El Sabor del Río
7 minEl Sabor del Río
La noche caía sobre Buenos Aires como una manta húmeda, cargada de humedad y promesas no dichas. En el barrio de Palermo, entre luces tenues y el murmullo lejano de la Avenida Rivadavia, estaba la casa de Lucía. No era una casa cualquiera: tenía paredes de ladrillo en blanco, plantas que trepaban por las rejas, y una terraza donde se oía el viento del río como un suspiro constante. Lucía tenía treinta y ocho años, piel morena como miel quemada, y una sonrisa que empezaba en los ojos. Estaba sentada en el sofá, con una copa de vino en la mano, esperando.
Hacía una hora que no dejaba de mirar el reloj.
—¿Viste qué hora es? —le dijo a su amiga Mariana, que llegó media hora tarde—. Vení, sentate acá, que el vino ya está a temperatura.
Mariana era de Montevideo, pero llevaba diez años en la ciudad. Tenía el pelo cortado en capas desparejas, un tatuaje de una serpiente en la nuca y ojos color miel con una chispa que no se apagaba nunca. Se quitó las sandalias con un suspiro y se sentó justo al lado de Lucía, demasiado cerca, como siempre.
—Disculpá, pero el tren se rompió en Liniers —dijo mientras se estiraba, estirando los brazos y dejando al descubierto la curva de la espalda baja—. Y vos, ¿por qué tenés esa cara?
—No sé. Hoy me pasó algo. En el trabajo. Con el jefe de nuevo.
—Ah, el imbécil ese de los apretones de mano que duran demasiao —dijo Mariana, tomando la copa y dándole un trago largo—. Si me decís antes, te hubiera acompañado al baño de mujeres y le hubiera dejado un mensaje en el espejo con el marcador.
Lucía rió, una risa suelta, que salía de lo más adentro. Se acercó un poco más. El aire entre ellas empezó a cargarse.
—Decile que te acordás de su mano. Que le recordás cuánto le gusta el control… pero que acá no hay nadie que lo controle.
Ambas rieron otra vez, pero esta vez fue diferente. Mariana la miró fijo, y Lucía sintió que su corazón se aceleraba no por el trabajo, no por el tráfico, sino por la forma en que los ojos de Mariana la devoraban. No con crudeza, sino con una curiosidad profunda, como si estuviera leyendo algo que solo ella podía ver.
—¿Viste qué linda está la luna? —dijo Mariana, levantándose y caminando hacia la terraza—. Vení, que acá se siente el río como si te hablara.
Lucía la siguió, despacio. Tenía los pies descalzos, la falda de algodón le rozaba las rodillas. En la terraza, el viento jugaba con el pelo de Mariana, que se giró para mirarla.
—Hacéme un favor —dijo Mariana, acercándose—. Desabotoná la camisa.
Lucía no dudó. No era la primera vez que Mariana le pedía algo así, pero sí la primera vez que lo hacía con esa calma, con esa seguridad sin ruido. Se puso de pie frente a ella, con las manos temblorosas, y empezó a deshacer los botones uno por uno. El aire frío le hizo erizar la piel, pero Mariana no se movió. Solo la miraba, con los labios entreabiertos.
—Sí, así —dijo cuando la camisa se abrió por completo—. Tu piel huele a jazmín y a fuego.
Lucía sintió que el mundo se achicaba hasta quedar reducido a la distancia entre sus pechos y los labios de Mariana. No se besaron de inmediato. Primero se acercaron, cada una con su propio ritmo, hasta que los pechos se tocaron, suaves, cálidos, como dos olas que encuentran su marea. Mariana bajó las manos y le acarició la cintura, deslizándose hacia abajo, hacia las caderas, hasta agarrarle el culo con una firmeza que no pedía permiso, pero que lo respetaba igual.
—Decime si esto está bien —dijo Mariana, mientras su mano se metía por debajo del short.
Lucía no respondió con palabras. Solo inclinó la cabeza y mordió su hombro, con suavidad, como para marcar un territorio.
—Está muy bien —dijo Mariana, con la voz rota—. Pero quería oírlo.
Entonces Lucía se separó un poco y la miró a los ojos.
—Está bien. Estoy acá. Estoy tuya.
