La primera vez con el nuevo vecino
7 minLa primera vez con el nuevo vecino
La lluvia suave de julio acariciaba los cristales del balcón mientras Mateo bajaba las escaleras de su nuevo departamente en el edificio Miraflores. Había mudado apenas dos días antes, tras una ruptura que lo dejó vacío, sin rumbo. El silencio de sus habitaciones anteriores parecía haberse filtrado en sus huesos, y aunque el lugar nuevo era moderno y luminoso, aún olía a pintura fresca y despedida.
Sonó un golpe leve en su puerta. Mateo abrió con una toalla al hombro, el cabello aún húmedo del baño, y se encontró con los ojos más verdes que había visto en mucho tiempo. Era su vecina del piso de arriba: Sofía, 28 años, de piel morena clara, cabello negro y ondulado hasta los hombros, y una sonrisa que siempre parecía contener una pregunta sin responder.
—Hola —dijo ella, sosteniendo una botella de vino tinto y dos vasos—. Te traigo esto como presentación. Y una disculpa: mi vecino de abajo es… bueno, tú ya sabes quién es.
Mateo sonrió, tímido aún. No había hablado con ella más allá de un par de saludos en el ascensor, pero algo en su forma de mirar —directa, cálida, sin pretensiones— lo hacía sentir que ya la conocía desde antes.
—Gracias —respondió, apartándose para dejarla entrar—. En serio. No tengo nada aquí… ni siquiera una botella abierta.
Sofía entró con naturalidad, como si ya hubiera estado en ese espacio antes. Se detuvo frente a la ventana abierta, dejando que el viento mojado moviera su cabello. Mateo notó cómo se le erizaban los brazos, no por frío, sino por la tensión que se había instalado en el aire desde que cruzó el umbral.
—¿Quieres que ponga algo de música? —preguntó, acercándose a la pequeña caja de sonido sobre la mesa.
—No —respondió ella con voz suave—. Prefiero escuchar la lluvia.
Él asintió. Se sentaron en el sofá, uno al extremo, el otro casi al centro, pero con las rodillas casi tocándose. El vino era un tempranillo afrutado, dulce en el paladar, y los vasos quedaron vacíos rápidamente. Hablaron de todo y de nada: del trabajo de Mateo en diseño gráfico, de cómo Sofía enseñaba pintura en un taller comunitario, de los perros que había en el parque de enfrente, de la forma en que el edificio resonaba cuando el viento soplaba fuerte.
Pero entre las palabras, algo más se tejía. Un silencio cargado. Una mirada que se extendía un segundo más de lo necesario. Una mano que rozaba accidentalmente la de la otra y se quedaba allí, sin retirarse.
—¿Te importa si me quito los zapatos? —preguntó Sofía, moviendo los pies dentro de las sandalias.
—Claro que no.
Ella los desató despacio, como si cada movimiento fuera parte de un ritual. Luego, con los pies descalzos, se acomodó mejor, cruzando las piernas. Mateo notó la curva de sus tobillos, la suavidad de sus pantorrillas. Notó también cómo su camiseta de algodón se levantaba un poco al estirarse, dejando al descubierto una línea delgada de piel que desaparecía bajo su jeans.
—Siento que ya te conozco —dijo ella, mirándolo directo.
—Yo también.
—Es raro, ¿no? —Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas—. Me di cuenta ayer, cuando pasé por tu puerta y escuché que ponías *In Rainbows*. Me acordé de que cuando teníamos dieciséis años, mi hermana y yo escuchábamos eso en su cuarto, y… no sé. Se me puso la piel de gallina.
Mateo sintió un nudo en el estómago, leve pero firme. No era solo el vino. Era el modo en que ella hablaba, sin miedo, sin fingir. Como si no le temiera a lo que pudiera sentir.
—¿Y qué pasó?
Ella lo miró, y esta vez no apartó la vista. Sus ojos se oscurecieron un poco, como si la luz del cuarto se hubiera vuelto más íntima.
—Me acordé de cómo era sentir algo antes de entenderlo.
Mateo respiró hondo. Se levantó. Caminó hasta la ventana, dejando que el aire frío le rozara la nuca. Sabía que si se giraba ahora, si la veía una vez más con esa mirada, ya no podría detenerse.
—Sofía —dijo, sin volverse—. No sé qué espero de esto. Pero… quiero saberlo.
