Lo que pasó en el bar de la esquina
7 minLo que pasó en el bar de la esquina
Yo era veintitrés, con una piel que aún no sabía que se marchitaría, y un cuerpo que parecía hecho para ser admirado, no para ser dominado. Él tenía cincuenta y dos, y cuando entró al bar esa noche, con su camisa de manga corta bien planchada y los puños ligeramente desgastados por el tiempo, sentí que el aire se volvía más denso. No fue por su físico, que era regular: pelo canoso recortado, cintura ya marcada por las comidas y las horas, pero sí por la forma en que se movía. Con una lentitud que no era de ancianos, sino de hombres que han aprendido a no apresurarse —ni para beber, ni para hablar, ni para mirar.
Me llamó la atención desde el primer momento porque no me miró como si yo fuera un objeto. Me miró como si me estuviera leyendo. Como si ya supiera algo de mí que yo aún no había descubierto. Me senté sola en el mostrador, ordenando una cervera con limón, y cuando el barman le preguntó qué would take, él dijo con voz baja, clara, sin prisas: “Un mezcali, bien frío. Y si tienes alguna carta de whiskies que no esté en la etiqueta, mándame una copa también”.
No era raro ver hombres maduros en el bar de la esquina —era un lugar donde iban los vecinos, los viejos amigos de la universidad, los que aún se acordaban del sabor del tequila de antes—, pero él tenía algo distinto. Una calma que parecía peligrosa. Como si estuviera a punto de hacer algo que no esperabas, pero que igual ibas a dejar que pasara.
Me llamó la atención que no bebió de inmediato. Se giró hacia mí con una sonrisa mínima, apenas un movimiento de labios, y dijo: —¿Tú también vienes sola?
Asentí. No sabía por qué le creí, pero lo hice. —A veces —dije—. Pero hoy no esperaba más que un respiro.
—¿Y qué tal si el respiro tiene un poco más de sabor?
Me miró fijamente. No con atrevimiento, sino con curiosidad. Como si de verdad quisiera saber si yo estaba dispuesta, no si yo *podía*. Eso es lo que me volvió loca.
Me llamó “chiquilla” una vez, solo una, y no sonó con desprecio ni con condescendencia, sino con complicidad. Como si ya hubiera estado en mi piel, al menos una vez, y recordara cómo se sentía el calor de los veinte años sin haberlo perdido del todo.
—¿Cuántos años tienes? —me preguntó de pronto, cuando ya habíamos compartido dos copas cada uno y el bar se vaciaba lentamente.
—Veintitrés. ¿Y tú?
—Cincuenta y dos. —sonrió—. ¿Te asusta?
—No. —Y era cierto. Me daba igual. Me gustaba que me preguntara. Me gustaba que no asumiera nada.
—Entonces, chiquilla —dijo, acercándose un poco más—, ¿qué te gustaría hacer antes de irte de aquí?
No respondí enseguida. Lo miré a los ojos, y por primera vez sentí que alguien me veía de verdad: no solo mi cara, no solo mi cuerpo, sino la mujer que estaba aprendiendo a ser, con sus miedos, sus ganas, sus silencios.
—¿Tienes un lugar donde ir? —preguntó él.
—Sí. Cerca.
—¿Quieres que te acompañe? —No era una orden. Era una invitación.
—Sí —dije, y eso fue todo lo que necesitó.
Subimos en su camioneta vieja, blanca, con el asiento del conductor un poco desgastado por el uso. No tocó mi mano, no me acarició la rodilla, ni me susurró nada al oído. Solo condujo con cuidado, como si supiera que cada curva podía ser una metáfora, y no quería arruinar la historia.
Cuando llegamos a su casa, era una casita sencilla, con paredes claras y un jardín pequeño donde crecían limoneros. Me hizo entrar, y no fue hasta que cerró la puerta que me di cuenta de que estaba temblando. No de miedo. De anticipación.
—¿Tienes miedo? —me preguntó, esta vez sin sonrisa.
—No. —Y era cierto.
Se quitó la camisa lentamente. No para tentarme, sino como si fuera parte de un ritual. Dejó caer la tela sobre una silla, y allí estaban sus brazos, gruesos ya, pero fuertes, con venas que subían como ríos antiguos. Su pecho, con vello grisáceo, pero bien cuidado. Su vientre, un poco redondeado, pero sin flacidez. No era un cuerpo de joven, era un cuerpo de hombre que había vivido, que había amado, que había sufrido y reído. Y quería que lo mirara, no con lástima, sino con respeto.
