Lo que pasó en el tren a Guanajuato

Lo que pasó en el tren a Guanajuato

@la_viajera ·21 de junio de 2026 · 🔥 4.8 (9) · 338 lecturas · 7 min de lectura

Yo tenía veintitrés años y acababa de terminar la carrera de diseño. Mi madre me había regalado un viaje de despedida: una semana sola por el centro del país. Apenas había salido de mi ciudad antes, y todo me parecía nuevo, emocionante, con ese brillo de quienes aún no han aprendido a desconfiar del mundo.

El tren a Guanajuato era viejo pero limpio. Ventanas grandes, asientos de cuero desgastado pero bien cuidado. Llegué con quince minutos de anticipación, con mi mochila de viaje y un libro de Cortázar bajo el brazo. Busqué mi asiento en la fila once, tercera clase —el único tipo que aún me cabía— y me senté junto a la ventana, ajustando los audífonos para no tener que hablar con nadie.

Pero entonces él entró.

Se detuvo frente a mi asiento, miró el boleto, luego me miró a mí. Me sonrió con algo entre la disculpa y la resignación. Tenía un rostro marcado por los años, pero con una elegancia que no se gana, se hereda: cejas espesas, arrugas suaves alrededor de los ojos, barba canosa bien recortada. No era un hombre cualquiera. Era un hombre que había vivido. Me di cuenta de eso en cuanto cruzamos la primera mirada.

—Disculpe —dijo, con una voz grave, templada, como si hubiera estado mucho tiempo hablando en voz baja—. Parece que este es mi lugar.

—Aquí no hay nadie —respondí, bajando un poco la música.

Se sentó, dejó su maletín de cuero en el compartimento de arriba y se quitó la chaqueta. Debajo, una camisa de lino color crema, desabrochada hasta el tercer botón, dejando ver una parte del pecho, cabello canoso y piel dorada. Me costó trabajo no mirar. Pero no era maleducado. Solo… curiosidad.

—Viaja mucho? —preguntó, observando el paisaje que ya comenzaba a desplegarse: campos de maíz, pequeñas haciendas abandonadas, cerros al final del horizonte.

—La primera vez. ¿Y usted?

—A veces. No tanto como antes. Ahora viajo más por trabajo que por ganas —sonrió, y esta vez supe que era una sonrisa que había usado mucho en su vida: para calmar, para seducir, para disimular.

—¿Qué hace? —No pude evitarlo.

—Diseñador industrial. —Me tendió la mano—. Leandro.

—Sofía.

Su mano fue firme, cálida, y me sorprendió lo mucho que me tembló la piel al rozarla. Tenía los dedos largos, las uñas cortas y limpias, una cicatriz casi invisible en el pulgar. Me di cuenta de que tenía los ojos color miel, con manchas doradas cerca de las pupilas. Algo raro, algo hermoso.

El tren avanzaba despacio, y el sol se colaba por la ventana, pintando franjas doradas sobre sus hombros, sobre mis piernas. Me puse un poco más de loción después de un rato, sin pensar, y sentí su mirada pasar por mi brazo antes de regresar a su libro —una edición de *Las ciudades invisibles*, con anotaciones al margen.

—¿También lee Calvino? —preguntó, sin quitar los ojos del texto.

—Lo estoy leyendo por primera vez. Me lo recomendó mi profesor de literatura.

—Entonces ya sabe que las ciudades son como los sueños —dijo, cerrando el libro y dejándolo en el asiento vacío de enfrente—. Una construida de deseos, otra de miedos.

Me incliné un poco hacia él. Había algo en su forma de hablar, en la pausa antes de cada frase, que me hacía querer escuchar más.

—¿Y cuál es su ciudad soñada?

Me miró como si la pregunta le hubiera despertado algo.

—Todavía no la he encontrado —dijo, pero dijo algo más con la voz: *pero podría empezar a construirla*.

El tren se detuvo en una pequeña estación intermedia. El sol estaba bajo, y el cielo se había vuelto de un naranja intenso. La luz le dibujó el contorno del rostro, marcó las líneas en su cuello, las sombras bajo sus ojos. Y, por primera vez, sentí que no era solo una mujer con un hombre mayor sentado a su lado en un tren. Sentí que algo se estaba moviendo entre nosotros, lento, deliberado, como el tren mismo.

—¿Sabe qué me gusta de viajar? —dijo, más ahora que antes, como si estuviera confesando algo—. Es que uno puede ser quien quiera. Por unas horas, nadie lo conoce. Nadie espera nada.

—¿Y qué es lo que quiere ser hoy?

