El cuerpo que me habla cuando nadie más me escucha
7 minEl cuerpo que me habla cuando nadie más me escucha
La luz del atardecer se colaba por las persianas entreabiertas, dibujando rayas doradas sobre el piso de madera oscura del departamento pequeño, en el barrio de Palermo Soho. Fuera, el tráfico de la avenida Güemes vibraba con su ritmo cotidiano, pero dentro de ese cuarto, todo parecía suspendido, como si el tiempo hubiera decidido hacer una pausa especial, solo para ella.
Lucía se había desplomado en el sillón de cuero viejo, el que había heredado de su abuela y que ahora tenía grietas sutiles en el reposabrazos, como si cada arruga contara una historia que nadie había preguntado. Tenía los pies descalzos, las uñas de los pies pintadas de un rojo oscuro que ya comenzaba a desvanecerse en los bordes. Se quitó los calcetines de algodón, los enrolló con cuidado y los dejó sobre el sofá, como si fueran algo sagrado que no quería maltratar.
Había llegado hace apenas una hora, cansada, con la cabeza llena de reuniones, correos, compromisos pendientes y el peso silencioso de haber tenido que decir “no” otra vez. No a una persona, sino a sí misma: a su propio deseo, a su necesidad de sentir algo más allá del cansancio. Pero hoy, algo había cambiado. Tal vez fue el modo en que el sol se posó sobre su piel cuando se sacó la remera, o el susurro que hizo el aire cuando rozó su cuello al pasar por la ventana entreabierta.
Se puso de pie, lentamente, como si despertara de un sueño profundo. Se desabotonó la camisa de algodón, blanca, algo grande para ella, que le llegaba hasta mitad del muslo. La dejó caer al suelo sin apuro, como si fuera una capa que ya no le servía. Debajo llevaba un sujetador de encaje negro, desgastado por tantas lavadoras, pero aún firme. Se acercó al espejo del cuarto de baño, que estaba pegado a la pared con cinta adhesiva de doble cara porque nunca tuvo tiempo de colgarlo bien. Se miró.
No se miraba así desde hacía meses. No con atención, no con intención.
Su pecho subía y bajaba con calma. Tenía los pechos medianos, firmes, con pezones pequeños, de un color dorado claro, que se erizaban apenas el aire los rozaba. Se pasó una mano por el vientre, ligeramente hundido, con una curva suave que marcaba el inicio del vello púbico, recién afeitado esa mañana, como siempre.
—Mirá qué lindo —murmuró, sin saber si lo decía en voz alta o solo en su cabeza—. Estás acá. Estás viva.
Se volvió hacia el espejo, se desabrochó el sujetador con un solo movimiento, rápido, como si ya lo hubiera practicado en sueños. Lo dejó colgado de un dedo, sin tirarlo, como si fuera una pieza de ropa que aún merecía respeto.
Y entonces lo hizo: se tocó.
Primero, con la yema de los dedos, con dulzura, como si acariciara una flor que temía marchitar. Se llevó la mano derecha al pecho izquierdo, pasó el pulgar sobre el pezón, y sintió cómo se endurecía, cómo reaccionaba, cómo su cuerpo la reconocía, aunque no estuviera con nadie.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
Cerró los ojos.
Y volvió a tocar.
Esta vez, con más seguridad.
El dedo índice rozó el pezón una, dos veces, con presión suave, con un ritmo que aún no sabía cuál era. Luego bajó, lentamente, por su vientre, siguiendo la línea oscura que iba desde el ombligo hasta el vello.
Se detuvo.
Respiró.
Se metió los dedos en la boca.
Los chupó uno por uno, con lentitud, como si estuviera saboreando un chocolate amargo, como si cada uno tuviera un sabor distinto. El de su dedo índice, un poco más seco, con el olor de su piel; el del medio, con la marca del lápiz con el que firmó un informe a las tres de la tarde.
Abrió los ojos.
Se miró otra vez en el espejo.
Y se bajó la cremallera del pantalón.
Era un pantalón vaquero ajustado, que le quedaba apretado en las caderas, que le marcaba la curva del culo como si lo hubiera diseñado para eso. Lo deslizó con cuidado, bajándolo hasta las rodillas, y luego se agachó un poco para sacárselo del todo, dejándolo en el suelo, junto a los calcetines.
