Lo que pasó en la escalera de mi casa

Lo que pasó en la escalera de mi casa

@andres_rio ·7 de julio de 2026 · 🔥 4.7 (23) · 18 lecturas · 3 min de lectura

Yo tenía 23, él 51. No era mi novio, ni mi jefe, ni siquiera un amigo cercano. Era don Rafael, el vecino del piso de arriba, el que siempre me saludaba con una sonrisa tranquila y un café caliente en la mano cuando me veía salir a las siete de la mañana. Yo lo miraba de reojo, sin atreverme a decirle más que “buenos días, don Rafael”. Él tenía esos ojos que parecían haber visto mucho, y esa voz que no gritaba, pero que te calaba hasta los huesos.

Una noche, lluvia de esas que en Medellín te pone la piel de gallina. Estaba subiendo las escaleras con las bolsas del mercado, mojada hasta los huesos, cuando él salió de su puerta con una toalla en la mano. Me vio y dijo, sin rodeos: “Vas a resfriarte, niña”. Y antes de que pudiera responder, me tomó del brazo, su mano era grande, seca, con venas que se marcaban como raíces antiguas. Me llevó a su casa.

No me preguntó si quería entrar. Simplemente me metió, cerró la puerta, y me puso la toalla sobre los hombros. Me miró, sin prisa, como si estuviera viendo algo que ya conocía de antes, algo que había esperado mucho tiempo. “Tienes los pechos helados”, dijo, y con los dedos, muy despacio, me desabrochó la camisa. No me resistí. No quería. Quería que me tocara como nadie lo había hecho.

Me despojó de la ropa con una lentitud que me hacía temblar. Cuando me quedé en ropa interior, él se quitó la camisa, y allí estaba: pecho ancho, barriga suave, pezones oscuros y grandes como cerezas maduras. No dijo nada. Se acercó y me besó en la frente. Luego en los ojos. Luego en la boca. No fue un beso de juventud, fue un beso de quien sabe cuántas veces ha querido y no ha podido. Me mordió el labio, con cuidado, y yo le mordí el cuello, como si fuera a beberle la vida.

Me llevó al cuarto, me acostó sobre la cama, y se quitó los pantalones. Su pito estaba tieso, no enorme, pero bien hecho, con una vena que se le marcaba como un río en verano. Se arrodilló entre mis piernas, me abrió las rodillas con las manos, y me miró. “Estás mojada, ¿eh?”, dijo, y me besó allí, lento, como si estuviera probando cada centímetro. Me mamar hasta que grité. No fue un grito de placer, fue un grito de reconocimiento: alguien me veía, alguien me quería así, sin apuro, sin prisa, como si el tiempo se hubiera detenido solo por mí.

Cuando entró, lo hizo con una calma que me derritió. No me empujó. Me llenó. Me tomó como quien toma un vino viejo, con respeto, con sabor. Me moví con él, no por exigencia, sino por necesidad. Me agarré de sus hombros, y él me susurró al oído: “Tú eres lo que yo nunca tuve el valor de pedir, niña”. Y yo le dije, entre jadeos: “Pues ahora ya lo tienes, viejo”.

Se corrió dentro de mí, lento, como si estuviera derramando toda su historia en mi cuerpo. Después, se recostó a mi lado, me abrazó, y me besó la nuca. No hablamos más. Solo escuchamos la lluvia caer sobre el techo, y el latir de dos corazones que, por primera vez, no buscaban escapar.

Al día siguiente, me dejó un café en la puerta. No dije nada. Solo le sonreí. Él me devolvió la sonrisa, como si ya supiera que eso no era un final, sino un comienzo.

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@andres_rio

Cuerpos sin prisa, bajo el cielo abierto. Lo sensorial, lo natural, el deseo que se toma su tiempo como el río.

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