El tren que no paró en Medellín

El tren que no paró en Medellín

@la_viajera ·4 de julio de 2026 · 🔥 4.4 (27) · 10 lecturas · 9 min de lectura

La estación de Cali se fundía en el calor del mediodía: el asfalto temblaba, los gallinazos se posaban en los postes de luz como si también ellos estuvieran esperando el tren, y el aire olía a polvo, café recién hecho y sudor ligero. En el andén 3, entre maletas de piel y mochilas de lona, apareció Valentina. Llevaba pantalones anchos de lino color crema, una camisa blanca abierta hasta el ombligo, sandalias de cuero trenzado y el pelo recogido en un moño suelto, con mechones rubios escapándose como si quisieran explorar el mundo antes que ella. Sus ojos, de un verde casi animal, miraban sin prisa, como si cada detalle del andén mereciera su atención. Tenía treinta y cinco años, había nacido varón, había vivido diez como hombre, y los últimos quince como mujer. No se escondía, tampoco se exponía: simplemente *estaba*, con esa seguridad que solo da el tiempo y la decisión tomada una y otra vez.

Subió al tren con paso firme, sin mirar atrás. El tren era viejo pero limpio, de los que corren por la costa pacífica hacia Buenaventura y más allá, con ventanas grandes y asientos de tercera clase con cojines rojos desgastados por el uso y el amor. Se acomodó en una ventanilla, justo donde el sol entraba directo y calentaba la piel, y sacó un libro pequeño de bolsillo: *La mujer habitada*, de Gioconda Belli. Mientras lo hojeaba, sus uñas pintadas de rojo oscuro rozaban suavemente las páginas.

Sentado dos filas atrás, en el asiento del medio, iba Andrés. Treinta y dos años, abogado de una firma de Cali, pelo castaño corto, barba de tres días bien cuidada, camisa de algodón azul claro con las mangas remangadas. Llevaba una sonrisa de quien acaba de terminar una reunión difícil y se permite respirar. Había comprado el boleto por impulso, tras un desayuno con cafecito, empanada de pescado y el presentimiento de que hoy algo iba a cambiar.

Cuando Valentina se levantó para ir al baño, el tren dio un leve bandazo y ella tropezó con suavidad. Andrés, sin pensarlo, extendió la mano y la sostuvo por el codo. Ella lo miró, sorprendida, y sonrió —no con coqueteo, sino con agradecimiento, con curiosidad.

—Perdón, me iba a caer como una tonta —dijo Valentina, voz cálida, con un tono meloso que no era del todo de la región.

—No pasa nada —respondió Andrés, soltando el codo pero no la mirada—. En este tren, las caídas son parte del viaje.

Ella rio, baja, entre dientes, como si el sonido le perteneciera a ella sola.

—¿A dónde va?

—Buenaventura. Tengo un caso allá, de pesca ilegal. Y usted?

—Lo mismo. Y también por placer —dijo, y en su mirada brilló algo que no era solo humor, sino desafío amable.

Andrés asintió, como aceptando una apuesta.

—¿Puedo ofrecerle un café? Me parece que el de la cafetería del tren es peor que el del tren.

Ella se encogió de hombros.

—Si es peor, que sea peor. Pero sí, acepto.

Se llamaron café tras café. Él le contó que era de Medellín, pero vivía en Cali desde los veinte; ella que había nacido en Popayán, que se fue a Bogotá a estudiar literatura, que volvió a Popayán después de la transición, que luego se fue a Barranquilla por un año, y ahora andaba de ciudad en ciudad escribiendo relatos para revistas digitales, sin固定的 plan. Él le habló de su abuela, que le decía que el amor era como el café: si se deja mucho tiempo, se amarga; si se toma caliente, se quema; si se comparte, se multiplica.

—¿Usted qué opina? —preguntó Andrés.

—Yo opino que el mejor café es el que se toma con alguien que no tiene prisa —respondió Valentina, y lo miró directo a los ojos—. Pero también el que se toma en la cama, con sal entre los labios.

Él se rascó la nuca, sonrojado, sin querer admitir que le gustaba cómo hablaba.

—¿Y qué clase de café prefiere?

—El que me mame con la lengua antes de que llegue a la boca.

Andrés soltó una risa que le salió más fuerte de lo esperado. Algunos pasajeros volvieron la cabeza, pero nadie dijo nada. El tren avanzaba, por fin, por el valle del Cauca, entre cañas, plátanos y casas de tejas rojas. El aire entraba por la ventanilla abierta, con el olor a tierra mojada y a mango verde.

—¿Y en la cama? —preguntó él, casi sin aliento—. ¿Qué clase de… pito prefiere?

Ella no se inmutó. Solo levantó una ceja, con esa sonrisa que sabía que había dado el paso.

—Depende del hombre —dijo—. Si es de los que saben mamar como si su vida dependiera de eso, entonces… no importa el tamaño. Si no, ni con dos metros y medio me pongo.

—¿Y si le digo que soy de los que saben mamar?

Ella inclinó la cabeza, como evaluando una ecuación.

—¿Y si me lo demuestra?

El tren pasó por una curva cerrada, y Valentina se inclinó hacia él, apoyando la mano en su muslo. Él sintió el calor de su piel a través del tejido, y su respiración se volvió más profunda.

—¿Usted cree que aquí alguien nos mira? —susurró ella, con el aliento en su oreja.

—No importa si nos ven —dijo él—. Si nos tocan, también.

Ella se levantó, y esta vez fue ella quien le tendió la mano.

—Venga.

