La primera vez que me metí en la casa de la vecina
7 minLa primera vez que me metí en la casa de la vecina
La luz del sol ya no entraba por las rendijas de las persianas cuando Andrés apoyó su frente contra la pared del pasillo, escuchando cómo el corazón le latía fuerte en el pecho. La vecina —Marcela— lo había invitado a entrar para prestarle un adaptador de corriente, pero lo que empezó como un gesto cotidiano había tomado un giro que neither de ellos había planeado. Ella lo había mirado con esos ojos que parecían besar su mirada, con esa sonrisa que le hacía sentir que el aire se volvía más denso, más caluroso, como en los días de verano en Medellín cuando el sol te pega de lleno en la cara y no hay ni una brisa que te dé alivio.
—¿Te da calor también? —preguntó Marcela, ya dentro de su casa, con la camiseta mojada de sudor en la espalda, pegada al contorno de sus pechos. No era una pregunta inocente. Era una puerta entreabierta.
—Sí —respondió Andrés, con la voz un poco ronca, como si hubiera estado callando más de lo necesario. Y sí, hacía calor. Pero el calor que le subía por las venas no venía del clima.
Marcela caminó hasta la cocina, y Andrés no pudo evitar ver cómo le temblaban las nalgas por dentro del short que llevaba puesto, un short ajustado, casi transparente de tanto desgaste, que le marcaba la curva del culo como si fuera una promesa. Ella se inclinó hacia el cajón de los cargadores y el movimiento hizo que se le subiera un poco más la camiseta, dejando al descubierto un trozo de cintura, suave, cálida, con una pequeña marca que parecía un lunar pero que Andrés juraría que no recordaba ver antes. Ella se giró, le tendió el adaptador, y sus dedos se rozaron. Ese roce, tan corto, tan efímero, le encendió algo que llevaba años apagado.
—¿Quieres un agua? —preguntó ella.
—Sí —dijo él, sin mirarla directo, con la boca seca.
Ella se fue hacia el refrigerador, y él sí la miró esta vez: cómo se le contraían los músculos del estómago al moverse, cómo el culo se le llenaba de redondez al caminar, cómo el sudor le pegaba la camiseta a los pechos, y cómo esos pechos —pechos de mujer real, no de revista, no de filtro— subían y bajaban con cada respiración. Ella tomó dos botellas de agua, se giró, y esta vez sí lo miró a los ojos mientras le acercaba la suya.
—No te quedes ahí parado —dijo, con voz baja, casi un susurro, como si estuviera diciendo algo prohibido.
Él entró. Se sentó en el sofá, y ella se sentó a su lado, no muy cerca, pero tampoco lejos. El silencio se llenaba de sonidos: el zumbido del aire acondicionado roto, el sonido de sus respiraciones, el goteo del grifo de la cocina que nadie había arreglado. Marcela se quitó la camiseta y se la pasó por la frente, mojándosela, y cuando la dejó caer al suelo, quedó con un sostén pequeño, de encaje, que apenas contenaba sus pechos. Eran pechos de mujer joven, pero ya con esa carnosidad que da haber amamantado. A Andrés le entró ganas de meter las manos ahí, de sentir esa textura, esa calidez, de lamer esa piel.
—¿Te gustan? —le preguntó, sin vergüenza, como si ya supiera la respuesta.
—Mucho —dijo él, y se levantó, y se acercó a ella.
No hubo beso de prueba. No hubo tanteo. Él le puso las manos en la cintura, sintió la piel suave, cálida, húmeda, y la tiró hacia él. Ella no se resistió. Lo besó como si llevara semanas esperando ese momento, con la lengua metiéndole en la boca, con los dientes rozándole el labio, con las uñas clavándosele en el cuello. Ella le mordió el labio inferior y él soltó un gemido bajo, un sonido que no sabía que podía hacer. Ella sonrió, con los ojos cerrados, y le dijo:
—Aww, para qué tanto te estás, mijo. Anda, acuéstate.
