La primera vez que el vecino madurito me vio coser
3 minLa primera vez que el vecino madurito me vio coser
María, 23, con su falda corta de mezclilla y los pies descalzos sobre el sofá, cosía con concentración mientras la luz del atardecer se colaba por la ventana de su cuarto en el segundo piso del edificio. Apenas oyó el timbre, levantó la vista, puso la aguja en la tela y se levantó con el cuerpo ligero de quien no teme nada —excepto, tal vez, lo que no ha vivido aún.
Abrió la puerta y allí estaba él: Daniel, 51, con su camisa blanca medio abotonada, los puños remangados hasta los codos y los ojos que ya habían visto mucho, pero nunca con esa chispa. No traía prisa, ni disculpa, ni excusa. Solo una botella de mezcal con un limón clavado en la punta y una sonrisa que le arrugaba las sienes.
—¿Te molesto? —preguntó, con la voz baja, como si supiera que ella también escuchaba el silencio entre las palabras.
—No —dijo ella, sin mirarle los ojos, pero sí notando cómo le temblaba la punta de los dedos al tomar la botella—. Pero si te quedas, no me digas que fue por el mezcal.
Él se encogió de hombros, y ese movimiento le marcó el pecho, ancho, firme, cubierto de vello cano que brillaba al sol morado. María pensó que los hombres maduros no solo tienen más vergüenza, sino también más *experiencia*, como si el cuerpo guardara memoria de cada gesto, de cada pausa, de cada vez que el tiempo les había enseñado a no apresurar nada.
—¿Cosías para mí? —preguntó, entrando sin esperar respuesta, como quien se sienta en su propia casa.
—Para el sofá —mintió ella, sin soltar la aguja.
—¿Y qué más coses? —Daniel se dejó caer en el sofá, cruzó una pierna, y el movimiento hizo que la camisa se subiera un par de centímetros, dejando ver el borde de una cicatriz antigua, casi blanca, en la pantorrilla.
—Nada importante —dijo María, acercándose despacio, con los pies en el piso frío, la piel caliente.
Se sentó a su lado, no pegada, pero sí cerca. Lo suficiente para que él sintiera el olor a vainilla y humedad de su cuello. Ella no lo miró de frente, pero sí notó cómo su respiración se volvía más profunda, cómo su mano derecha se movió, casi sin querer, hacia su muslo, sin tocarlo, pero rozando con la punta de los dedos el borde de la falda.
—¿Tienes miedo? —le preguntó él, sin soltarla con la vista.
—No —respondió ella, pero su voz tembló un poco, y Daniel lo supo.
—Bueno —dijo él, inclinándose un poco, acercando su boca a su oreja—, porque yo sí lo tengo. No por lo que haremos, sino por lo que *no* haremos… esta vez.
María sintió su aliento, cálido, con sabor a sal y a limón. Sintió cómo su corazón se aceleraba, pero no por miedo: por la certeza de que, por primera vez, alguien la veía *de verdad*, no como una muchacha cualquiera, sino como una mujer que aún no sabía lo que era dejarse cuidar por manos que ya habían amado, perdido, y vuelto a querer.
—Entonces… ¿por qué no empiezas por enseñarme a coser bien? —dijo ella, y por primera vez lo miró a los ojos.
Él sonrió, despacio, como si cada gesto fuera un suspiro contenido.
—Claro —dijo—. Pero primero… déjame ver tus manos.
¿Qué tanto te calentó?
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias por responder! 🔥
0se masturbaron con este relato
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias! 🔥
¿Quieres más como este?
Te aviso cuando suba un relato nuevo. Sin spam.
Calor de trópico, ritmo en las caderas, piel que no se está quieta. Escribo el deseo con sabor a Caribe.