El viernes que mi vecina me pidió que le cogiera entre los muslos
10 minEl viernes que mi vecina me pidió que le cogiera entre los muslos
La vecina del piso de arriba se llamaba Mariana, y desde que se mudó hacía tres meses —con su maleta de ruedas rotas, un gato gris que se llamaba Copito y el olor a jazmín y humo de cigarro que le pegaba hasta en las uñas—, a Diego le había dado por notarla con una atención que ya no podía disimular. No era que la hubiera estado espiando: era que, simplemente, la *veía*. La veía subir las escaleras con los tacones altos que le marcaban el arco del pie, la veía sentada en su balcón con pantalón corto y camiseta de tirantes, el sol poniente derritiéndosele en la curva de la cintura, el viento moviéndole el pelo castaño claro, recogido en un nudo deshecho.
Diego trabajaba desde casa como editor freelance. Su apartamento, un piso pequeño pero luminoso en el segundo piso, daba a la calle tranquila de Insurgentes Sur. Desde su ventana, entre las plantas de albahaca y la sombra del plátano, tenía una vista perfecta del balcón de Mariana. Y cada vez que ella se asomaba, él sentía una punzada en el estómago, un escalofrío lento que empezaba en la base de la columna y subía como un trago de mezcal calentito.
No era un hombre de fantasías desenfrenadas. Diez años atrás, tras una ruptura que le dejó más cicatrices que lecciones, se había jurado no volver a meterse en líos sentimentales que pudieran terminar en lágrimas o celos. Pero Mariana no era un lío. Era un *deseo* —claro, silencioso, inofensivo— como los que uno guarda en la cabeza, como los que se deslizan entre los párrafos de un libro prohibido y que uno, al final, guarda para leer en la oscuridad, con la luz apagada y el corazón acelerado.
El viernes, sin embargo, todo cambió.
Fue ella quien bajó. No un mensaje en el portero eléctrico, no un recado por WhatsApp (aunque ambos tenían el grupo del edificio, donde hablaban de ruidos molestos y de quién dejaba el basurero en el pasillo). Fue ella, con una falda negra de plisado que le quedaba ajustada en la cintura y amplia en las piernas, una blusa blanca abierta hasta el ombligo, y el gato Copito colgando de su hombro como un parche de pelo.
—¿Diego? —lo llamó desde la escalera, con esa voz que parecía humo también—, ¿tienes un poco de sal? Se me acabó y necesito preparar una salsa rápida para la cena.
—Claro —respondió él, abriendo la puerta sin pensarlo.
Ella entró sin pedir permiso, como si ya conociera el camino. Diez pasos, una vuelta a la izquierda, y la cocina. Diego le pasó el tarro, y ella lo tomó con una sonrisa rápida, los dedos rozando los suyos por un milímetro. Diez milímetros.
—Gracias, *coyote*.
—¿Coño? ¿Me llamaste *coyote*? —Él rió, sin poder evitarlo.
—¿Te molesta? —ella lo miró con los ojos entrecerrados, una ceja alzada—. Es que en el edificio todos me dicen *gata*… y uno se cansa.
—No me molesta. Me gusta.
Ella asintió, como si eso ya estuviera decidido.
—Oye… ¿me dejas usar tu cocina un ratito más? Quiero probar una receta de mi abuela: mole poblano con pollo. Y necesito un par de chiles ancho rehogados.
—Claro. Si quieres, te ayudo.
—¿Ayudar? —Mariana soltó una risita baja, melosa—. *Mijo*, no te vayas a poner nervioso y se te caiga la salsa.
—Yo no me pongo nervioso con las salsas.
—Ah, no? —ella se acercó, apoyó una mano en su hombro y lo empujó suavemente hacia la cocina—. Pues hoy vas a aprender que *sí*.
El tiempo se volvió lento. Ella cortó cebolla con el cuchillo grande de madera, los ojos en las láminas rojas y verdes, el pelo suelto ya, colgándole en el cuello. Diego picó ajo, los nudillos rozando los suyos cada vez que pasaban cerca deltablero. El olor a cebolla quemada, a comino tostado, a canela y clavo de olor —el mole ya humeaba en la olla negra— se mezclaba con el perfume de jazmín de Mariana, que ahora olía más fuerte, más dulce, más *cercano*.
