Me cogí a la vecina mientras mi esposa estaba de visita con sus padres

Me cogí a la vecina mientras mi esposa estaba de visita con sus padres

@andres_rio ·7 de julio de 2026 · 🔥 3.8 (19) · 13 lecturas · 7 min de lectura

La casa de los García quedaba al fondo de la calle, entre dos pinos gigantes que filtraban la luz del atardecer en rayas doradas sobre el pasto seco. Andrés, con la camiseta empapada en sudor y el cabello pegado a la frente, pasó la escoba por el piso de la terraza por décima vez ese día, fingiendo una limpieza obsesiva. No era por el calor —aunque el sol de julio en Guadalajara derramaba plomo sobre todo—, sino por la ansiedad que le ponía los pelos de punta. A las tres, su esposa Mariana le había besado la mejilla y le dijo: “Nos vamos una semana con tus suegros, cariño. Tú quédate en casa, descansa, arregla lo que tengas que arreglar.” Él asintió, sonrió, cerró la puerta con cuidado para que no sonara el portón viejo… y se quedó plantado en el pasillo, con las manos temblando, escuchando cómo el auto se alejaba entre el zumbido del tráfico de la avenida.

Apenas el motor se perdió entre los semáforos, Andrés se quitó la camiseta, abrió la nevera y se bebió medio litro de agua de un trago. Pero no era sed lo que sentía. Era algo más hondo, más urgente: la certeza de que, por primera vez en diez años de matrimonio, tenía el campo libre. Y en la casa de al lado, entre los jazmines que trepaban la barda, vivía Lucía.

Lucía era hija del doctor Ramírez, antiguo paciente de su padre, y vecina desde que tenía doce años. Siempre le había gustado —no disimulado, no vergonzoso— pero nunca había cruzado la línea. Ella era casada con Federico, un arquitecto callado, de manos largas y mirada de lobo aburrido. Ellos no tenían hijos. Él, sí: dos, pequeños, que jugaban en el patio trasero con gritos que se oían hasta su recámara. Pero en verano, Federico iba a obra en Morelia y los niños los llevaban a la playa. Eso significaba: casa vacía. Silencio. Tiempo.

Andrés la había visto aquella mañana, desde su ventana del segundo piso, mientras ella se estiraba en el jacuzzi que Federico había instalado hace un par de años. Llevaba un bikini azul marino, ajustado, que le subía las nalgas hasta casi rozar el borde de la tina. El agua le empapaba el vientre plano, las puntas de los pechos marcadas por el frío. Él se había quedado pegado a la ventana, con el café frío en la mano, sintiendo cómo le subía la verga dentro del pantalón. No era lujuria ciega. Era más bien un deseo calculado, maduro, como el vino que le dejaba un sabor amargo de culpa en la lengua… pero dulce de anticipación.

Pero no actuó entonces. Espere. Como quien espera a que la lluvia se detenga un poco antes de salir a la calle.

Cinco días después, a las siete de la noche, ella llamó a su puerta. Llevaba una bolsa de tela con panecillos recién horneados —“de vainilla y canela”, dijo— y una botella de tequila 100% agave, sin hielo, sin sal, sin mentiras. “¿Te molesta si uso tu cocina? Se me quemó el horno en casa y me quedé sin nada”, mentó, con una sonrisa que no le llegaba hasta los ojos. Pero Andrés ya sabía. Todos sabíamos, en realidad. Federico no era de los que guardaba secretos… ni de los que se acostaban con su esposa.

—Claro que no —dijo él, abriendo la puerta de par en par, con la camisa desabotonada hasta el ombligo, el pecho cubierto de vello oscuro, el corazón golpeándole en las sienes—. Anda, pasa. El horno está libre.

No hubo miradas largas, ni tocamientos por accidente. Solo un silencio denso, cargado de electricidad. Ella se quitó las sandalias, dejó la bolsa en la encimera y se lavó las manos. Él la observó hacerlo: las uvas de sus dedos, el cuello estirado, el pecho subiendo y bajando con la respiración pausada. Cuando se volvió, sus ojos se encontraron y fue como si el aire se congelara.

—¿Te apetece una copita? —preguntó ella, sacando la botella del bolsillo trasero del pantalón corto.

—Claro —dijo él—. Pero que no sea para beber sola.

