Lo que pasó en el taller de costura del vecino
7 minLo que pasó en el taller de costura del vecino
Eran casi las tres de la tarde cuando el sol le pegaba de lleno a la ventana del taller de costura del vecino, ese lugar donde todo el mundo pensaba que don Pedro —el hombre de setenta años, calvo, gafas de concha, dedos nudosos— solo arreglaba faldas y ajustaba pantalones. Pero Isabela, la vecina de enfrente, sabía algo más. Sabía que cuando la puerta cerraba detrás de ella y el timbre sonaba como un suspiro, don Pedro se quitaba las gafas con lentitud, como si desvelara una llave, y la miraba con esa calma que solo dan los deseos bien guardados y bien cultivados.
Isabela tenía treinta y cinco, piel morena brillante por el calor de julio, cabello rizado hasta la cintura, y una cintura que aún recordaba cómo había encorsetado en su juventud para bailar cumbia. Llevaba un vestido ajustado, de algodón estampado, con una manga corta y una abertura en la cadera que dejaba entrever una pierna que, aunque ya no corría maratones, sabía sostenerse con fuerza y gracia. Había ido a recoger un traje para su boda de plata, pero el traje seguía en la caja de cartón en el suelo, sin abrir.
—¿Le molesta si me pongo cómoda, don Pedro? —preguntó ella, desabrochando el primer botón del cuello—. El calor me está deshaciendo.
Él no respondió con palabras. Solo asintió, se levantó con lentitud, y fue hasta la neverita que tenía tras el mostrador. Sacó dos vasos de plástico y una botella de guayaba con hielo hecho en casa. Le sirvió hasta que el vaso tembló, y se lo entregó con una sonrisa que le arrugó las mejillas como hojas viejas al sol.
—Usted sí que es fuego, Isabela —dijo—, y yo ya estaba medio apagado.
Ella bebió un trago lento, dejó el vaso en la mesa, y se acercó al hombro del hombre. Le tocó la muñeca con los dedos, no con cohibación, sino con una certeza que lo hizo estremecer.
—¿Y si ya no es medio apagado?
Don Pedro dejó caer las tijeras que tenía en la mano. No eran sus tijeras de costura, sino unas más pequeñas, de uñas, que guardaba en el cajón de los hilos dorados. Se acercó a ella, con las manos temblando, pero con una intención clara. Le pasó los dedos por la nuca, rozó su oreja con la yema de los pulgares, y luego bajó hasta su cuello, donde la piel estaba más sensible. Isabela cerró los ojos, inclinó la cabeza, y dejó que él la tomara por la cintura, jalándola hacia su pecho.
—Usted sabe que yo no soy de esos que se lanza a lo primero que brilla —dijo él, voz más baja, más grave—. Pero desde que vino a preguntar por el ajuste de esa falda azul, hace tres semanas, tengo sueños que no puedo contar ni con mi rosario.
Isabela rió, un ruido suave, que salía del vientre y no de la garganta. Se puso de puntillas, le besó la barba gris con los labios apenas abiertos, y le susurró al oído:
—Pues hoy no es un día cualquiera, don Pedro. Hoy el sol está de lado, el traje sigue en la caja, y yo no tengo prisa.
Él la tomó por la barbilla, la obligó a mirarlo. Sus ojos, detrás de las gafas empañadas por la respiración acelerada, brillaban como dos monedas nueva.
—Entonces… ¿me deja hacerle un ajuste?
—Más que un ajuste —dijo ella, y se desabrochó el segundo botón—. Un remake completo.
Fue entonces cuando él la llevó hasta el sofá de terciopelo rojo, ese que nadie sentaba nunca, ese que solo usaba para las sesiones especiales de medición. Se sentó, le indicó que se acomodara sobre sus piernas, como si fuera una modelista de moda. Isabela se sentó con cuidado, con la espalda recta, las manos apoyadas en sus hombros, y lo miró a los ojos mientras él se quitaba las gafas.
—¿Sabe qué me gusta de usted, don Pedro? —preguntó ella, pasándole una uña por la mandíbula—. Que no me mira como si fueran mis pechos o mi culo. Me mira como si me estuviera leyendo, como si supiera que hay más aquí dentro de lo que se ve.
