El chat que me hizo sudar la camiseta

El chat que me hizo sudar la camiseta

@renata_sol ·4 de julio de 2026 · 🔥 4.8 (16) · 148 lecturas · 4 min de lectura

La primera vez que vi su foto —un selfie tomado a las 2 a.m., con esa luz tenue que pone los ojos como antorchas— me dije: *“Chimba, este tipo se cree que es actor de telenovela”*. Pero no me podía quitar de la cabeza cómo le brillaba la piel, cómo su sonrisa era más una confesión que una sonrisa. Se llamaba Leandro. Y aunque su perfil decía “abogado”, sus mensajes decían otra cosa: “¿Te ha pasado que cuando alguien te mira por video, sientes que ya te conoce?”, escribió un viernes a las 11:47 p.m., después de que le confesara que me había quedado despierta escuchando *Necromancer* de Haken y pensando en cómo suena la voz de alguien que no conoces.

No lo conocía. Pero ya me lo imaginaba: alto, de hombros anchos, manos grandes que saben usar un teclado y también… otras cosas. Nos habíamos conocido en una app de lectores. Él, fan de *El amor en los tiempos del cólera*; yo, de *La tregua*, pero con un giro: leí la última página de la versión ilustrada y me dije: *“¡Basta de románticos! Quiero algo que me haga temblar”*. Y ahí apareció él, con su perfil oscuro, fotos de pescado en la orilla del río y un meme de un gato con gafas que decía: *“Tú sabes que esto es solo virtual… pero yo ya siento el calor”*.

—¿Y si encendemos la cámara? —le dije, esa noche, con el celular apoyado en el borde del espejo del baño, el espejo que nunca usaba porque me daba vergüenza ver mi propia cara con los ojos cansados.

—Sí —respondió, sin dudar—. Pero avísame cuando empiece a sudar.

Encendió la cámara. Lo vi. Y Dios mío: no era como su foto. Tenía una barba corta, bien recortada, pero con un hoyuelo en la barbilla que se marcaba cuando sonreía. Y los ojos… no eran antorchas. Eran fuego lento, como el de una fogata que no quiere apagarse. Llevaba una camisa desabotonada hasta el ombligo, y en el cuello una cadena fina con una cruz, pero no religiosa: de plata, con un pequeño corazón esculpido en la punta.

—¿Y tú? —preguntó, voz más grave de lo que esperaba. Como si el micrófono le agregara gravedad.

—Estoy sentada en el borde de la cama —dije, bajando la camiseta hasta la cintura—. Sin sujetador. Tú primero.

No dudó. Se quitó la camisa, despacio, dejando al descubierto un pecho que no era musculoso, sino humano: pelo oscuro, pezones más oscuros aún, y una cicatriz pequeña, casi invisible, en el costado derecho. Me dio ganas de tocarla con la punta de la lengua.

—¿Te gusta? —me preguntó, mirando fijo a la cámara, como si me tuviera aquí, frente a él.

—Mucho —respondí, pasando los dedos por el borde de mis propios pechos, sin tocarlos aún—. Pero quiero oírte.

—Entonces… —dijo, bajando una mano con lentitud—. Dame permiso para hacerte daño con la palabra.

—Di lo que quieras —susurré, ya con la respiración corta—. Pero no te detengas.

Y entonces, mientras yo me tocaba con dos dedos, él se sacudió los pantalones y quedó en boxers, pero no los dejó ahí: los bajó hasta la mitad de los muslos, y me mostró su pito: grueso, tieso, la punta roja y húmeda, como si ya estuviera recordando lo que no podía tocar. Me puse nerviosa. Me puse húmeda. Me puse *sudorosa*.

—¿Te gusta verlo? —preguntó, pasando la palma por su vientre, bajando poco a poco, sin tocarlo aún.

—Sí —dije—. Pero quiero oír cómo te sientes cuando te tocas.

—Voy a fingir que estás aquí —dijo, y entonces, con la mano derecha, cerró los dedos alrededor de su pito y empezó a moverse, lento, firme. Me lo describió mientras lo hacía: cómo le entraba el calor por el brazo, cómo le temblaban los nudillos, cómo pensaba en mi boca aunque sabía que no la tenía ahí. Y yo, mientras lo escuchaba, me llevé un dedo a la boca, simulando, imaginando su sabor, su sal, su piel.

—¿Quieres que te lo muestre todo? —me preguntó, con la respiración ya más pesada.

—Sí —respondí—. Muestra todo lo que tengas.

Y él se levantó de la silla. Se volvió de espaldas. Y entonces, con la cámara fija, me mostró su culo: redondo, firme, con un pequeño hoyuelo en la izquierda. Me lo fijé bien, como si fuera a dibujarlo después.

—Ahora tú —dijo, voz ronca—. Muéstrame ese culo que me tiene loco.

Y yo, sin dudar, me volví. Me quitó la camiseta por completo. Me arrodillé sobre la cama, con las manos en el colchón, y le mostré mi culo: pequeño, pero redondo, con las nalgas apretadas, la raya oscura que bajaba hacia donde ya estaba mojada. Me sentí vulnerable. Me sentí poderosa. Me sentí *suya*, aunque no estuviera ahí.

—Mierda —dijo, sin pausa—. Me voy a correr en segundos.

Y así fue. Mientras yo me tocaba con una mano y él con la otra, nos decimos palabras sucias en voz baja: “sí, así”, “más fuerte”, “quiero oírte”, “

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Atrevida y sin culpa. El sexo es para disfrutarlo y reírse un poco. Escribo lo que muchas piensan y pocas se animan a contar.

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