Cuando me la comí en el tren a Medellín
9 minCuando me la comí en el tren a Medellín
El tren que parte de Bucaramanga a Medellín suele estar medio vacío a esa hora: 6:47 p.m., justo cuando el sol se pone entre las montañas y tiñe todo de naranja y morado. María José —Majo para los suyos— subió con su mochila de viaje, una botella de agua, un audífono y una camiseta negra pegadita al cuerpo que dejaba entrever el borde de un sostén negro que combinaba con la string que llevaba puesta. No era por llamar la atención; era por comodidad, por el calor, por saberse bien vestida aunque nadie la mirara. Pero sí la miraron.
Él ya estaba sentado en el último vagón, al lado de la ventanilla, con las piernas separadas, los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas. Vestía jean claro, camisa blanca abierta hasta el ombligo, y en el cuello una cadena fina con un colgante que parecía una luna creciente. Se llamaba Santiago —Santi—, 34 años, arquitecto, casado —sí, casado—, con dos hijos pequeños en Bogotá. Lo supo enseguida porque él mismo lo dijo, sin tapujos, cuando ella se sentó a su lado y él le ofreció el asiento del medio, que estaba libre.
—¿No te importa que me siente aquí? —preguntó él, con esa voz baja y lenta, como si cada palabra la estuviera saboreando.
—Claro que no —respondió Majo, con una sonrisa que no llegó a los ojos, pero que sí a la boca, un poco torcida, como si estuviera jugando con algo que aún no sabía si quería agarrar.
El tren arrancó con un traqueteo suave, y la ciudad se quedó atrás, mientras el paisaje se llenaba de cerros, ríos y pequeñas casas pintadas de colores vivos. Majo se puso los audífonos, pero no puso música. Simplemente dejó que el sonido del tren la envolviera, y que el silencio entre ellos también. Porque había silencio, sí, pero no incómodo. Un silencio que se mordía la lengua, que se mordía el labio, que se mordía a sí mismo esperando que alguien lo rompiera.
—¿A dónde vas? —preguntó él al fin, sin mirarla.
—A Medellín. A ver a una amiga. A descansar. A olvidar un poco.
—¿Y qué olvidas? —preguntó él, esta vez sí mirándola. Sus ojos eran grises, con un brillo que parecía de fuego apagado.
—Cosas de trabajo. De relaciones. De vida.
—¿Y qué buscas cuando olvidas?
Ella lo miró fijo, sin parpadear, y sonrió, esta vez sí con los ojos.
—Busco sentir. Sentir algo que no sea culpa, estrés o cansancio.
Él asintió, como si ya lo supiera, como si lo hubiera leído en su piel, en su postura, en la forma en que se mordía la comisura del labio cuando estaba pensando.
—A veces el cuerpo necesita descansar más que la mente —dijo él, y por primera vez sus dedos rozaron los suyos, apenas, como si fuera un error, como si no lo hubiera planeado—.
Pero sí lo había planeado.
Majo sintió el calor subirle por el brazo, como una descarga suave, como un temblor que no era nervios, sino anticipación. Se quitó los audífonos, los dejó en su mochila y se recostó un poco contra el respaldo, como si estuviera relajada, como si no le importara, pero su corazón le latía en los oídos, en la entrepierna, en la punta de los pechos.
El tren pasó por un túnel oscuro, y en ese instante, él la tomó de la muñeca. No con fuerza, pero con seguridad. Ella no se soltó.
—¿Sabes qué es lo primero que me llamó la atención de ti? —preguntó él, bajando la voz.
—¿Qué?
—Que no te disculparas por sentarte aquí. Que no dijeras “perdón”, ni “¿le molesta?”. Que no te disculparas por existir.
Ella se rió, suave, con la cabeza ligeramente inclinada.
—Aquí no estamos en un oficina, Santiago. Estamos en un tren. Y si tú también te disculpas por estar tan rico, entonces sí que nos perdemos.
Él soltó una risa baja, profunda, como un gruñido de placer reprimido. Y entonces, lentamente, soltó su muñeca y puso su mano sobre su muslo. No hasta arriba, no aún. Sólo en la parte externa, donde el jean era más delgado. Pero el calor de su palma se sentía como una marca.
—¿Te importa si sigo? —preguntó.
—Depende —dijo ella, con una voz que ya no era la suya, más áspera, más húmeda—. ¿Qué vas a hacer?
—Tocarte. Despacio. Para que sepas que puedo.
Y así lo hizo. Su mano se deslizó por su muslo, con los dedos separados, con las uñas bien cortas pero con la punta dura, casi raspando su piel, como si estuviera leyendo su cuerpo. Majo cerró los ojos, conteniendo la respiración. Sentía el calor de la mano de él, sentía el roce de su pantalón, sentía cómo su cuerpo se abría, cómo su vagina se contrajo, como si ya lo supiera, como si ya lo hubiera sentido antes.
—Estás mojada —dijo él, sin disimulo, sin vergüenza, como si lo dijera en un bar cualquiera, como si fuera normal.
—Sí —respondió ella, con la voz rota.
—¿Quieres que siga?
—Sí.
Él se levantó, apenas, y le hizo una seña con la cabeza hacia el baño del tren. Ella lo siguió sin dudar, sin preguntar, como si ya hubiera pasado por eso antes.
El baño estaba pequeño, oscuro, y olía a jabón industrial y a sudor. Él cerró la puerta con el pestillo, y entonces la tomó de la cintura, la apretó contra su cuerpo, y le metió la lengua en la boca.
