Lo que pasó en el taller de mi papá

Lo que pasó en el taller de mi papá

@diego_salas ·11 de junio de 2026 · 🔥 4.9 (37) · 240 lecturas · 7 min de lectura

Sé que suena raro, pero fue cierto. Yo, Diego Salas, un tipo de 51 años, casado con mi esposa desde hace veinticinco, con dos hijos universitarios, y aún así, ese viernes por la tarde, con los músculos de las piernas aún adoloridos del caminata desde la estación del Metrobús y el sudor pegándose al cuello de la camisa, vi entrar a Valeria y sentí que me volvía a acordar de cómo era tener verga dura sin pensar en quién era tu esposa o quién te iba a regañar por llegar tarde.

Tenía 23 años. Alta, morena, con caderas anchas y un culo que se movía como si tuviera vida propia. Se llamaba Valeria. La hija del vecino nuevo, el que había comprado la casa que antes era de los López, esos que se fueron a Cancún y nunca volvieron. Yo la había visto antes —en fiestas de cumpleaños del barrio, en la tiendita de la esquina— pero siempre con ese respeto que uno le tiene a las hijas de los vecinos, sobre todo si son más jóvenes que tus propios hijos. Pero ese día no era una fiesta. Ese día era el taller de mi papá, ese garaje que él dejó cuando murió, lleno de herramientas oxidadas, un par de motos viejas y el olor a gasolina, aceite y cuero.

Valeria entró con una bolsa de tela, una botella de agua y una sonrisa que me hizo tragar saliva.

—¿Usted es el tío Diego? —preguntó, con ese tono dulce pero seguro que solo tienen las mujeres que ya saben qué quieren y no tienen miedo de pedirlo.

—Sí, hija. El mismo. ¿Te perdiste?

—No. Me dijeron que aquí arreglabas motos. Y que también sabías de electricidad.

—Sí, ya viejito, pero aún me acuerdo de algunas cosas. ¿Qué te pasó?

Me acerqué. Huele a vainilla y un poco a su perfume, algo caro, que no conocía pero que me hizo pensar en cama y sábanas blancas.

—Mi moto se murió en la avenida Tlalpan. No arranca, no suena, nada. Y hoy necesito llegar temprano al trabajo. Me pagan por hora y no quiero perder tiempo.

—Claro, hija. Déjame ver.

La seguí al patio trasero, donde tenía estacionada la moto: una Honda Shadow, negra, con manillar cromado y un asiento ancho. La miré como si fuera a hablarle, como si la energía de Valeria le hubiera dado un pulso nuevo. Me agaché. Ella se agachó conmigo. Me pasó una linterna. Sus dedos rozaron los míos. Un calorcito me subió por la espalda.

—¿Y por qué no la dejaste en la casa del mecánico de tu papá? —pregunté, fingiendo interés técnico, pero mi verga ya estaba pegada al pantalón.

—Él ya no me atiende. Dice que soy muy joven para entenderle, que le pido muchas preguntas.

Me reí. Una risa fuerte, sincera.

—Pues a mí me caes bien. Y aunque no te crea, en los viejos tiempos, yo era el que arreglaba las motos de mis amigos. Incluso le cambiaba el aceite a la de tu mamá, cuando aún venía a las reuniones del barrio.

—¿En serio?

—Sí. Y si me invitas un café después de que le echemos un ojo, te cuento cómo le arreglé la Yamaha de tu hermano mayor.

Me miró fijo. Los ojos verdes, como vidrios de lago, con una chispa que no era solo curiosidad.

—No tengo café… pero tengo algo mejor.

—¿Ah, sí?

—Sí. Tengo una botella de mezcal. De las que trajo mi papá de Oaxaca. ¿Te animas?

La miré. Vi que se mordió el labio. Vi que sus pechos se movieron un poco más rápido. Vi que no se movió. Esperaba que dijera que sí. Y yo ya sabía que iba a decir que sí.

—Claro que me animo, hija.

—No es hija. Soy Valeria. Y hoy no soy tu vecina ni la hija de nadie.

