La primera vez que toqué su cuerpo
8 minLa primera vez que toqué su cuerpo
La puerta del elevador se abrió con un suave susurro metálico y Camila salió al piso once con el corazón latiendo con fuerza. No era la primera vez que iba allí, pero sí la primera vez que iba sola. Había aceptado la cita por mensaje, sin dudar ni un segundo, cuando él le dijo que la esperaba en su apartamento. Le había gustado desde el primer momento: alto, de hombros anchos, cabello canoso peinado hacia atrás, ojos oscuros que parecían ver más de lo que decía, y una voz grave que le hacía temblar la piel cuando le hablaba al oído. Tenía cuarenta y siete años. Ella, veintiséis.
Se llamaba Daniel. Le había enviado fotos suyas: en la cocina, preparando café; en el balcón, con el sol de la tarde marcándole las líneas de la cara; sentado en el sofá, con los músculos de los brazos marcados por el ejercicio constante. Nada de posear, nada de fingir. Él no necesitaba impresionar. Y eso lo hacía más peligroso. Más deseable.
—Camila —dijo él cuando abrió la puerta, sin sonar sorprendido, como si ya la hubiera estado esperando toda la noche.
Llevaba una camisa de algodón abierta sobre un torso peludo, sin camiseta debajo. Los pantalones eran oscuros, holgados, pero ella ya sabía que bajo ellos debía tener un cuerpo firme, entrenado por años de disciplina. No era un chico de gimnasio, sino un hombre que había luchado por mantenerse así: con esfuerzo, con tiempo, con conciencia de que su cuerpo era parte de su identidad, no de su vanidad.
—Daniel —respondió ella, con una sonrisa que no lograba ocultar el nerviosismo.
Él no sonrió. Solo la miró, con una atención que la hizo sentir desnuda antes de haber hecho nada. La tomó del brazo con suavidad, pero con firmeza, y la condujo al interior del apartamento. El aire olía a madera vieja, tabaco dulce y algo más, algo que no logró identificar pero que le hizo erizar la piel.
—Siéntate —dijo él, indicándole una butaca frente a una chimenea apagada.
Ella se sentó, cruzando las piernas instintivamente. Llevaba un vestido corto negro, ajustado en la cintura, que dejaba ver sus muslos tersos, suaves, sin marcas ni estrías. Era joven, sí, y lo sabía. Pero no sentía orgullo, ni coquetería. Solo expectación. Él se acercó lentamente, se sentó en el sofá contiguo, y la observó con calma.
—Me gustas —dijo, sin rodeos.
Ella asintió.
—Yo también te gusto —respondió, con la voz más firme de lo que se sentía.
Él se levantó, caminó hasta la ventana, se detuvo con la espalda hacia ella, y se quitó la camisa. Ella lo vio por primera vez de pie, de espaldas: espalda ancha, musculatura definida pero no exagerada, como si hubiera sido forjada por años de trabajo y no por horas en el gym. Las costillas marcadas, la cintura estrecha, la piel suave pero con una ligera roughness, como si el tiempo le hubiera dejado pequeñas cicatrices invisibles. Se giró lentamente, con la camisa enrollada en una mano, y la miró fijamente.
—Ven —dijo.
Ella se levantó sin pensar, sin dudar, y caminó hacia él. Entre ambos, solo el espacio del pasillo, la luz tenue del living y el silencio denso que pesaba como una promesa.
—Quítate el vestido —le ordenó él.
No fue una petición. Fue una instrucción. Y ella, sin sentirse intimidada, sino embalada por la autoridad calmada de su voz, pasó las manos por los lados del vestido y lo bajó lentamente. Lo dejó caer a sus pies, sin apartar la mirada de la suya. Llevaba una tanga negra, fina, que dejaba entrever la curva de su pubis, la suavidad de sus labios vulvares. Se sentía expuesta, pero no vulnerable. Era Daniel quien tenía el poder, y ella lo sabía. Y eso la hacía arder.
Él la tomó por la cintura y la acercó a sí. Sus manos eran grandes, calientes, con una textura de piel áspera en los nudillos, pero suaves en las palmas. Le acarició la espalda baja, deslizó los dedos bajo el tanga, y lo bajó lentamente, dejando al descubierto su vulva, húmeda ya por la anticipación. Camila respiró hondo, y sintió cómo sus pezones se endurecían al contacto con el aire frío del aire acondicionado.
—Dime qué sientes —le pidió él.
—Calor —dijo ella—. Deseo. Ansiedad.
—No mientes —dijo él, y sonrió, por primera vez. Una sonrisa breve, cálida, que le arrugó los ojos—. Vamos a que sientas más.
La llevó al cuarto. Era amplio, con una cama king size, sábanas blancas y una luz tenue que iluminaba su piel con un resplandor suave. Ella se acostó, boca arriba, las manos a los lados. Daniel se quitó los pantalones lentamente, como si cada movimiento fuera un ritual. Bajo ellos, su erección estaba ya completamente dura, gruesa, con la punta húmeda de preseminal, la piel tersa, ligeramente oscura en el glande. Su pene no era grande en longitud, pero sí en calibre, y la base estaba marcada por los testículos bien colgados, pesados.
