El barco que no debió zarpar

El barco que no debió zarpar

@el_marinero ·3 de julio de 2026 · 🔥 4.9 (30) · 277 lecturas · 3 min de lectura

El vapor *María Elena* balanceaba su casco con la lentitud de quien ha recorrido más mares de los que planeó. Llegó a Guatapé por la madrugada, atracando en un muelle de madera resonante, salpicado de gotas de rocío y pesca nocturna. El aire olía a algas podridas, a pescado fresco y a lluvia que aún no caía.

Elena bajó por la pasarela con los zapatos descalzos, la falda de lino ondeando con el viento salado. Tenía treinta y dos años, la piel cobriza por el sol del Caribe, y los ojos claros que nunca se rendían ante una mirada. Venía de Cartagena, donde había dejado atrás un matrimonio que se deshacía como sal en el agua. Llevaba una mochila ligera, una cámara antigua y el silencio como único equipaje.

En el barco, entre las bodegas y las cuerdas deshilachadas, estaba Mateo. No era marinero de oficio, sino de necesidad: un físico argentino que había abandonado Buenos Aires tras una crisis que lo dejó sin trabajo, sin casa y con un libro a medio escribir. Lo habían contratado como auxiliar de carga, aunque su verdadera tarea era limpiar, repartir y callar. Tenía veintinueve años, el cuerpo ágil de quien ha nadado contra corrientes, y un tatuaje de una ballena en la espalda, con las aletas extendidas hasta la cintura.

Se encontraron a las siete y veinte, cuando Elena subió a bordo para tomar fotografías del alba sobre el puerto. Mateo estaba en el puente, ajustando una cuerda que no lo necesitaba. Ella lo miró sin disimulo. Él, al alzar la vista, sintió como un nudo en el estómago.

—¿Te debo una licencia para estar aquí? —preguntó él, con la voz aún ronca de sueño.

—Soy pasajera. El capitán me dio permiso. —Elena sonrió, sin apuro, sin desafío—. Y vos, ¿estás de guardia o de paseo?

—Depende de si mirás con los ojos o con la cámara.

Ella avanzó hasta el borde del puente, donde el mar se estiraba hasta el horizonte, plateado por el sol que aún no se decidía a salir. Mateo se acercó. No por curiosidad, sino porque el aire entre ambos empezaba a calentarse, como si el vapor del barco hubiera decidido cobrar vida.

—¿Me dejás tomar una foto tuya? —dijo ella.

—Con la cámara o sin ella.

—Con la cámara.

Elena levantó el dispositivo, pero no apretó el disparador. Lo sostuvo entre ambas manos, con los codos ligeramente flexionados, los dedos en tensión. Mateo la observaba: la curva de su cuello, la forma en que su pelo castaño se desprendía en hebras sueltas, la ligera humedad en sus labios al morderse el inferior. Él se había puesto una camiseta blanca, empapada en sudor por el calor que empezaba a subir.

—¿Por qué tenés miedo? —preguntó ella, sin bajar la cámara.

—¿Miedo? —Él rio, bajo, sin sarcasmo—. No. Es que no me gusta que me tomen sin permiso.

—Este no es un robo. Es una propuesta.

Elena bajó la cámara. Se acercó un paso más. Mateo no retrocedió. Sintió el calor de su piel antes de sentir su aliento: cálido, con sabor a café y sal.

—¿Y si te digo que sí? —susurró ella.

—Entonces voy a querer que sepas que yo también me temo.

No hubo beso al instante. Hubo manos. Primero, la de ella rozando su antebrazo, donde los músculos tensos se relajaron al sentir la presión suave. Luego, la de él, que subió por su cadera, bajo la tela de la falda, acariciando el muslo con una lentitud que parecía calculada para hacerla temblar.

Elena inclinó la cabeza. Su frente tocó la de él. Los ojos se encontraron. El barco se movió con un giro suave, y por un instante, los dos sintieron que el mundo se detenía, no por miedo al naufragio, sino por miedo a que algo tan frágil como aquello se rompiera antes de nacer.

—¿Qué pasa si zarpa el *María Elena* y vos seguís aquí? —preguntó Mateo.

—Entonces vuelvo a embarcar. Pero esta vez, con intención.

Elena cerró la distancia. Y el primer beso no fue fuego, sino brisa: tibio, dulce, con sabor a promesa.

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De puerto en puerto, de cama en cama. Mis relatos saben a sal, a noches ajenas y a encuentros que duran lo que tienen que durar.

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