—¿Tienes tequila? —preguntó ella, sin mirarlo.
—Sí. En el gabinete, al fondo.
—¿Mejor?
—Mejor.
Ella se levantó, se acercó a la alacena, se inclinó —y Diego vio, con claridad absoluta, la curva de su culo, redondo, apretado, cubierto por la tela fina de la falda—, sacó la botella, la agitó frente a él como si fuera una copa de cristal.
—¿Me pones un vaso? —dijo—. No me lo bebo todo, solo un trago para el mole. Y otro… para ti.
—¿Y si me emborracho? —preguntó él, sirviendo el líquido dorado.
—¿Y si no te importa? —ella le tendió el vaso, los ojos brillantes—. Yo no soy de las que se acuestan con el primero que les pide tequila, *coyote*. Pero hoy… hoy me da por probar.
Diego bebió. El tequila quemó su garganta, pero no tanto como el calor que sintió cuando Mariana se sentó frente a él, en la mesa de madera, las rodillas separadas apenas, los codos apoyados, los labios entreabiertos.
—¿Sabes qué he notado estos meses? —dijo ella, jugueteando con el borde del vaso—. Que en este edificio vivimos diez familias. Treinta y dos personas. Y nadie se mira de verdad. Todos suben, bajan, cierran las puertas, ponen la tele… como si no hubiera nadie más. Como si no hubiera *deseo* en el aire.
—Y tú… ¿qué quieres? —preguntó él, con la voz más baja.
—Yo quiero… —ella se levantó, dio un paso hacia él, y se sentó en el borde de la mesa, frente a sus muslos—, quiero que me despiertes el cuerpo. No con palabras bonitas. Con manos. Con boca. Con eso que se llama *vergüenza*… pero que hoy me la quite por completo.
Diego no habló. Se puso de pie. La miró. Ella no bajó la vista. No sonrió. Solo lo miró, con esa seguridad que nace cuando sabes exactamente qué quieres y cuándo.
—¿Estás segura? —preguntó, por última vez.
—*Coño*, Diego… ya subí las escaleras, ya te pedí sal, ya te llamé *coyote*, ya me senté en tu mesa con los muslos abiertos un poquito… ¿cómo no voy a estar segura?
Él se inclinó. Le acarició la cara con la palma de la mano, lento, como si temiera que se desvaneciera. Mariana cerró los ojos, suspiró, y cuando volvió a abrirlos, lo atrajo hacia ella.
El beso fue primero suave, como un descuido. Luego más hondo, con la lengua buscando la suya, con el sabor a tequila y a humo y a algo que Diego no sabía nombrar, pero que reconoció como *suyo*. Ella se frotó contra él, y él sintió el calor de su centro a través de la tela de sus pantalones, el movimiento lento de caderas, de arriba abajo, como si ya lo hubiera estado esperando.
—Tú… —murmuró ella, separándose un poco— tienes las manos grandes.
—Y tú… —él le acarició el muslo con la palma, subiendo despacio, hasta el borde de la falda—… tienes las piernas perfectas para cerrármelas alrededor.
Mariana se levantó. Lo tomó de la mano y lo llevó al cuarto. No era un cuarto de huéspedes, era el suyo: una cama de dos plazas, sábanas grises, una manta de algodón desordenada, una lámpara de pie con pantalla negra que proyectaba sombras largas.
—Quítate la camisa —dijo ella, ya sentada en el borde de la cama, con las piernas cruzadas.
—¿Y tú?
—Ya.
Diego se la sacó. Ella lo miró como si lo estuviera leyendo, como si supiera que bajo esa piel morena y los músculos definidos por el gimnasio, había un tipo que se emocionaba con los gatos callejeros y con las novelas de ciencia fición viejas.
—Te gusta que te mire, ¿verdad? —ella preguntó.
—Sí.
—Entonces… mira tú también.