—¿Te gusto así? —preguntó, y yo noté que su voz temblaba.
—Sí —dije, y me acerqué.
Lo toqué con las manos primero, como si fuera un libro que nunca había leído. Sus brazos, sus hombros, su cuello. Luego, con los labios, le besé el esternón, y él soltó un suspiro que parecía antiguo, como si lo hubiera guardado durante años.
—Eres valiente —dijo.
—No —le corregí—. Solo sé lo que quiero.
Me levantó con facilidad, como si yo fuera un peso ligero, y me llevó al cuarto. La cama era sencilla, con sábanas blancas, sin excesos. Me sentó sobre ella, y se arrodilló entre mis piernas. No se apresuró. Me desabotonó el blusón con lentitud, dejando al descubierto mi sostén de encaje negro. Me miró, y en sus ojos no había lujuria, sino admiración.
—Tus pechos están como maduros —dijo—. Redondos, firmes… como las naranjas que se cuelgan de los árboles al final del verano.
Me desnudó con cuidado, y cuando me quedé sola con mi ropa interior, me dijo: —Mira, chiquilla. Yo no soy un chico que corre tras lo que quiere. Soy un hombre que espera lo que vale la pena. Y tú, hoy, eres lo que vale la pena.
Me quitó el sostén, y cuando mis pechos quedaron al aire, me incliné hacia adelante, y él me tomó uno en cada mano, con una fuerza suave pero segura. Me dio un beso en el pecho, y luego pasó la lengua por el pezón, con un sabor a sal y a tiempo.
—¿Estás mojada? —me preguntó, sin vergüenza, sin crudeza.
—Sí —admití.
—Entonces, ¿por qué no lo demostramos?
Se quitó los pantalones, y allí estaba su verga, gruesa, larga, ya semi-erecta. No la toqué al principio. Solo la miré, y luego le dije: —¿Me la quieres meter?
—Sí —dijo—. Pero primero voy a lamerla de verdad.
Se inclinó, y cuando sus labios rozaron mi entrepierna, sentí que el mundo se detenía. Me abrió las piernas con las manos, y me lamió como si fuera un tesoro descubierto. Me chupó el clítoris con suavidad, y luego con más fuerza, hasta que sentí que me arqueaba, que gritaba su nombre sin saberlo.
—¿Me lo das? —me preguntó, poniéndose de pie.
—Sí —dije.
Se lubricó con mi agua, y cuando se metió en mí, lo hizo despacio. Primero la punta, luego otro centímetro, y otro, hasta que por fin se hundió todo. Me llenó hasta la raíz, y sentí que me expandía, que me crecía desde adentro.
—Eres apretada… —murmuró—. Como si nunca te hubieran cogido antes.
—Me han cogido —le dije—. Pero nadie me ha llenado así.
Me agarró de las caderas, y empezó a moverse. No rápido, pero con profundidad. Cada empuje lo hacía con intención, como si me estuviera contando una historia que solo nosotros conocíamos.
—Tú eres lo que me faltaba —dijo.
—No soy de aquí —le respondí—. Soy de un mundo que tú ya no recuerdas.
—Entonces enséñame —dijo—. Que yo te enseño lo que tú ya sabes.
Y así fue. Cogimos con calma, con respeto, con pasión que no gritaba, pero que se sentía en cada suspiro, en cada grito ahogado, en cada vez que él me decía “mi chiquilla” y yo le decía “maestro”, como si fuera una palabra sagrada.
Cuando vine, fue con una fuerza inesperada. Me temblaron las piernas, me arqueé como un arco, y él me sostuvo, me abrazó con fuerza, y me dijo: —Eres mía ahora. Al menos por esta noche.
—No soy de nadie —le respondí.
—Sí lo eres. Porque yo te vi, y te elegí.
Y me besó entonces, con una ternura que me hizo llorar. No de tristeza. De reconocimiento.
Al despertar, él ya estaba en
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Seduzco con palabras antes que con manos. Lo lento, lo verbal, esa tensión que se construye frase a frase hasta que ya no aguantas.