No fue un beso tierno. Fue un beso que se robaba aire, que se robaba tiempo, que se robaba razón. Majo le metió las manos bajo la camisa, sintió su abdomen plano, sus músculos tensos, y la zona de la cintura donde la piel estaba más suave. Él le apartó la camiseta por arriba, dejándole los pechos al aire, y se inclinó para chuparle uno, con la boca caliente, con la lengua ruda.
—Mierda… —gimió ella, agarrándole el pelo.
—¿Quieres que te lo mame bien? —preguntó él, sin soltarle el pecho.
—Sí —respondió ella, con la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados.
Y así lo hizo. Le lamía el pezón, lo chupaba con fuerza, lo mordía apenas, como si lo estuviera preparando para algo más grande. Majo se desabrochó el jeans y el calzoncillo, y le metió la mano a él, sintiendo su pene ya duro, grueso, pegado al algodón. Lo sacó con un movimiento rápido, y lo tomó por la base, sintiendo su peso, su calor, sus venas hinchadas.
—Cristo… —murmuró él, inclinándose contra la pared.
—¿Tienes condón? —preguntó ella, con los ojos fijos en su pene, que se le ponía más duro solo con verlo.
—No —respondió él, con la voz rota—. Pero… soy limpio. Me hice los análisis la semana pasada. Y no tengo nada.
Ella lo miró fijo, y entonces asintió.
—Entonces te voy a mamar. Y cuando te corras, te limpio con la lengua.
Él soltó un gruñido, como un animal, y le metió las manos en el pelo, pero ella se soltó, y se arrodilló frente a él.
Abrió la cremallera de su jeans y lo bajó con calma, dejando que su pene saliera a la luz, grueso, rubicundo, con el glande ya brillante de preseminal. Lo tomó con ambas manos, lo frotó contra sus labios, y luego lo metió en la boca.
No fue un chupetón. Fue un mamar de verdad. Con la lengua, con la garganta, con la boca cerrada alrededor de él, moviéndose lento, con presión, con ritmo. Lo lamía por abajo, por los lados, por la cabeza, y luego lo tragaba todo hasta la base, como si no quisiera dejar ni una gota. Él la sujetaba de la cabeza, pero no con fuerza, no con dominio, con cariño. Con desesperación.
—Majo… me voy —dijo él, con la voz quebrada.
Ella lo sacó de su boca con un chupetón seco, y le sonrió.
—Entonces cágalo en la cara.
Él no lo dudó. Se despeinó la cabeza contra la pared, y se corrió con un grito ahogado, con la espalda arqueada, con los ojos cerrados. El semen salió espeso, blanco, con burbujas, y le cayó en la cara, en el pecho, en el cuello.
Ella lo miró, lo observó con ojos de gata, y entonces se lamió los labios, y se limpió el semen de su cara con la lengua, como si fuera lo más natural del mundo.
—Rico —dijo ella, con una sonrisa.
Él respiró hondo, y luego la tomó de la cintura, y la puso de espaldas contra la pared, levantándole la falda. Le apartó el calzoncillo con los dedos, y entonces se metió dos dedos en su vagina, con fuerza, con rapidez, como si ya la conociera desde siempre.
—Estás tan mojada… —dijo él, mirándola—. Como si me hubieras estado esperando.
—Sí —respondió ella, con la boca entreabierta.
—¿Quieres que te coja?
—Sí. Aquí. Ahora.
Él se levantó, se bajó el jeans, y se colocó frente a ella. Le abrió las piernas con las manos, y se metió en ella con un solo movimiento, lento, profundo, hasta la base.
Majo soltó un grito, alto, desesperado, como si lo estuviera sintiendo por primera vez en la vida. Él la sujetó de las caderas y empezó a moverse, con ritmo, con fuerza, con ganas. La embestía, la jodía, la mataba con cada golpe, con cada subida, con cada bajada. Ella le metía las uñas en la espalda, le mordía el hombro, le decía “más”, “sí”, “no pares”, “cógeme como si fuera la última vez”.
Y así fue. Como si fuera la última vez. Como si no hubiera más trenes, más horas, más vidas. Como si no hubiera nada más que ese baño oscuro, ese pene dentro de ella, ese olor a sudor y a deseo.
Cuando él se corrió dentro de ella, con un grito ahogado, ella lo sintió todo: el calor, la presión, la subida del semen, el estremecimiento de su cuerpo. Y entonces se corrió también, con un temblor que le sacudió los pies, que le hizo soltar un lamento agudo, que le hizo cerrar los ojos y no abrirlos hasta que él la soltó.
Se quedaron ahí, quietos, jadeando, con el pene dentro de ella, con el semen corriéndoles por las piernas.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó ella, con una voz suave.
—Te llamo —dijo él, sin dudar.
—¿Y tu mujer?
—Eso ya no importa —respondió él, y entonces la besó, despacio, con ternura.
El tren entró a la estación de Medellín, y ella se arregló la ropa, se lavó la cara con agua del lavabo, y se puso una máscara de pestañas. Él la acompañó hasta la salida, y cuando se despidieron, ella le dio un beso en la mejilla, pero él la agarró de la nuca y le metió la lengua en la boca otra vez.
—Mañana te llamo —dijo él, con la mirada fija.
—Sí —respondió ella—. Pero no me digas que es por amor. Porque no lo es.
—No —dijo él, sonriendo—. Es porque quiero volver a meter mi pito en tu culo.
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Hoteles, trenes, ciudades que no son la mía. Los mejores encuentros pasan lejos de casa, y yo los colecciono en relatos.