Lo que pasó con las botas de cuero
Era viernes, y Renata ya tenía los tacones puestos cuando sonó el timbre. No era su novio. No era su mamá. No era ni siquiera el repartidor de tacos que se había olvidado de dejarle el chile verde. Era él. El de las botas.
Se llamaba Mateo. Vivo, de ojos claros, barba recién afeitada y un par de botas de cuero negro que le llegaban hasta la mitad del muslo. Las llevaba siempre. Incluso en verano. Incluso cuando llovía. Renata lo había visto por primera vez en el supermercado, comprando leche y pan, con esas botas mojadas y el paraguas en la otra mano, como si fueran parte de su cuerpo. Ella lo observó desde el pasillo de las galletas, sin atreverse a moverse. No por timidez. Por curiosidad. Por algo más profundo: un deseo que no sabía cómo nombrar.
Cuatro semanas después, él la encontró en el elevador. Se le acercó con una sonrisa que no era de cortesía, sino de desafío.
—Tú eres la de las uñas rojas, ¿verdad?
Renata bajó la mirada a sus dedos. Efectivamente, llevaba esmalte sangre de cactus. Asintió.
—Y tú eres el de las botas que no se quitan ni para dormir.
Él rio, bajo, como si fuera un secreto entre ellos.
—Me las puse el día que mi papá me dijo que si no dejaba de vestir como un punk, no me iba a dejar la herencia.
—¿Y qué hiciste?
—Me las puse de nuevo. Y nunca me las quité.
Ella se sonrojó. No por lo que dijo, sino por cómo lo dijo. Con esa voz de barítono que le hacía temblar el estómago.
Esa noche, él volvió. No con flores, no con vino. Con un paquete envuelto en papel kraft.
—Es para ti —dijo, sin mirarla a los ojos.
Ella lo abrió. Dentro, unas botas. Negras. De cuero. Con tacón de cinco centímetros y cierre lateral. Exactamente como las suyas.
—No puedo aceptar esto —dijo ella, pero ya tenía las manos sobre el cuero, sintiendo la textura, la frescura, el olor a cuero nuevo y a él.
—Claro que sí —respondió él, acercándose hasta que su aliento le rozó el cuello—. Porque no son botas. Son una invitación.
Renata no habló. Se quitó los zapatos. Se sentó en el sofá. Lo miró. Él se arrodilló. No con reverencia. Con intención.
—¿Quieres que te las ponga?
Ella asintió, sin voz.
Él le deslizó el calcetín con cuidado, como si fuera un regalo que se desempaca con devoción. Luego, con las manos firmes, le abrió el cierre de la bota. El cuero se deslizó como piel de serpiente, lento, húmedo, caliente. Ella contuvo la respiración. Él le pasó la mano por el empeine, por el arco, por el talón. Cada toque era un beso. Cada presión, una promesa.
Cuando la bota quedó puesta, él levantó la vista. Sus ojos estaban oscuros. No de deseo. De posesión.
—Ahora tú me dices qué hacer.
Renata no lo pensó. Se levantó. Se acercó. Le quitó la camisa. Le desabrochó los pantalones. Y, sin decir palabra, le bajó los pantalones y la ropa interior juntos. Su verga, larga y tiesa, se reveló como un acto de guerra. Ella la tomó con la mano, sin apretar. Solo con el peso de la palma.
—¿Quieres que te chupe?
Él asintió.
Ella se arrodilló. Le chupó la punta. Lento. Profundo. Hasta que él gimió, bajó la cabeza y le dijo:
—No. Quiero que me cagues con las botas puestas.
Renata levantó la vista. Lo miró. Sonrió.
—¿Tú crees que puedo?
—Sí —dijo él, y la tiró hacia atrás, sobre el sofá—. Porque tú no eres una mujer. Eres una fijación.
Ella se subió las botas hasta el muslo, como si fueran su armadura. Se sentó sobre él, con la verga ya húmeda y lista. Lo miró a los ojos mientras bajaba. Lento. Hasta que lo sintió dentro. Hasta que lo llenó. Hasta que se movió.
No fue sexo. Fue ritual.
Cada bajada era un suspiro. Cada subida, un juramento. Las botas hacían ruido contra el cuero del sofá. Ella gemía con la boca abierta, sin vergüenza. Él le sujetaba las caderas, con los dedos hundidos en la carne, como si no quisiera que se escapara.
—Estás chingando con las botas —murmuró él, con la voz rota.
—Sí —respondió ella, y se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en su pecho—. Y tú me dejas.
Él le mordió el cuello. Le chupó la clavícula. Le mordió el pecho. Ella se deshizo en él. Se deshizo en las botas. Se deshizo en el cuero, en el sudor, en la piel.
Cuando vino, fue como una tormenta. No gritó. Solo soltó un susurro: “Ya me la clavaste, joto”.
Él se corrió dentro de ella, fuerte, profundo, como si fuera la primera y la última vez.
Se quedaron así, pegados, sudados, con las botas todavía puestas, con el cuero pegado a su piel. Él le acarició el cabello.
—¿Te gustó?
—Sí —dijo ella, sin moverse—. Pero mañana te traigo un par de tacones de cristal. Y tú me traes un par de esposas.
Él rio, bajo, como siempre.
—Te las voy a poner cuando te agarre del pelo.
—Hazlo.
Y así, con las botas aún puestas y el cuero oliendo a sexo, Renata supo que no se las iba a quitar nunca. No porque fueran moda. Porque eran su culpa. Su pecado. Su adicción.
Y él, el de las botas, era su veneno más dulce.
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