Mariana le sonrió, y esa sonrisa fue como un disparo directo al centro de su pecho. La tomó de la mano y la guio hacia adentro, hacia el cuarto, donde la luz era apenas un destello en la lámpara de noche. Se sentaron en la cama, una al lado de la otra, sin separar las manos, como si el contacto fuera un cable que les daba energía.
—Hacéme un favor vos también —dijo Mariana, poniéndose de pie y desabrochándose el pantalón—. Desabotoname la camisa.
Lucía lo hizo, pero esta vez con más urgencia. Le deslizó las manos por debajo, sintiendo el calor del cuerpo de Mariana, el pecho erguido, los pezones duros como piedritas calientes. Mariana se quitó la camisa y se quedó con el top blanco, que se notaba pequeño con el deseo.
—Quiero verte —dijo Mariana—. Quiero verte sin nada.
Lucía se quitó el top con un movimiento lento. Se quedó sentada, con las piernas ligeramente abiertas, los pechos al aire, la piel brillante bajo la luz tenue. Mariana se arrodilló frente a ella, sin prisa, y apoyó las manos en sus muslos.
—Hermosa —murmuró—. Hermosa y mía.
No la besó primero en la boca. Primero le lamió el pezón, con una lengua suave, húmeda, que lo hizo arquear la espalda. Y luego el otro. Y luego bajó las manos, deslizándose por el vientre, hasta el vello púbico, que era oscuro y rizado, como el cabello de Mariana. Allí se detuvo. Apoyó las palmas, sintió el calor, y luego separó con los dedos los labios de su concha.
—Dame esto —dijo Lucía, con voz rota—. Dame que te la comas.
Mariana no se hizo rogar. Se acercó más, metió la lengua adentro, con un movimiento suave, lento, como si estuviera saboreando algo que había estado esperando toda la vida. Lucía cerró los ojos y soltó un gemido que no intentó contener. La boca de Mariana era un infierno dulce: cálida, húmeda, con ese sabor a miel y a sal que solo ella tenía. Le lamía el clítoris con suavidad, lo rozaba con los dientes, lo chupaba como si fuera la última vez que podría hacerlo.
—Sí, así —dijo Lucía, agarrándole el pelo—. Me estás sacando los ojos de la cabeza.
Mariana no paró. Siguió con la misma intensidad, hasta que Lucía sintió que las piernas le temblaban, que su cuerpo se iba deshilachando, que cada músculo se contraía como si estuviera a punto de explotar. Entonces Mariana le metió dos dedos, curvados, buscando su punto, y Lucía gritó.
—¡Mariana!
Se corrió con un gemido que salió de lo más hondo, como un sollozo de placer, como un grito de liberación. Mariana no se movió hasta que sintió que Lucía se deshacía en su boca, hasta que su cuerpo dejó de temblar y su respiración se volvió regular.
—Ahora soy yo la que te debe eso —dijo Lucía, agarrándola de la mano y tirando suavemente.
Mariana se dejó llevar, y ambas cayeron sobre la cama, una al lado de la otra, sin aliento, sin ganas de hablar.
—¿Te acordás de aquella vez en Colón? —dijo Lucía, pasándole una mano por el pecho—. Cuando fuimos al teatro y vos me tocaste la mano debajo del asiento.
—Claro que me acuerdo —dijo Mariana, sonriendo—. Te temblaba el pulso.
—Y vos no parabas de mirarme. Como si supieras que algo iba a pasar.
—Sí —dijo Mariana, acercándose—. Pero no pensaba que iba a ser hoy.
Se besaron entonces, con lentitud, con sabor a sí mismas. Mariana le rozó el labio con la punta de la lengua, y Lucía le abrió la boca, dejándola entrar. Se besaron como si no hubiera mañana, como si el río se hubiera secado y solo quedaran ellas dos.
—Volvé a meterme la mano —dijo Lucía, apartándose un poco—. Ojalá que no pare hasta mañana.
Mariana sonrió, y se acercó otra vez, con la misma mirada de fuego.
—No va a parar, nena —dijo—. Esto recién empieza.
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Calor de trópico, ritmo en las caderas, piel que no se está quieta. Escribo el deseo con sabor a Caribe.