una ola, y cuando llegué al borde, le dije, casi llorando:
—¡Valeria! ¡Tú eres la primera!
Y fue. La primera vez que me acosté con alguien, la primera vez que sentí el cuerpo de una mujer abrirse para mí, la primera vez que la voz de alguien me pidió que no parara.
Cuando terminamos, nos quedamos abrazados, sudados, sin fuerzas, con su cabeza sobre mi pecho y su pierna cruzada sobre la mía. Ella me besó en el hombro y dijo, con la voz ya calmada:
—¿Sabes qué? No fue tan terrible.
Me reí.
—Gracias —le dije.
—De nada —respondió—. Pero no cuentes esto en tu tesis.
Y así, entre risas y besos, supe que aquello no había sido solo la primera vez. Había sido el comienzo.
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Reencuentros, química que estalla, segundas oportunidades en la cama. Escribo pasión de la que deja marca.