Ella se quitó la blusa. No con prisa. Con lentitud. Primero el botón del ombligo, luego los otros, y luego, con un movimiento suave, dejó que la tela resbalara por sus brazos y cayera al suelo. Tenía pechos pequeños, pero firmes, con pezonesrosados y brillantes bajo la luz tenue. El vientre plano, con una marca oscura justo arriba del vello púbico, y la cintura estrecha que se widen en las caderas, redondeadas, perfectas para agarrarlas y jalarlas hacia ti.
—Tú también, *coyote* —dijo ella—. Quita los pantalones.
Diego se desabrochó el cinturón, bajó la cremallera. Los pantalones y la ropa interior cayeron a los pies. Ella no se ruborizó. No se ruborizó nunca. Solo lo miró, y su mirada bajó hasta su verga, que ya se levantaba, tiesa, con el glande húmedo y oscuro, los cojones colgando pesados.
—*Coño* —susurró—. Estás bien grande.
—No es por presumir… —él se acercó, se sentó frente a ella, con las piernas abiertas—… es que te quiero coger *hasta que no puedas caminar*.
Mariana sonrió. Una sonrisa de gato satisfecho. Le agarró la verga con la mano, lo apretó suavemente, lo acarició desde la base hasta la punta, con el pulgar pasando por el glande, humedecido con su propia humedad.
—Tienes razón —dijo—. Te voy a dejar que me cogas. Pero no en la cama.
—¿Dónde, entonces?
Ella se puso de pie, lo tomó de la mano y lo condujo hasta el balcón. El cielo estaba pintado de naranja y morado. Las luces de la ciudad empezaban a encenderse. Y entre los maceteros con albahaca y la silla de tijera, Mariana se quitó la falda. Tenía el culito pelado, limpio, con los labios de la vagina bien cerrados, húmedos, listos.
—Aquí —dijo—. Sentado en la silla. Y tú… con la verga afuera.
Diego se sentó. Mariana se puso de cuclillas frente a él, le abrió las piernas con las manos, y se subió sobre sus muslos, con la verga frente a su entrada.
—Ahora… no me mires. Mira la ciudad.
Él obedeció. Vio las luces de Perisur, el semáforo parpadeante en Reforma, las nubes bajas que olían a lluvia. Y detrás de él, escuchó el susurro de la ropa de Mariana cayendo, el sonido de sus uñas rasgando la tela de su falda. Luego, el roce de su culo sobre su vientre, y la presión suave de su vagina contra la punta de su verga.
—Está mojada —dijo ella—. Toda para ti.
—*Coño*, Mariana… —murmuró él, empujando con la cadera—. Estás tan apretada…
—Más… —ella se bajó un poco más—. Más… *coño*, Diego… *chinga* me ya.
Él la agarró por las caderas. La subió. La bajó. Entró hasta la raíz. Ella soltó un grito ahogado, apretó los puños contra los barrotes del balcón, y cuando él la cogió de nuevo, con fuerza, con ganas, ella se movió con él, con ese ritmo antiguo, el de los animales que saben que están solos y que no les importa quién los vea.
Diego le mordió el hombro. Ella le chupó el cuello. El sol se puso del todo. Las luces de la ciudad parpadearon como estrellas temblorosas. Y entre el olor a jazmín y a humo, entre el calor de la noche y el roce de la piel, Mariana se corrió primero, con un grito que no intentó reprimir, con los ojos cerrados y la frente contra su hombro.
—¡Ah! ¡Ah! ¡*Chingado*! —gritó—. ¡Me la estás *chingando* bien fuerte!
Diego la siguió segundos después, empujando hasta el fondo, sintiendo cómo su cuerpo se convulsionaba, cómo la verga se le llenaba de calor y de pulso, cómo el semen le salía a chorros, como si nunca antes hubiera corrido.
Cuando todo terminó, se quedaron quietos. Mariana aún sentada sobre él, la cabeza apoyada en su pecho, la respiración pesada. Diego le acariciaba el pelo con una mano, con la otra le sostenía la cadera.
—¿Te duele? —preguntó él.
—No. —ella rio
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Escribo lo que pasa cuando se apaga la luz y quedan solo la piel y las palabras. Me obsesionan los detalles: un roce, un suspiro, lo que nadie dice en voz alta.