No respondió de inmediato. Me miró fijamente. Me miró como si me estuviera descubriendo por primera vez. Y entonces, con una lentitud que me hizo latir más fuerte, levantó una mano. No me tocó. Solo pasó los dedos por la manga de mi blusa, como si estuviera midiendo el tejido.

—Quizá —dijo, casi en un susurro—… quizás quiera ser el hombre que te hace sentir que no tienes que correr hacia ninguna parte.

Me levanté. No sabía por qué. Tal vez para sentir la gravedad de mis propios pasos, tal vez para no quedarme allí, paralizada por el deseo que ya me temblaba en las manos.

—¿Quieres bajarte conmigo a tomar un café? —preguntó, poniéndose de pie también—. Hay una estación pequeña, al final de la línea. No es Guanajuato, pero tiene una plaza con fuentecita y una pastelería italiana que dice haberse escapado de Milán.

—No tengo boleto para esa estación —dije, pero ya tenía el teléfono en la mano.

—Yo tampoco —respondió, y me tendió el suyo—. Pero puedo llamar a un taxi.

Y entonces supe que no era un error. No era una casualidad. Era una elección. La primera de muchas.

Bajamos en la estación de León Sur, donde el sol ya se deshacía en el horizonte. Él pagó el taxi, me abrió la puerta, me pidió que caminara un poco más adentro del parque cuando pasamos un grupo de chicos con motos. Me miraba de reojo, pero no con deseo urgente. Con paciencia. Con intención.

En la plaza, sentados en el borde de la fuente, compartimos un pastel de manzana y dos tazas de café. Me habló de su hija, de veintiséis años, que vivía en Barcelona. Me habló de su divorcio, de años de silencios, de un corazón que creyó que ya no latía más fuerte por nadie.

—Pero hoy —dijo, tomando mi mano con los dedos de su otra mano—… hoy latió.

Lo besé antes de que terminara la frase.

No fue un beso de juventud desbordada. Fue un beso de quien sabe que el tiempo es breve, que la oportunidad no se repite, que el deseo maduro no es menos intenso, solo más consciente. Su barba rozó mi mejilla, su lengua encontró la mía con una seguridad que solo da la práctica, pero también con una suavidad que solo da el respeto. Me di cuenta de que tenía el sabor del café y de algo más, algo cálido, como miel y madera vieja.

Cuando nos separamos, el cielo ya estaba oscuro. Las luces de la ciudad se encendieron una por una, como estrellas en la tierra.

—¿A dónde vas esta noche? —preguntó.

—No lo sé.

—Yo tengo un cuarto en el hotel del centro —dijo, sin apuro, sin presión—. Si quieres, puedo mostrarte una ciudad que solo se ve desde arriba.

—Entonces —dije, levantándome—, vayamos a verla.

Subimos en ascensor. Él se detuvo a ajustarse la corbata, y yo lo miré desde atrás: sus hombros anchos, la espalda recta, la forma en que sus muslos se tensaban al caminar. En la habitación, la primera cosa que hizo fue abrir las cortinas. Guanajuato brillaba debajo, un mosaico de luces, calles estrechas, fachadas coloridas.

Me acerqué a la ventana, sin mirarlo. Me sentí expuesta, sí, pero no vulnerable. Me sentí deseada.

—Vete despacio —dijo, desde atrás—. Yo te espero.

Me deshicimos de la ropa con calma. Él no me tocó con urgencia. Me observó mientras me quitaba la blusa, mientras desabrochaba el sujetador, mientras se abrían las curvas de mi cuerpo bajo la luz de la ciudad. Cuando me tocó por fin, fue con las palmas de las manos, con los dedos que recorrieron cada curva como si estuviera leyendo un mapa que solo él podía ver.

Me hizo sentir vieja y nueva al mismo tiempo. Vieja por la seguridad que me transmitía, por la seguridad que tenía él. Nueva por la forma en que me miraba, como si yo fuera una revelación.

Cuando nos acostamos, fue él quien me pidió que montara sobre él. Me senté sobre su pecho, con sus manos en mis caderas, con su pene ya duro y templado entre mis piernas. Me hundí despacio, sintiendo cómo se expandía dentro de mí, cómo mi vagina lo acogía como si lo hubiera estado esperando toda la vida.

No hubo gritos. Solo respiraciones entrecortadas, besos en el cuello, manos que se aferraban, cuerpo contra cuerpo, sudor y sal. Él me

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Hoteles, trenes, ciudades que no son la mía. Los mejores encuentros pasan lejos de casa, y yo los colecciono en relatos.

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