Cuando me la garché yo sola con el vibrador nuevo que me compré en la feria del barrio
7 minCuando me la garché yo sola con el vibrador nuevo que me compré en la feria del barrio
La primera vez que me lo puse fue un error —no por el vibrador, que era lindo, gris plata con un botón rosa que parpadeaba como un ojo cómplice—, sino por el lugar: en la cama, con la puerta abierta, escuchando si llegaba la vecina con su perro y sus ladridos agudos. Pero después de la tercera vez que me puse a temblar de tanto aguantar el gemido —porque sí, yo soy así: cuando me jode la vergüenza, lo hago más fuerte, como para que el mundo entero sepa que yo me la garcho cuando me da la gana—, me dije: “Basta de esconderme. Si me gusta esto, que me guste de una puta vez con tranquilidad.”
El vibrador se llamaba “Loba”, o eso decía la cajita, en letras chiquitas que apenas leí en el supermercado mientras lo escondía debajo de las toallas. Me costó 850 pesos, y lo pagué con el dinero que me sobró de la quincena, el que nunca se usa, el que me queda cuando no me compro nada de ropa que luego no me sirve. Estaba en el pasillo de los artículos de cuidado personal, entre cepillos de dientes eléctricos y cremas antiarrugas, y lo vi: compacto, ergonómico, con una curva que prometía. No lo dudé. Lo puse en la canasta como si fuera un cepillo de dientes, como si cualquiera pudiese adivinar qué lo hacía vibrar.
Cuando llegué a casa, lo puse en la mesita de luz, al lado del vaso de agua, como si fuera un objeto más. Pero no lo era. Era un secreto que yo misma me había regalado. Me senté en la cama, descalza, con una camiseta vieja de algodón que ya no me ponía porque me quedaba grande, pero que me encantaba porque olía a mi piel y a mi cama.
Me miré en el espejo del armario. No me gustaba mucho lo que veía: pelitos en las axilas, caderas anchas, tetas que no eran grandes pero sí firmes, y una tripa suave que se hundía cuando me inclinaba. Pero algo en mí —una chispa, una descarga— decía: “Sí. Esto es tuyo. Y se merece ser tocado.”
Me senté en el suelo, con las piernas abiertas, y encendí el vibrador. El zumbido era suave, casi como un gato ronroneando, pero con una potencia que se sentía en los huesos. Lo sostuve con la mano derecha, el botón rosa apretado entre mi pulgar y mi índice. Me miré los muslos, la piel ligeramente sudorada, los poros que se abrían con el calor del aparato. No lo puse en la concha todavía. Primero, lo deslicé por mi muslo izquierdo, despacio, hasta el interior, donde la piel era más sensible. Me estremecí. No por el frío, sino por la vibración que entraba como un latido ajeno, pero mío, porque yo lo controlaba.
—Vamos a ver qué es lo que querés, Loba —le dije, en voz baja, como si estuviera hablando con un perro que recién adopté—. Vamos a ver si sabés cómo me gusta.
Lo subí por mi pierna, poco a poco, hasta la ingle. Me detuve un segundo. Me toqué el vello púbico con la punta de los dedos, luego lo pasé suavemente sobre el clítoris, sin presión, apenas un roce. Me puse rígida. Me dije: “No te frenés. Vení, que esto es tuyo.”
Entonces lo puse sobre el clítoris, con la punta del vibrador, y apreté el botón una vez más. La vibración era más fuerte allí, más profunda, como si me estuviera rozando la médula. Me eché la cabeza hacia atrás y solté un grito, corto, pero claro. Me tapé la boca con la mano, miré la puerta, y cuando no escuché nada, me relajé. Seguí.
Moví el vibrador con la mano, en círculos pequeños, después en línea recta, después en zigzag. Me miraba las manos, los dedos que temblaban, los muslos que se cerraban y abrían como si fueran dos máquinas que no se ponían de acuerdo. Me besé el cuello con los dientes, mordí suavemente, y seguí tocándome.
Fue entonces cuando se me ocurrió: ¿y si lo uso adentro? No del todo. Sólo la punta. Sólo para probar.
