Lo que pasó en la bodega de mi vecino
7 minLo que pasó en la bodega de mi vecino
Yo nunca pensé que iba a terminar metida hasta el cuello en la bodega de Ramón, el vecino del fondo, con la verga de él metida hasta la garganta y el culo apretado contra su pelvis mientras me jodía como si fuera la última vez que respiraba. Pero ahí estaba, con la camisa abierta, los pechos al aire, las nalgas cubiertas de sudor y sal, y su culo de hombre maduro, moreno, con pelos en la espalda y la verga gruesa como un bate de béisbol, entrando y saliendo de mí como si fuera su derecho.
Todo empezó con un chisme. Como todos los chismes en este edificio: por la ventana, por el muro del patio, por el aire caliente de la noche de junio. Yo estaba en la terraza, tomando un tequila con sal y limón, mirando las luces de la calle, cuando lo vi. Ramón, con su short de algodón y los pies descalzos, cargando cajas de cerveza a la bodega. No es que lo viera por primera vez —es que nunca lo había visto así: con los músculos tensos, el sudor brillándole en el pecho, la verga marcada en el short como si fuera un arma lista para disparar.
Me quedé quieta. No me moví. Ni respiré. Y él, sin mirarme, me dijo: “¿Tú sí estás viendo esto, Isabella? ¿O te estás imaginando que te estoy cargando a ti, no las cajas?”
No respondí. Me quedé callada. Pero me levanté. Me bajé la camisa, me puse el short, y bajé. No por curiosidad. No por miedo. Porque algo dentro de mí, algo viejo, caliente, que llevaba años dormido, se despertó como un gato en la oscuridad.
La bodega olía a cerveza, a tabaco viejo, a madera mojada y a sal. Él tenía una lámpara colgada del techo, débil, pero suficiente para verlo. Se volvió. Me miró de pies a cabeza. No sonrió. No dijo nada. Solo se quitó el short. La verga salió como un trueno: gruesa, oscura, con la cabeza roja y hinchada, el prepucio tirante, el coño de su cuerpo gritando sin palabras.
—¿Te gustó lo que viste? —preguntó, con voz de barro y miel.
—Sí —respondí, sin pensarlo.
Y entonces, sin más, me agarró de la cintura, me levantó como si pesara nada, y me puso sobre una caja de cervezas. Me abrió las piernas con una mano, y con la otra me metió dos dedos dentro del coño. No fue suave. No fue cariñoso. Fue como si me estuviera desgarrando para ver qué había dentro. Me grité. No de dolor. De placer. Mi coño estaba mojado, listo, ansioso. Él lo supo. Lo olió. Lo chupó.
Se arrodilló. Me metió la verga en la boca. No me preguntó. No me pidió permiso. Me agarró la cabeza y me la metió hasta la base. Me ahogué. Me llenó la garganta. Me hizo llorar. Y yo, puta, lo chupé. Lo lamí. Lo chupé como si fuera mi última cena. Su olor, su sabor, salado, con un toque de cerveza y sudor, me volvió loca. Grité cuando me sacó la verga y me metió dos dedos de nuevo en el coño, mientras con la otra mano me tiraba de los pechos, me los apretaba, me los mordía.
—¿Quieres que te joda, perra? —me preguntó, con la voz rota.
—Sí, mierda —le grité—. ¡Jódeme como a una puta!
Y entonces me dio la vuelta. Me agarró de las nalgas, me levantó, y me metió la verga en el culo. No fue lento. No fue dulce. Fue brutal. Fue como si me estuviera partiendo por la mitad. Me grité. Me dolió. Pero no me detuve. No me moví. Lo dejé entrar. Lo dejé llenarme. Me apreté. Me contraí. Lo sentí entrando hasta el fondo, hasta el útero, hasta el alma. Él gruñó. Me agarró más fuerte. Me jodió como si fuera a matarme. Me jodió como si yo fuera su venganza, su pecado, su salvación.
—Mierda, Isabella… —murmuró—. Tu culo es como un horno.
Y yo, con la cara pegada a la pared de madera, con las uñas clavadas en las cajas, le dije:
—Jódeme más. Jódeme hasta que me venga la sangre.