Él se recostó en el sofá, y ella se puso encima de él, arrodillada entre sus piernas. Le desabrochó el pantalón, lo bajó con lentitud, y cuando su pito salió, ya duro como una piedra, ella se inclinó, le dio un beso en la punta, y lo lamió, como si no tuviera prisa. Le chupó el glande, con la lengua redonda, moviéndose de abajo hacia arriba, y luego lo metió en su boca hasta la mitad, dejando que el aire entrara por la punta mientras lo mamaba, con esa técnica de quién sabe cuántos años de práctica. Él le agarró la cabeza, no para empujar, sino para sentir cómo ella lo controlaba, cómo lo tomaba con confianza, con ganas.
—¿Te gusta? —le preguntó ella, sacando su pito de su boca, con un sonido húmedo, como un chupón.
—Sí, porfa, que me lo mames bien rico —dijo él, con la voz rota.
Ella se rió, baja, sensual, y se quitó el sostén. Se inclinó y le chupó los pezones, uno y luego el otro, mordisqueándolos con suavidad, mientras con la mano le daba una masaje en el pito, apretándolo con la palma, moviéndose de abajo hacia arriba, con la punta de los dedos rozándole el glande. Él se le arqueó la espalda, soltó un grito, y le dijo:
—Marcela… que me va a salir sin que me lo creas.
—Entonces no te salgas —dijo ella—. Aquí no se sale. Se entra.
Ella se movió hacia abajo, se quitó el short, y él vio su vagina por primera vez: oscura, húmeda, con los labios bien abiertos, con un pequeño vello oscuro que le daba un aire de mujer hecha y derecha, no de niña de revista. Ella se puso encima de él, con las manos apoyadas en su pecho, y lo miró a los ojos mientras se bajaba lentamente, dejando que su pito entrara, un poco a la vez, como si no quisiera perderse nada del momento.
—Aww, qué rico —dijo ella, cuando ya lo tuvo todo dentro, cuando sus cuerpos quedaron pegados, cuando el calor de su culo le quemó la piel de él.
Él le agarró las caderas y empezó a empujar, suave al principio, pero ella le dijo:
—Más fuerte. Yo no soy de plástico.
Entonces él le metió más fuerte, con movimientos cortos, largos, rotando la cadera, haciendo que ella soltara gemidos ahogados, que se le mordiera el labio, que se le pegaran los pechos a su pecho mientras el sudor les corría por las sienes. Ella se inclinó hacia atrás, con las manos atrás de la cabeza, y se empezó a mover sola, como si fuera una máquina hecha para ese momento, para él, para el pito que le rebotaba dentro, que le hacía temblar el culo, que le hacía soltar sonidos que no salían de la boca, sino del fondo del vientre.
—Sí, así… que te lo metas todo… que me lo mames bien rico… —le decía ella, como si estuviera rezando, como si estuviera cantando.
Él le dio una palmada en el culo, fuerte, y ella gritó, y eso lo encendió más. Él le agarró el pelo, la tiró hacia abajo, y le metió el pito en la boca otra vez mientras le empujaba la cabeza, y ella lo agarró con las manos, lo hizo con naturalidad, como si lo hubiera hecho siempre. Él se corrió dentro de su boca, con un gemido agudo, con los ojos cerrados, con las piernas temblorosas.
—¡Aww, que rico! —dijo ella, tragando, sonriendo, con la lengua pasándole por la punta del pito.
Él la levantó y la puso boca abajo sobre el sofá, le dio una palmada en el culo, fuerte, y se puso detrás de ella, se metió otra vez, con más fuerza, con más ganas, con más hambre. Ella se le agarró a los brazos, se le pegó al pecho, y él le empezó a meter más fuerte, más rápido, con movimientos bruscos, con el pito golpeándole el fondo, con el culo de ella rebotando contra sus muslos. Ella gritó su nombre, y él sintió cómo su vagina se le apretaba, cómo se le cerraba como un puño, cómo le temblaba todo el cuerpo.
—¡Me voy! —gritó ella.
Él le agarró el culo con las dos manos, se lo apretó todo, y le entró una última vez, con fuerza, con ganas, y se corrió dentro de ella, llenándola, con un gemido que salió del fondo del pecho, como un lamento, como un grito de victoria.
Se quedaron quietos, un rato, sin hablar, sin moverse, solo respirando, sudando, pegados. Ella se dio vuelta y le sonrió, con la cara húmeda,
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Cuerpos sin prisa, bajo el cielo abierto. Lo sensorial, lo natural, el deseo que se toma su tiempo como el río.