Ella se puso de pie también. No corrió hacia él. No lo llamó. Solo avanzó, paso a paso, hasta quedar frente a él, con el viento jugando entre sus cabellos y sus manos aún a sus lados.
—Entonces demuéstrame que quieres —susurró.
Él la tomó de la cintura. La atrajo hacia sí con suavidad, sin prisa, como si temiera que el más mínimo movimiento brusco la hiciera desaparecer. Sus cuerpos se tocaron: pecho con pecho, abdomen con abdomen, pierna con pierna. Y cuando finalmente sus labios se encontraron, no fue un beso apasionado, sino una exploración lenta, tímida, hecha de respiraciones entrecortadas y dedos que se entrelazaban con ternura.
Sofía abrió los ojos un instante para mirarlo. Él le sonrió contra sus labios, y ella correspondió con una sonrisa que brilló como luz en la oscuridad.
—¿Estás bien? —preguntó él, voz ronca.
—Sí —respondió ella, llevando una mano a su mejilla—. Solo… no quiero que pase muy rápido.
Mateo asintió. La tomó de la mano y la condujo hacia el cuarto.
La habitación estaba ordenada, pero con detalles que contaban su historia: una guitarra en la esquina, una pila de libros en la mesita, una foto enmarcada de sus padres en la pared. En el centro, la cama, deshecha apenas, como si nadie la hubiera usado aún.
Él la ayudó a quitarse la camiseta. Sus dedos rozaron su espalda mientras el tejido se deslizaba por sus hombros, dejando al descubierto un sujetador de encaje negro, sencillo pero sugerente. Sofía no bajó los ojos. Lo miró fijamente mientras él desabrochaba cada uno de los tres ganchos que mantenían su sostén unido.
Los pechos de Sofía eran firmes, redondeados, con pezones que se erizaron al contacto con el aire fresco. Mateo los miró como si fueran la primera vez que veía algo tan natural y hermoso a la vez. Luego, con lentitud, inclinó la cabeza y besó uno, suavemente, con la lengua apenas rozándolo. Ella exhaló un suspiro, largo y profundo, y sus dedos se hundieron en su cabello.
—Dime si algo no te gusta —dijo ella, pero su voz temblaba.
—Me encanta todo.
Él la acostó con cuidado sobre la cama, y se sentó a su lado, deslizando sus dedos por el borde de su jeans. El cierre sonó como un trueno en el silencio. Bajó la cremallera, despacio, y luego empujó el tejido hacia abajo, dejando sus piernas al descubierto, los muslos suaves, las medias de malla negra con sus tachuelas diminutas.
—¿Te importa si me quito esto también? —preguntó ella, voz apenas un hilo.
—No. Quiero verte.
Ella se incorporó un poco, con él ayudándola, y se quitó los jeans y la collantina. Quedó completamente desnuda a su lado, sin vergüenza, sin esconderse. Sus pechos subían y bajaban con cada respiración. Sus muslos estaban ligeramente separados, como si ya lo estuviera esperando.
Mateo se quitó la camiseta, luego los pantalones. Quedó frente a ella, con su pene duro y ligeramente curvado, cubierto de vello oscuro y húmedo por el deseo.
Ella extendió la mano, lo tocó con suavidad, palmeando suave su vientre, luego su escroto, y finalmente envolviendo su pene con la mano entera. Se estremeció al sentirlo, firme y caliente.
—Estás tan bien —susurró.
—Tú me haces sentir así —respondió él, y la besó de nuevo, más profundo, más lento, mientras sus manos recorrían su cuerpo, acariciando sus caderas, sus costillas, el fondo de su espalda.
Se movió sobre ella, colocándose entre sus piernas. Con una rodilla, separó sus muslos, y con la punta de su pene, buscó su entrada. Sofía lo miró a los ojos mientras él se empujaba lentamente hacia adentro, rompiendo la fina barrera de su virginidad con una presión suave y constante.
Ella cerró los ojos, conteniendo un grito, pero no de dolor —de intensidad. Su cuerpo se adaptaba, se abría, se entregaba. Mateo se detuvo, respirando contra su cuello, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza bajo su piel.
—¿Estás bien? —repitió, pero esta vez con un tono distinto.
—Sí —respondió ella, abriendo los ojos para mir
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Escribo lo que pasa cuando se apaga la luz y quedan solo la piel y las palabras. Me obsesionan los detalles: un roce, un suspiro, lo que nadie dice en voz alta.