La tomé de la muñeca. No con fuerza, pero con firmeza. La llevé al banco de trabajo. La puse sentada. Me arrodillé frente a ella, le levanté la falda hasta la cintura, y ahí estaba: una braguita fina, de encaje negro, que apenas contenía su culo redondo, su pubis hinchado ya de solo mirarla. Le aparté la tela con los dedos. Se abrió como una flor. Ya estaba mojada. El vello era oscuro, espeso, y entre sus labios, el clítoris se le había endurecido, como una uva pequeña y tersa.

—¡Joder! —susurré.

—Sí —dijo ella, con la voz un poco quebrada—. Yo también te quiero así.

Me levanté. Me desabroché el cinturón. Me bajé el pantalón. Mi verga salió, dura, gruesa, con los testículos apretados y subidos. La vi palparla con los ojos. Me tomó del pene con una mano, lo apretó suave, lo frotó con el pulgar por la cabeza.

—Qué verga tan gorda —dijo—. Y tan caliente.

Me agarré de su cabeza y la empujé hacia abajo. Se la metí en la boca. Ella no se resistió. La tomó toda, hasta la base, y me miró con los ojos cerrados. Sacó la lengua y la pasó por mi glande, luego por el corona, y volvió a tragármela. Me temblaban las piernas. Me agarré del banco. No quería culiarle la boca como un imbécil. Quería que ella gozara.

—Déjame verte —le dije.

Me levantó la cabeza. Me puso de pie. Me quitó la camisa. Me besó el pecho. Me lamió los pezones, me mordió uno, y me hizo gemir como un perrito. Me pidió que la volteara. Me arrodillé detrás de ella, le abrí las nalgas, le pasé la lengua por el ano, luego por la vulva. La sentí estremecerse. Le metí un dedo. Estaba apretada, pero mojada. Le metí dos. Se relajó. Le metí tres. Me pidió que la culiara.

—Sí, hija —le dije, pero ella me interrumpió.

—No digas "hija". Di mi nombre. Di *Valeria*.

—Sí, Valeria. Te voy a culiar como hace rato que quieres.

Le lubricé la verga con mi saliva y con su jugo. Le empujé la cabeza contra el banco. Le separé las nalgas. Le metí la punta de la verga en su humedad. Se abrió sola. La empujé. Entró hasta la base. Ella gritó. Un grito agudo, corto. Yo me detuve. La besé en el cuello. Le lamí la oreja.

—¿Estás bien?

—Sí —dijo—. Cógeme. Cógeme ahora.

Le clavé las uñas en las caderas. Empecé a sacar y meter. La verga le rechinaba contra su interior. Su culo rebotaba contra mis muslos. Sus tetas se me movían en la cara. Le agarré un pecho, le pellizqué el pezón, y le dije:

—Dime qué sientes.

—Siento tu verga en mi puta vagina. Siento que me estás rompiendo. Siento que quiero más.

Le puse las manos en los hombros, la incliné más, y le clavé la verga hasta el fondo. Le froté el clítoris con el pulgar. Le apreté el pecho. Le lamí el cuello. Le dije que sí. Que que no iba a durar mucho. Que que me estaba por venir. Que que me iba a llenar de leche.

Y cuando le dije eso, se corrió. Se le tensaron los músculos, se le cerró la vagina, y me apretó la verga como si quisiera sacármela. Y yo, sin poder evitarlo, me corrí dentro de su culito. Le inyecté dos chorros gruesos, tres, cuatro. Me tembló el cuerpo entero. Me derramé hasta sentir vacío.

Me desplomé sobre ella. Le besé la nuca. Le acaricié el pelo. Ella respiraba fuerte, con la frente pegada al banco, con los ojos cerrados, con una sonrisa en los labios.

—¿Vas a seguir arreglando mis motos? —preguntó, sin voltear.

—Si me invitas otro mezcal —le dije.

Y me reí. Y ella también. Y en ese momento, con el olor a sexo y aceite en el aire, con el sol poniente entrando por la ventana del taller, supe que había cruzado una línea. Pero no me importó. Porque Valeria me había hecho sentir joven. Me había hecho sentir vivo. Me había hecho sentir que aún podía coger como un loco, aunque mi espalda me doliera al día siguiente.

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Reencuentros, química que estalla, segundas oportunidades en la cama. Escribo pasión de la que deja marca.

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