El baño del tren era pequeño, con espejo agrietado, lavamanos de acero inoxidable y una puerta que cerraba con un cerrojo de metal que chirrió al girarlo. Dentro, el aire estaba cargado de calor y de su sudor, de su deseo. Valentina se quitó la camisa, dejando al descubierto un pecho plano, bien modelado, sin prótesis, con los pezones pequeños, oscuros, y la piel suave. Andrés la miró sin vergüenza, sin curiosidad médica, sin lástima: con deseo puro, limpio.

—Eres hermosa —dijo.

Ella le sonrió.

—Y tú, me miras como si me vieras de verdad. No como si estuvieras buscando algo que no hay. Eso es raro. Eso es rico.

Se acercó, y con los dedos le desabotonó la camisa. Le rozó el ombligo con el pulgar, y luego bajó más, hasta el cinturón de sus pantalones. Él respiró hondo, sintiendo cómo su pene empezaba a endurecerse.

—¿Te gusta que te toque así? —preguntó ella, con la mano ya sobre su entrepierna.

—Sí —murmuró él—. Pero yo también quiero tocarte.

Ella lo llevó hacia el espejo. Se puso de rodillas frente a él, sin soltar su mirada, y le desabrochó el cinturón, bajó la cremallera con lentitud, como si cada centímetro fuera un juramento. Cuando sacó su pene, ya medio erecto, Valentina lo miró como si fuera lo más hermoso que había visto en años.

—Qué pito tan lindo —dijo—. Grande, derecho, con esa vena que late.

Se acercó y lo lamió desde abajo, con la punta de la lengua, suave, como si lo estuviera acariciando con fuego. Él cerró los ojos, apretó los puños.

—Más —susurró.

Ella sonrió contra su piel, y lo tomó con la mano, moviéndose con lentitud, besando el glande, chupándolo como si no hubiera mañana. Él se inclinó hacia ella, y con la otra mano le acarició la nuca, luego la espalda, sintiendo los músculos firmes, la piel suave.

—¿Quieres que te meta la lengua hasta el fondo? —preguntó ella, sin soltarlo.

—Sí —gimió él—. Sí, por favor.

Valentina se levantó, se sacó el pantalón y la ropa interior. Él la miró: su vagina era suave, redondeada, con los labios oscuros y hinchados por la excitación. Se inclinó y la besó allí, con la boca abierta, y la lengua metiéndose dentro, profundo, hasta que ella gimió, alto, como si fuera a romperse.

—Me estás matando —dijo ella, agarrándole el pelo—. Si no me metes tu pito dentro ahora mismo, me muero.

Él se levantó, se despojó de la ropa, y la tomó por la cintura. La sentó sobre el lavamanos, con el espejo frente a ellos. Ella levantó las piernas, rodeándole la cintura con los tobillos, y él la penetró con un solo movimiento, lento, seguro.

—Dios mío —dijo ella, con los ojos cerrados—. Estás lleno. Estás rico.

Él empezó a moverse, despacio, mirándola fijamente. Ella lo miraba de vuelta, con esa mirada de quién sabe que esto es efímero, pero que en este instante, es todo.

—Dime qué sientes —pidió ella.

—Siento tu calor —dijo él—. Siento tu pulso. Siento que no quiero salir.

—Más fuerte —suplicó ella—. Más fuerte, que me rompas.

Él aceleró. Ella se agarró de sus hombros, y con cada embestida, sus pechos se movían, su pelo se deshacía, y su respiración se volvía un jadeo entrecortado. Él la besó en la boca, con fuerza, y ella le metió la lengua, como si quisiera beberse todo lo que él tenía.

—Voy a llegar —dijo ella.

—Yo también —respondió él.

Valentina le mordió el labio inferior, con suavidad, y luego lo besó de nuevo, y en ese beso, Andrés se corrió, profundo, con la boca pegada a la suya, con los ojos cerrados, con las piernas temblando. Ella lo sintió rebotar dentro de ella, y se corrió con él, gritando su nombre como si lo hubiera conocido toda su vida.

Se quedaron quietos, abrazados, con el pene aún dentro de ella, con el agua del lavamanos goteando en el suelo. Valentina le acarició la nuca, y él besó su frente.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó él.

Ella sonrió.

—Ahora bajamos en la siguiente parada, y comemos arepa con queso. Y luego… nos vemos.

—¿Y si no me da tiempo?

—Entonces te dejo mi número. Y si no llamas, te llamo yo.

Él rio.

—¿Eres siempre tan segura?

—No —dijo ella, y le dio un beso en la boca—. Solo contigo.

El tren entró en una zona sombría, entre los cerros de Jamundí. La luz se apagó por un momento, y en esa penumbra, se besaron de nuevo, con calma, con sabiduría, como si ya hubieran hecho esto cien veces.

—¿Te dije que me encantó cómo me mamas? —dijo ella.

—No —respondió él—. Pero yo también me encantó cómo me dejas entrar.

Ella lo besó de nuevo, y esta vez fue suave, casi dulce.

—Espero que cuando llegues a Buenaventura, me escribas.

—Te escribo desde el primer hotel —dijo él.

Y así, con el tren que no paró en Medellín —porque no tenía por qué—, Valentina y Andrés se despidieron con un beso en la frente, y una promesa que no necesitaba palabras: que el deseo, cuando es de verdad, no se olvida, aunque el tren se vaya.

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Hoteles, trenes, ciudades que no son la mía. Los mejores encuentros pasan lejos de casa, y yo los colecciono en relatos.

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