—Mírame —dijo él, sentándose a su lado.
Ella le acarició el pene con una mano. La piel era suave pero resistente, como cuero curado. Sentía su latido a través de la piel, el pulso constante, vivo. Lo sostuvo con ambas manos, lo acarició desde la base hasta la punta, observando cómo su glande se hinchaba más, cómo una gota clara salía de la fisura.
—Así —dijo él, con voz ronca—. Tú mando, pero yo te guío.
Ella lo giró, lo colocó entre sus muslos, y lo guió hacia su entrada. Ya estaba abierta, húmeda, listo. Se relajó, soltó el aire, y lo dejó entrar. Un paso a la vez. Primero la cabeza, luego el grueso, lento, incesante. Daniel no empujaba. Solo esperaba, con las manos apoyadas a los lados de su cabeza, los ojos cerrados, la respiración contenida.
—Camila —dijo, apenas—. Dime si duele.
—No —mintió ella, porque sí, un poco, pero era un dolor suave, que se fundía con el placer. Como una tensión que se rompe.
Cuando estuvo todo dentro, se quedaron quietos. Ella sentía su pene palpitando contra su clítoris, rozándola con cada latido. Él abrió los ojos, la miró, y le sonrió.
—Ahora tú —dijo.
Ella empezó a subir, lentamente, con las caderas. Un movimiento torpe al principio, pero él la ayudó con una mano en la cadera, empujándola suavemente hacia abajo. Y ella volvió a subir. Y otra vez. Y otra. El sonido de su piel contra su piel, el rozamiento húmedo, el goteo suave de su lubricación natural, que se mezclaba con el preseminal de él. Su cuerpo se hacía más grande, más presente, más real, a medida que ella lo montaba.
—Más fuerte —le pidió él, cuando sintió que ella encontraba el ritmo.
Ella lo hizo. Elevó las caderas, bajó con más fuerza, sintiendo cómo sus testículos chocaban contra su pubis. Se inclinó hacia adelante, apoyó las manos en su pecho, y lo miró mientras se movía. Él cerró los ojos, soltó un suspiro profundo, y le dijo:
—Sí. Toma lo que quieres.
Ella se puso de pie sobre la cama, con una pierna a cada lado de él, y lo miró desde arriba. Lo tenía completamente dentro, y ahora lo hacía subir y bajar con una cadencia que le hacía temblar las piernas. Él le tomó los muslos, los apretó con fuerza, y le dijo:
—Toco tu clítoris, ¿ok?
Ella asintió.
Con los dedos, lo buscó, lo encontró, y lo frotó con suavidad, en círculos pequeños. Camila arqueó la espalda, abrió los ojos, y soltó un grito bajo, ahogado. El contacto fue como un chispazo. Ella empezó a temblar.
—No vayas a venerte sin mí —le dijo él, con una voz que era orden y ternura a la vez—. Quiero sentirte cuando venga.
Ella asintió de nuevo, pero esta vez con los dientes apretados, los ojos cerrados, los musculos tensos. Sentía cómo su propio cuerpo se contraía, cómo su vagina se apretaba alrededor de su pene, cómo su clítoris palpitaba bajo los dedos de él. Fue un clímax lento, gradual, como una ola que crece en el mar y no se rompe hasta que es inevitable.
—¡Ah! —gimió, con los ojos cerrados—. ¡Ah!
—Tú mando —le repitió él, y soltó un gemido, profundo—. Tú mando, Camila.
Ella lo sintió antes que verlo: cómo su pene se hinchaba dentro de ella, cómo sus testículos se elevaban, cómo su cuerpo se tensaba. Y entonces, él se corrió. Un flujo caliente, denso, que le inundó el fondo del útero, que le subió por la espalda y la hizo estremecer. Él soltó un gruñido bajo, casi animal, y la abrazó con fuerza, como si la hubiera estado esperando toda la vida.
—Camila —dijo, con la frente apoyada en su hombro—. Camila.
Ella no respondió. Solo lo abrazó, lo acarició por el cabello, por la nuca, por la espalda. Sintió cómo su erección empezaba a bajar, pero seguía dentro de ella, como si no quisiera soltarla. Se quedaron así, abrazados, sudorosos, con el corazón latiendo a dos ritmos que se sincronizaban poco a poco.
—¿Vas a quedarte? —le preguntó ella, al final.
—Sí —dijo él—. Si tú quieres.
—Quiero.
Él la miró, con los ojos más suaves ahora, y le besó los labios. Fue un beso lento, profundo, con sabor a sal y a ella. Y entonces, con la misma calma de siempre, le dijo:
—Vamos a hacerlo de nuevo.
Y ella, sin dudar, asintió.
Porque ahora sabía que no era solo sexo. Era algo más. Algo que empezaba con una mirada, pasaba por una orden, y terminaba con un nombre susurrado al oído.
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