Ya no llevaba ropa interior.
Se quedó así, en medio del cuarto, con la luz del sol que ahora le acariciaba el muslo, el vientre, el pecho.
Se puso de puntillas, alargó los brazos hacia el espejo, y se pasó la mano por los costados, por las caderas, por la curva de sus glúteos. Se toqueteó el culo, con las yemas de los dedos, con un gesto que era a la vez íntimo y descarado.
—Ahí estás —susurró—. El que siempre me guarda el lugar.
Se volvió hacia la cama, un colchón bajo sobre un piso de madera, sin cama de madera, sin cabecera. Sólo una sábana blanca, arrugada, como si nadie la hubiera usado en días. Se sentó en el borde, con las piernas abiertas, con las manos apoyadas detrás de ella, como si estuviera esperando.
Y entonces, con la mano derecha, se llevó una pierna hacia arriba, doblándola, para que su concha quedara más accesible, más expuesta.
Se tocó ahí.
Primero, con la palma, con suavidad.
Luego, con los dedos.
El pulgar buscó el clítoris, que ya estaba hinchado, que ya reaccionaba, que ya la llamaba. Lo rozó, lo rozó de nuevo, con movimientos circulares, lentos, como si estuviera escribiendo una palabra que aún no sabía cómo se escribía.
Un gemido le salió sin querer.
No fue fuerte, no fue exagerado. Fue un sonido bajo, gutural, como si su cuerpo estuviera recordando una canción que había olvidado.
Y siguió.
Se metió un dedo, luego otro, en su concha. La entrada estaba húmeda, cálida, como si lo estuviera esperando desde hacía días. Se abrió a sí misma, con su propia mano, con su propio ritmo.
Se inclinó hacia atrás, apoyó la cabeza en la pared, cerró los ojos.
Y dejó que su cuerpo hablara.
Los dedos entraban y salían, con un movimiento suave, con un ritmo que iba ganando fuerza, que iba ganando vida. Se estiró, abrió más las piernas, se llevó la otra mano al pecho, al otro pezón, y lo apretó, con dulzura, con deseo.
Sintió cómo su cuerpo se ponía caliente, cómo el calor subía desde adentro, cómo su respiración se aceleraba, cómo su corazón latía más fuerte, como si quisiera salirse del pecho.
Y entonces, sin que lo planeara, sin que lo supiera, sintió que se venía.
No fue un estallido. Fue algo más sutil, más profundo.
Fue como si su cuerpo se abriera, como si una compuerta se levantara y dejara pasar una corriente cálida, que le recorrió la espalda, el cuello, los brazos, las piernas.
Gimió, esta vez en voz alta.
Un gemido largo, que se deshizo en el aire, como si el cuarto lo hubiera absorbido.
Y cuando todo terminó, cuando su cuerpo empezó a relajarse, cuando sus dedos aún estaban dentro de ella, pero ya no moviéndose, sino simplemente ahí, como si fueran parte de ella, se levantó de la cama.
Se miró otra vez en el espejo.
Tenía el pelo despeinado, los labios entreabiertos, la piel roja en los pechos, en el vientre, en los muslos.
Se sonrió.
—Te veo —dijo—. Te veo y no tenés miedo.
Se lavó las manos, se puso un poco de agua en el pelo, se miró de nuevo.
Y entonces, con calma, se puso la remera blanca, la reabotonó, se sentó en el sillón, se puso los calcetines otra vez, y encendió una candela de lavanda que tenía en la mesita de luz.
El cuarto volvió a estar en silencio.
Pero ahora, el silencio tenía sabor.
Tenía olor.
Tenía memoria.
Y ella, por primera vez en mucho tiempo, se sentía completa.
No por haberse tocado.
Sino por haberse escuchado.
Por haberse dado permiso.
Por haberse devuelto a sí misma.
—Mañana —dijo en voz baja, mientras la vela empezaba a arder— voy a hacerlo de nuevo.
Y no fue una promesa.
Fue una certeza.
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Escribo lo que pasa cuando se apaga la luz y quedan solo la piel y las palabras. Me obsesionan los detalles: un roce, un suspiro, lo que nadie dice en voz alta.