El baño de la vecina
5 minEl baño de la vecina
Era viernes y la cerveza se le había acabado a Renato antes de las ocho. No le quedaba más que bajar a la tiendita de la esquina, pero al pasar frente al departamento 3B, oyó el chasquido seco de una puerta cerrándose con fuerza. Y luego —no podía estar equivocado— el sonido de un cuerpo cayendo sobre una alfombra gruesa, seguido de un suspiro largo, ahogado, como si alguien se estuviera mordiendo el labio para no gritar.
Renato se detuvo. No era raro oír cosas en ese edificio viejo de Condesa; los muros eran delgados como papel de arroz, y las parejas tenían costumbres raras. Pero ese sonido… ese no era de peleas ni de televisor. Era de alguien que se estaba follando con toda la intensidad de un trueno en julio.
Se quedó quieto. La puerta de 3B estaba entreabierta. Una tira de luz amarilla se colaba por el hueco, iluminando un par de sandalias de cuero negro tiradas en el piso, y una toalla húmeda que colgaba del tirador de la puerta del baño.
Renato no era espía. Pero sí era hombre. Y el calor de la noche, la cerveza que no había tomado, y ese sonido… le clavaron los pies al suelo.
La puerta se abrió un poco más. Una voz femenina, rasposa, casi un jadeo, dijo: —¡Joder, no te detengas ahora, cabrón! Y luego, un sonido húmedo, profundo, repetido. Como si alguien le estuviera chupando la verga a otro con la misma dedicación con que se chupa un elote en el mercado.
Renato tragó saliva. No podía irse. No podía quedarse. Pero su cuerpo ya había tomado la decisión.
Entonces, la puerta se abrió del todo. Y salió ella.
Luz.
Era la vecina del tercero. La que siempre andaba en shorts cortos, con camisetas que le marcaban los pechos como si fueran pintados. La que le decía “hola, guapo” cada vez que la veía en el elevador. La que nunca le devolvía la mirada… hasta ahora.
Luz llevaba puesta solo una camisa blanca, abierta, sin sujetador. Los pechos, redondos, oscuros en los pezones, se balanceaban con cada paso. Su piel brillaba por el sudor. Tenía el cabello mojado, suelto, como si acabara de salir de la ducha. Pero no. No había ducha. Había sido el baño. Y el baño estaba lleno de humo de sexo.
—¿Te quedaste para ver si te invito? —preguntó, sin detenerse, sin avergonzarse, con una sonrisa que le partía la cara.
Renato no respondió. Solo asintió. Su verga ya le apretaba los pantalones como un perro que quiere salir a correr.
Ella lo tomó de la muñeca. No con fuerza. Con intención. Lo arrastró hasta el baño.
La puerta se cerró. El aire olía a sal, a jazmín y a semen seco. La bañera estaba llena de agua tibia, y en el suelo, una botella de aceite de oliva, medio vacía. Y sobre la tapa del inodoro, una verga grande, negra, hinchada, con gotas que aún caían.
—¿Ves esto? —dijo Luz, agachándose, tomando la verga con la mano y llevándosela a la boca. La chupó lento, como si fuera una paleta de mango. Luego, sin soltarla, miró a Renato—. Es de mi novio. Se fue hace dos horas. Pero se dejó esto… y yo no lo voy a dejar enfriar.
Renato no dijo nada. Se desabrochó los pantalones. Su verga saltó como un resorte. Grande, tiesa, con las venas marcadas como raíces.
Luz lo miró, lo recorrió con la mirada, y sonrió.
—Te la voy a chupar… pero no como él. Y se arrodilló.
No fue un beso. Fue un acto de guerra. Su boca lo engulló entero. La lengua le recorrió el glande, lo lamía como si fuera la primera vez que probaba algo dulce. Luego, con los labios sellados alrededor de su eje, lo bajó hasta la base, lo subió, lo bajó, lo subió… hasta que Renato sintió que sus piernas se le iban de debajo.
—¡Joder, Luz…! —gritó, pero ella no se detuvo. Lo tomó con ambas manos, lo metió más, lo succionó con esa hambre de quien no ha tocado un pene en meses y ya no puede esperar.
Cuando él creyó que iba a correrse, ella se levantó, lo empujó contra la pared, y se sentó sobre su verga.
No fue un movimiento suave. Fue una caída. Una entrega. Un grito ahogado que le salió de la garganta cuando su vagina lo engulló entero.
—¡Mierda, qué bien me entra! —dijo, moviendo las caderas con una lentitud que lo volvía loco. Sus pechos se balanceaban, sudados, con los pezones duros como canicas. Sus ojos, cerrados, como si estuviera orando.
Renato la sujetó por las caderas, la levantó un poco, y la bajó con más fuerza. Ella gritó. No de dolor. De placer. De pura, desvergonzada, mexicana alegría.
—¡Sí, así! ¡No te detengas, mijo! ¡Me estás clavando el alma!
Él la besó. No en los labios. En el cuello. En la clavícula. En el pecho. Le mordió un pezón y ella gimió como una gata en celo.
Las nalgas de Luz se movían como dos pétalos de flor en el viento. Su cuerpo se arqueaba, se contraía, se deshacía sobre él. Él la empujaba, ella lo recibía, y el agua de la bañera se movía con cada embestida.
—¡Voy a correrme! —dijo ella, con los ojos abiertos de pronto, como si acabara de recordar que existía.
—¡Hazlo! —gritó él—. ¡Cógeme el culo, mamacita!
Y entonces, ella se desplomó sobre su pecho, con un grito largo, quebrado, como si estuviera llorando de placer. Su vagina se contrajo como un puño apretado, y él sintió cómo su semen salía en chorros, caliente, denso, como un río que finalmente encuentra su cauce.
Se quedaron así, pegados, sudados, jadeando. Luz levantó la cabeza, sonrió, y le besó la frente.
—Gracias, guapo. —¿Por qué? —preguntó él, aún sin recuperar el aliento. —Porque me hiciste olvidar que mi novio se fue. —Y por qué no lo llamas? —Porque mañana lo voy a coger con otra verga. Renato rio. —¿Y qué pasa con la mía? Ella se levantó, tomó la toalla, y se la pasó por el cuerpo. —La guardo. Por si acaso. Y salió del baño. Renato se quedó. Con la verga aún dura. Con el sabor de ella en la lengua. Y con la puerta de su departamento, a cinco metros, abierta. Porque ahora, ya no tenía excusa para no bajar a la tiendita. Ya tenía cerveza. Y también, una historia.
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Atrevida y sin culpa. El sexo es para disfrutarlo y reírse un poco. Escribo lo que muchas piensan y pocas se animan a contar.