Lo que pasó en el ascensor del edificio
3 minLo que pasó en el ascensor del edificio
La puerta del ascensor se cerró con un *clunk* seco, y Valentina sintió el peso del silencio como una manta húmeda. Iba con la camiseta mojada por el sudor del calor bogotano —aunque en julio hacía un frío de perra— y el pelo recogido en una coleta deshecha. Acababa de bajar del bus, con las piernas cansadas y la piel pidiendo algo más que un baño rápido.
Él entró justo cuando la puerta iba a cerrarse otra vez. Alto, de hombros anchos bajo una camisa blanca semitransparente, los puños subidos hasta los codos. Tenía el cuello sudoroso y una barba bien recortada, pero los ojos… esos ojos negros, húmedos, como si ya hubiera estado soñando con ella antes siquiera de verla.
—¡Ay, disculpe! —dijo Valentina, apretando el bolso contra el pecho.
Él no respondió de inmediato. Solo la miró, lento, dejando que su mirada bajara por su cuello, por el escote profundo de su camiseta, hasta el borde de sus jeans ajustados.
—No hay prisa —respondió, voz grave, con un acento antioqueño bien marcado—. La subida es corta… pero puede hacerse larga si uno quiere.
Valentina sintió un cosquilleo en la nuca. No era la primera vez que le miraban así, pero sí la primera vez que le *hablaban* así, sin rodeos, sin disimulo. El ascensor subió un piso. Nadie más entró. El aire se volvió espeso, cargado de electricidad estática.
—¿A qué piso va? —preguntó ella, intentando sonar neutral, pero su voz tembló un poco.
—Cuarto. ¿Y usted?
—Tercero.
—Pues vamos juntos… hasta el piso de en medio.
La puerta se abrió en el segundo piso. Se quedaron los dos quietos, sin moverse. Él dio un paso hacia atrás, pero no salió. Se apoyó en la pared, con una mano en el bolsillo, la otra colgada.
—Me llamo Sebastián.
—Valentina.
—Valentina… —repitió, como si lo probara en la lengua—. Tiene el cuerpo de quien sabe lo que quiere.
Ella le miró fijamente. Sabía que era atrevido, que era peligroso, que era el tipo de cosa que le contaría a su amiga Laura después… si es que algo pasaba.
—¿Y si no quiero lo que quiere?
Sebastián sonrió, lento, con los labios entreabiertos, y por un segundo, Valentina vio sus dientes, blancos y perfectos.
—Entonces me dice que no… y sigo bajando. Pero si algo me dice que sí… —se acercó un palmo, lo suficiente para que sintiera su calor, su olor a tabaco y café recién hecho—, puedo hacer que el ascensor se detenga otra vez.
La puerta se abrió en el tercer piso. Valentina dio un paso hacia fuera, pero no salió del todo. Se giró, lo miró de pie, firme, con las manos en los bolsillos y los ojos fijos en los suyos.
—¿Y si el piso de en medio no me basta?
Él se acercó de un salto, la tomó de la muñeca, y con la otra mano le acarició la nuca, bajando despacio hasta la base de su espalda.
—Entonces… —susurró, pegado ya a su oreja—, te muevo la coleta, te levanto la camiseta, y te mamo hasta que te olvides de tu nombre.
Valentina sintió un calor que le subió de las ingles al corazón. No dijo nada. Solo le besó, húmedo, profundo, con lengua y dientes y saliva, como si no hubiera mañana, como si el mundo se hubiera quedado sin oxígeno y él fuera el único aire que le quedaba.
Cuando se separaron, los dos con la respiración cortada, él le susurró:
—¿Te subo o te bajo?
Ella le miró, sonriendo, con los ojos brillantes, y le apretó la mano.
—Sube… pero rápido. Mi vecino de arriba tiene un perro que ladra a las ocho.
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Sin esperar a mañana. Encuentros casuales, deseo inmediato, esa urgencia de quererlo todo ya. Escribo el ahora.