El que me garchó en el tren de la Patagonia
4 minEl que me garchó en el tren de la Patagonia
Yo no creí que me iba a pasar, la muy jodida. Venía de Bariloche, agotada del fin de semana con las amigas, y me subí al tren nocturno rumbo a Buenos Aires con la idea de dormir ocho horas seguidas, no más. Me tocaron asiento de ventana, abrigo enrollado en la nuca, audífonos puestos —pero el ruido del tren no dejaba de entrar. Entonces, él apareció.
No era un tipo cualquiera: alto, pelo negro con canas en las sienes, barba corta, camisa abierta hasta el ombligo y los brazos cubiertos de tatuajes oscuros. Me miró como si me hubiera estado esperando. Me sonrió con los ojos, no con la boca, y se sentó a mi lado sin pedir permiso. Me di cuenta de que tenía las manos grandes, de nudillos marcados, y olía a tabaco oscuro, café recién hecho y algo más… algo que me hizo sentir la piel de gallina.
—¿Dormir o sufrir? —me preguntó en voz baja, mientras el tren sacudía los vagones y el mundo se perdía en la oscuridad patagónica.
—Depende —le dije, ya con la respiración un poco corta—. ¿Quién sos?
—Damián. Y vos, ¿venís de viaje o de huida?
No le respondí de inmediato. En cambio, le dejé la mano sobre la mía, con la palma hacia arriba. Me miró como diciendo: *ahí vamos*. Y sí, porque cuando el tren se metió en un túnel y la luz se apagó, él me agarró la mano y me llevó la yema de los dedos hasta el borde de su camisa. Me di cuenta de que no usaba debajo. Me di cuenta de que su polla ya estaba dura contra el muslo, pesada, larga, y que me la estaba ofreciendo para que se la acariciara.
—Sí, sí —musité, porque me temblaban las manos, y sí, lo admito: me excitaba su directitud, su poder de hacerme lo que quería sin pedirlo.
Me incliné, la cabeza a punto de tocar su pecho, y le bajé la camisa un poco más para que me quedara libre el pene. Era grueso, la cabeza redonda, la punta húmeda de pre-cum. Lo agarré con ambas manos y comencé a bajarlo suavemente, lento, hasta que lo sentí palpitando contra mis nudillos. Me lo metí en la boca sin pensar, sin pedir permiso, como si me lo hubiera merecido desde siempre. Me sabía a sal, a sudor, a vida real. Me lo hundí hasta la base, lo sentí en el fondo de la garganta, y cuando se me escapó un grito ahogado, me miró con los ojos cerrados y suspiró:
—Sí, así… garcháme, gorda.
No me ofendió. Al contrario: me encendió. Me levanté, me desabrochó el corsé con un solo movimiento, me sacó los pechos. Se los agarró con fuerza, los apretó, y con el pulgar me frotó los pezones hasta que se pusieron duros como piedras. Luego me tiró la falda hacia arriba, me bajó la bragas, y me metió dos dedos en la concha. Me di cuenta de que no llevaba nada puesto ahí tampoco, y que me estaba metiendo los dedos como si ya me hubiera estado soñando.
—Estás toda mojada —dijo, con una sonrisa perversa—. Vos querés esto, ¿no?
—Sí —le grité—. Sí, cagáme, Damián. Quiero que me garchés.
Se puso de pie, me volvió contra la ventana, me abrió las piernas con la rodilla, y me empujó el pene en la concha. Me rompió el himen como si no importara. Me clavó los dedos en los muslos y me metió la polla entera, lenta, hasta la raíz. Me di cuenta de que era largo, demasiado, y de que me hacía un daño bueno, un placer que dolía. Me cogió con fuerza, me frotaba el clítoris con la base del pene, y me hacía gemir sin poder evitarlo.
El tren sacudía los vagones, cada curva lo hacía entrar más hondo, y yo me agarraba del respaldo, con la frente contra el vidrio frío, mientras él me jodía como si no hubiera mañana. Me llevó al clímax dos veces antes de que se corriera dentro de mí, gritando mi nombre como un maldito sagrado.
Y cuando todo terminó, me acarició la espalda y me dijo:
—¿Otra vez en el vagón-cama?
Le di un beso en la boca, con su sabor a mí, y le dije:
—Si me dejás dormir una hora, sí.
Y así fue.
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Hoteles, trenes, ciudades que no son la mía. Los mejores encuentros pasan lejos de casa, y yo los colecciono en relatos.