Y lo hizo.
Me jodió hasta que me derrumbé. Me jodió hasta que mi coño se abrió como una flor en la lluvia. Me jodió hasta que mi cuerpo se convirtió en un instrumento, y él, el músico. Cada embestida era un golpe de tambor, cada gruñido suyo, una canción de la calle. Sentí su verga expandiéndose, su piel sudorosa pegada a mi espalda, sus dedos clavándose en mis nalgas, su boca mordiéndome el cuello, su aliento caliente en mi oreja.
—Te voy a venir en el culo, perra —me susurró—. Te voy a llenar hasta el ombligo.
Y cuando lo sentí, cuando sentí que su verga se hinchara, que sus músculos se tensaran, que su cuerpo se estremeciera, yo grité. No por miedo. Por gozo. Por placer. Porque no había nada más grande en el mundo que ese momento.
Él se vino. Me llenó. Me empapó. Me clavó su semen caliente, espeso, como si fuera su sangre. Lo sentí corriendo por dentro, bajando por mis piernas, pegándome a la caja de cervezas. Y yo, puta, lo sentí. Lo disfruté. Lo agradecí.
Cuando se retiró, me dejó caer. Me quedé de rodillas, con la cara en el suelo, el coño abierto, el culo lleno, la verga de él goteando en mi piel. Él se sentó en una caja, se encendió un cigarro, y me miró. No dijo nada. Solo me tiró un pañuelo. Yo lo tomé, me limpié, y luego, sin mirarlo, le dije:
—¿Te parece que lo hagamos otra vez?
Él se rió. Una risa baja, profunda, como la de un hombre que ya sabe que su vida cambió.
—Claro, perra. Pero esta vez, te voy a joder en la boca, en el coño y en el culo… al mismo tiempo.
Y así fue.
Nos jodimos hasta el amanecer. Él me puso de espaldas, me abrió las piernas, y me metió la verga en el coño mientras me chupaba el clítoris. Yo lo chupé, lo lamí, lo mordí, lo besé. Él me jodió con la verga, con los dedos, con la lengua. Me puso de cuclillas, me agarró de las nalgas y me jodió en el culo hasta que me desmayé. Me levantó, me puso en la mesa, y me metió la verga en el coño mientras me lamía el clítoris con la lengua, como si fuera un helado que no se iba a acabar.
Cuando salió la luz, estábamos juntos, como dos animales que se habían olvidado del mundo. Él tenía la verga dura otra vez. Yo tenía el coño hinchado, el culo adolorido, los pechos marcados por sus dientes. Me miró, me sonrió, y me dijo:
—¿Vas a venir mañana?
—Sí —respondí—. Trae más cerveza. Y más condones.
Y así fue. Cada noche, después del trabajo, bajaba a la bodega. Él me esperaba. Me quitaba la ropa con los dientes. Me jodía en la pared, en la mesa, en el suelo. Me hacía gritar hasta que los vecinos golpeaban el muro. Me hacía llorar de placer. Me hacía perder la noción del tiempo. Me hacía sentir viva.
Una vez, me preguntó:
—¿Por qué yo?
Y yo, con la verga de él todavía dentro del coño, le respondí:
—Porque tú no me miras como si fuera una mujer. Me miras como si fuera una necesidad.
Él no respondió. Solo me jodió más fuerte.
Y ahora, cada vez que me baño, siento su semen en la piel. Cada vez que me acuesto, escucho su risa en la pared. Cada vez que me toco, recuerdo cómo me jodió, cómo me llenó, cómo me hizo olvidar que existía algo más que su cuerpo, su verga, su aliento, su sudor.
No es amor. No es romance. Es algo más fuerte. Más crudo. Más real.
Es el deseo. Es el cuerpo. Es el sexo sin máscaras.
Y yo, Isabella, la vecina del cuarto piso, la que se pone la camisa hasta el cuello y nunca sonríe en la escalera, soy la puta que se jodió con el vecino de la bodega.
Y no me arrepiento. Ni por un segundo.
¿Qué tanto te calentó?
Calor de trópico, ritmo en las caderas, piel que no se está quieta. Escribo el deseo con sabor a Caribe.