Lucía rió, bajo, con una voz que le arrancó un temblor en las piernas.

—¿Y si no lo es?

Andrés no respondió. Solo abrió la nevera, sacó dos vasos pequeños, hielo, y el limón que siempre tenía en el fondo del cajón. Ella se acercó, puso una mano sobre su brazo para equilibrarse mientras alcanzaba el tequila, y el roce fue suficiente para que él sintiera el calor de su piel, el olor a jazmín y sudor, a vida vivida con intensidad. Se miraron mientras vertía el líquido dorado.

—Brindemos por la casualidad —dijo ella.

—Brindemos por no tener que mentir tanto —respondió él.

El primer trago fue agrio, picante, con un final dulce que se quedó en la lengua como un juramento roto. Ella se acercó más, apoyando la cadera en la encimera, la pierna derecha cruzada sobre la izquierda. El vaquero le marcaba el borde de suculo, la curva de la vulva debajo del tejido. Él tragó saliva. No era la primera vez que la deseaba, pero sí la primera vez que lo hacía sabiendo que ella lo deseaba también.

—¿Y tus hijos? —preguntó, por decantarse en algo normal, como si no estuvieran ardiendo.

—En la playa con Federico —dijo ella, sin apartar la mirada—. Volverán el miércoles.

Él asintió. No dijo nada más. Solo le quitó el vaso de la mano y lo dejó en la encimera. Luego, con lentitud, con una mano temblorosa, le pasó los dedos por la nuca, bajó hasta la base de su cuello, rozó el borde del bikini, y sintió cómo su piel se erizaba.

Lucía cerró los ojos. Respiró hondo. Abrió los ojos otra vez.

—¿Estás seguro? —susurró.

—No tengo ni puta idea —dijo él, y la besó.

Fue un beso seco, corto, pero con demasiada lengua, demasiada urgencia. Ella se aferró a su camiseta, lo jaló hacia sí, y cuando él la apretó contra su cuerpo, sintió la dureza de su pene contra su vientre. Ella no se apartó. Solo le mordió el labio inferior, con suavidad, y le dijo, entre dientes:

—Tú eres el único que me ha mirado como si me quisieras coger desde que tengo veinte años.

Él no esperó más. La tomó de la mano, la llevó por el pasillo, subió la escalera de madera que crujía en cada peldaño, entró a su habitación, cerró la puerta con el pie, y la dejó sobre la cama, con la luz del atardecer filtrándose por las persianas y pintando rayas anaranjadas sobre su cuerpo.

Le quitó el bikini con lentitud, como si fuera una tela sagrada. No se apresuró. Le lamió el clítoris hasta que jadeó, le metió los dedos hasta que se arqueó, y cuando se quitó el pantalón y ella vio su verga tiesa, larga, con la punta húmeda, se abrió de piernas sin pedir permiso. Él se colocó atrás, le pegó el pecho a su espalda, le rozó los pechos con las yemas, y le susurró al oído:

—Dime si quieres que te cogue suave… o que te joda como un perro.

Lucía no respondió con palabras. Solo le metió la mano entre los pantalones, le agarró la verga con fuerza, y le dijo:

—Haz lo que tengas que hacer, Andrés. Que esta noche no la vamos a poder olvidar.

Él se introdujo. Lento. Hasta la raíz. Ella soltó un grito ahogado, con los ojos cerrados, las uvas clavadas en la almohada. Él se quedó quieto, con la frente pegada a su nuca, sintiendo cómo su cuerpo se adaptaba al suyo, cómo la vagina de Lucía se abría, se calentaba, lo aceptaba como si lo hubiera estado esperando toda su vida.

Y entonces empezó a moverse. No rápido. No desesperado. Como quien camina por unsendero de tierra mojada, con cuidado, sabiendo que cada paso deja huella. Ella se dejaba llevar, gimiendo su nombre, murmurando cosas que no tenían sentido, que no importaban. Él le agarró una nalgada, la apretó, la jaloneó hacia atrás, y cuando sintió que la corría dentro, ella lo apretó con las piernas, lo atrajo, y le dijo:

—Sí. Sí. Sí. Cógeme hasta que no puedas más.

Y él lo hizo.

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Cuerpos sin prisa, bajo el cielo abierto. Lo sensorial, lo natural, el deseo que se toma su tiempo como el río.

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