Él le sonrió, y por primera vez, en esos ojos no había solo deseo, sino admiración.
—Usted es un libro con páginas doradas, Isabela. Y yo he estado tanto tiempo leyendo solo los títulos…
Y cuando la besó, no fue con urgencia de chico joven, sino con la paciencia de quien ha saboreado el silencio tanto que ahora quiere llenarlo con cada latido. Le pasó las manos por la espalda baja, la subió un poco para que sus muslos encajaran mejor en los suyos, y entonces le rozó el interior de los muslos con los pulgares, despacio, como quien prueba un hilo antes de coser.
Isabela sintió un calor que no venía del sol, sino de dentro, de su vientre, de su centro. Se inclinó, le mordisqueó el labio inferior, y luego lo abrió con su lengua, dejando que él entrara, con su boca lenta, con su sabor a café y a guayaba. Él gimió, un sonido bajo, casi un gruñido de hombre que ya no creía sentir eso, y la apretó más contra sí, haciendo sentir claramente el bulto que se formaba en sus pantalones.
—¿Siente eso? —le preguntó ella, risueña, pero sin burla—. Parece que su corazón ya firmó el permiso.
—Mi corazón ya está cosido en su piel —respondió él, y le quitó la camiseta con una sola mano, sin romper el beso.
Los pechos de Isabela salieron suaves, redondos, con pezones que ya se habían endurecido al primer roce de sus dedos. Él los miró como quien descubre un cuadro que creía perdido, y luego bajó la cabeza, tomó uno entre sus labios, y empezó a chuparlo con una ternura que la hizo arquear la espalda.
—Dios mío… —susurró ella—. Ya hacía años que nadie me hacía eso con calma.
—Entonces lo haré lento, hasta que se me acabe el aliento —dijo él, y soltó el pecho para pasarle la lengua por el ombligo, luego por el borde de su falda.
Isabela se levantó un poco, se quitó la falda y el sujetador, y quedó sentada sobre sus piernas, completamente desnuda, con la entrepierna húmeda y lista. Él no se apresuró. Se quitó la camisa, dejando al descubierto un pecho cubierto de vello gris, pero firme, y luego se desabrochó el cinturón. Sacó su pito, ya medio duro, grueso, con la punta ligeramente roja, como una fruta madura.
—No es como antes… —dijo él, avergonzado.
—Es más rico que antes —le cortó ella, y lo tomó con la mano, acariciándolo de abajo hacia arriba—. Porque ya no se esconde.
Isabela se inclinó, lo besó en la punta, y luego lo chupó con suavidad, como si lo saboreara. Él gritó, una vez, corto, y luego se aferró al borde del sofá, con los nudillos blancos. Ella lo tomó con más fuerza, lo movió con un ritmo que le recordó a la base de una máquina de coser antigua: suave, constante, imparable.
—¿Sabe qué me gustaría? —dijo ella, levantándose—. Que me lo ponga adentro, lento, y que me mames mientras me meneo.
Él la miró como si fuera un milagro. Asintió, y ella se acomodó encima de él, con las manos en sus hombros, y bajó poco a poco hasta que lo sintió hasta lo más hondo. Gimió, largamente, como si llevase años esperando eso.
—Ahhh… sí, así… —dijo ella, empezando a moverse, con las caderas dando pequeños círculos, con los pechos rebotando suavemente—. Mámame el cuello, don Pedro… que me vaya a perder en su boca.
Y él lo hizo: mordisqueó su cuello, chupó sus orejas, la miró a los ojos mientras ella se corrió con un grito que sonó como una canción antigua, como una cumbia que nadie había escuchado antes.
Cuando ella bajó, él la tomó por la cintura, la giró, y la puso boca abajo sobre su regazo, con el culo hacia arriba, rojo y tierno. Le separó las nalgas con las manos, le rozó el ano con la punta del pito, y luego lo empujó suavemente, sin forzar, hasta que entró en su entrada. Ella soltó un gemido hondo, como si hubiera estado esperando eso también.
—Está tan bien… —dijo ella, moviendo las caderas hacia atrás—. Páseme la lengua por ahí, don Pedro… que le haga un doble remate.
Y él lo
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Calor de trópico, ritmo en las caderas, piel que no se está quieta. Escribo el deseo con sabor a Caribe.