Lo que pasó en el taller de mecánica
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El taller de Carlos estaba lleno de olor a gasolina, aceite viejo y sudor. Las luces fluorescentes parpadeaban como si estuvieran cansadas de ver tanto trabajo y tanto cuerpo sudado. Lucía entró con su falda ajustada y los talones altos, algo que en otros talleres la haría invisa o rechazada, pero aquí —en el de Carlos— solo levantaba cejas, sonrisas y, sobre todo, miradas. Él la esperaba junto al banco de trabajo, con el delantal manchado de grasa y el pecho descubierto, el pelo cano peinado hacia atrás, la barba recortada, los brazos torneados por años de levantar motores y el corazón latiéndole fuerte desde que supo que ella vendría.
—¿Viniste con el carro, o vine yo por ti? —preguntó Carlos con su voz grave, de hombre que no dice tonterías.
—Con el carro, pero no es eso lo que vamos a reparar hoy —respondió Lucía, acercándose, y dejó caer el bolso en el suelo con un sonido seco.
Carlos no se anduvo con rodeos. Le quitó los talones con una mano, sin soltarle el tobillo, y le desabrochó el blazer con la otra. El vestido negro, ceñido como una segunda piel, quedó flotando en su cuerpo mientras él se arrodillaba. Lucía se apoyó en el banco, respirando hondo, sintiendo el metal frío contra las puntas de los dedos. Él le subió la falda hasta la cintura y le bajó la braguita con un movimiento seco. No esperó. Metió la cara entre sus muslos, le separó la carne húmeda con las manos y se metió la lengua dentro como si le hubiera estado soñando desde hacía años.
—Ah, carajo… —murmuró Lucía, agarrándose de su pelo, tirándole suavemente—. Más fuerte, Carlos… que ya me tienes loca.
Él no necesitaba más permiso. La lamía con saña, chupándole el clítoris como si le estuviera sacando un motor roto, y le metió dos dedos en el culo mientras el tercero entraba en su coño, estirando la entrada, busándole la entrada del ano como si ya lo conociera de antes. Lucía gritó, arqueó la espalda, y sintió cómo el vello de su pubis se erizaba con cada sacudida de sus dedos. Carlos le separó las nalgas con las manos grandes, lubricó su pito con el aceite que había en la mesa y se lo metió de golpe, sin previo aviso, hasta las pelotas.
—¡Joder, Carlos! —gritó Lucía, los ojos cerrados, los dientes apretados, las uñas clavadas en el metal—. ¡Estás grande…! ¡Qué pito más rico!
Él comenzó a empotrarla, sacudiéndole el cuerpo contra el banco, haciendo que sus pechos rebotaran y sus nalgas se pegaran al calor del metal. El olor a sudor y lubricante se mezclaba con el olor a gasolina, y Lucía sintió que se le salía el aliento, que se le templaban los músculos, que se le ponía la piel de gallina. Carlos le agarró una teta, la apretó, le dio un mordisco suave en el pezón y le mamió como si le estuviera chupando la vida misma.
—Tú quieres que te lo meta fuerte, ¿verdad? —le gritó al oído, jadeando—. Que te lo meta hasta que sientas que se me sale por el ombligo.
—¡Sí, sí, sí! ¡Mámame, carajo! —le respondió Lucía, gritando ya sin vergüenza, sin control—. ¡Cuéntale al coño que es tuyo!
Carlos la agarró por las caderas, le levantó una pierna sobre el banco, le abrió más las nalgas y le metió el pito a fondo, una, dos, tres veces, con una fuerza que hacía temblar el banco y hacer rechinar las herramientas. Lucía se le corrió como una descarga eléctrica, con un grito ahogado, con los ojos blancos y el cuerpo arqueado, y Carlos la siguió al instante, empujándole el culo, soltando un gruñido gutural y explotándole en el coño con tantas bombas de esperma que le salió por los costados.
Se quedaron así, jadeando, sudados, abrazados, con el aceite manchándoles la piel y el taller lleno de su olor. Carlos le besó el cuello, le acarició la cara y le dijo:
—Mañana vuelves, ¿verdad?
—Sí —respondió Lucía, sonriendo con los ojos cerrados—. Porque este coño ya sabe que te pertenece, Carlos. Y tú… ya sabes que este culito no se olvida.
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