Me acosté de lado, con la rodilla derecha flexionada, y coloqué el vibrador en la entrada de mi concha. La piel estaba húmeda, ya. Me separé los labios con los dedos, y lo empujé un poco, con cuidado. Se metió más de lo que esperaba. No era grande, pero sí firme, y la curva lo hacía tocar algo que yo ya sabía que existía, pero que nunca había podido sentir con precisión: el punto G. Me puse rígida otra vez, pero esta vez no fue por vergüenza, sino por la sorpresa. Era como una descarga eléctrica, pero cálida, como si me hubieran encendido por dentro.
—Ah, mierda —susurré—. Ah, mierda.
Levanté la cadera, y lo moví con un pequeño giro, como si estuviera desayunando un helado muy lento. Me mordí el labio. Me pasé la lengua por los dientes. Me puse de pie, casi de un salto, y me llevé el vibrador a la boca. Lo chupé un poco, con la punta, como si fuera una lengua de un muchacho que me hacía cosquillas en el cuello. Luego lo limpié con la manga de la camiseta —sí, con la manga, porque no iba a usar una toalla para algo que iba a volver a usar en diez minutos— y lo volví a colocar.
Esta vez, lo puse de frente, de pie, con una pierna apoyada en la cama, y lo inserté hasta la mitad. Me agarré al marco de la cama, y me dejé llevar. Me movía con el ritmo que me daba el aparato, y mi cuerpo se movía solo, como si ya lo hubiera hecho antes, como si hubiera nacido para esto. Me puse de puntillas, me incliné hacia adelante, y me toqué el pecho con la mano libre. Me dije: “Sí. Sí. Sí.”
El vibrador zumbaba. Yo jadeaba. La cama crujió cuando me puse de rodillas, con el culo en el aire, como una puta que se deja mirar. Me pasé la lengua por la entrepierna, como si estuviera lamiendo un chupetín que me había regalado alguien que me quería, pero en realidad era yo misma, haciendo lo que me daba la gana. Me separé los labios con dos dedos, y dejé que el vibrador se metiera todo lo que quería. Me puse a gemir en voz alta. No me importó que la vecina escuchara. No me importó que el perro ladrara. Me importaba solo esto: el calor, la presión, la descarga que subía por mi columna como un río que rompe su cauce.
Fue entonces cuando sentí que se me iba. Que mi cuerpo se ponía tenso, que mis dedos se cerraban con fuerza, que el vibrador se me escapaba de la mano y rodó por la cama. Pero yo no lo dejé. Lo agarré de nuevo, lo puse contra el punto G, y lo mantuve ahí. Me mordí el puño. Me puse los ojos en blanco. Sentí que mi vientre se contraía, que mi concha se apretaba, que algo se rompía dentro de mí, y salía, y se iba, y me dejaba flota, como si me hubieran sacado del agua y me hubieran dejado respirar aire puro.
Cerré los ojos. Me dejé caer sobre la cama, con el vibrador a mi lado, ya apagado. Me pasé la mano por la frente, sudorosa. Me besé los dedos, los que aún olían a mí. Me reí. Me reí como si me hubieran contado el chiste más obsceno del mundo, y fuera yo la que lo había contado.
—¿Y ahora qué, Isabella? —me pregunté en voz baja—. ¿Y ahora qué?
Me levanté, fui al baño, me lavé la cara con agua fría. Me miré al espejo. Tenía la cara roja, los labios húmedos, los ojos brillantes. Me pasé la lengua por los dientes. Me sonreí.
—Ahora, vos —le dije al espejo—. Ahora, vos tenés que volver a casa antes de que se apague la luz.
Me vestí con ropa limpia, aunque no me la había quitado del todo. Me senté en la cama, con las piernas cruzadas, y tomé el vibrador. Lo miré. Lo besé. Lo puse en la cajita, y luego en el cajón del ropero, con una cinta de tela que decía “No tocar a menos que tengas ganas de no poder parar”.
Me acosté. Me puse el audífono, y puse una playlist que me había hecho hace un mes: “Música para soñar con vos”, pero en realidad no era para soñar con nadie. Era para soñar conmigo, con mi piel, con mis latidos, con mi respiración cuando me dejaba llevar.
Y cuando me dormí, soñé con el vibrador. Con su zumbido. Con su curva. Con su botón rosa que me miraba como diciendo: “¿Otra vez?”.
Y yo, en el sueño, le decía: “Sí. Otra vez. Siempre”.
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Calor de trópico, ritmo en las caderas, piel que no se está quieta. Escribo el deseo con sabor a Caribe.