El Jardín de la Vecina

El Jardín de la Vecina

@camila_rios ·1 de julio de 2026 · 🔥 4.1 (25) · 134 lecturas · 7 min de lectura

La lluvia de mediodía golpeaba el cristal de la cocina con un ritmo constante, como si el cielo también tuviera algo urgente por decir. Camila estaba pelando zanahorias, el cuchillo cortando con precisión, los dedos manchados de naranja, cuando escuchó el portón chirriar. No era su marido; él llegaba a las seis, con la cartera en la mano y el traje ligeramente arrugado. Esto era otra cosa. Algo más liviano, más imprevisto.

Miguel. El nuevo vecino. Se había mudado hacía dos semanas, después de que la señora del frente se mudara a Guadalajara. Un hombre alto, de cabello oscuro y rizado, con los hombros anchos y las manos grandes. Siempre saludaba con una sonrisa breve, de dientes blancos y labios finos, pero Camila había notado algo más: la forma en que sus ojos se detenían en ella un milisegundo de más, como si calculase algo. Ella había bajado la mirada cada vez, pero el recuerdo de ese instante se le quedaba pegado, como una semilla que espera la primera grieta en el asfalto.

Ese día, cuando abrió la puerta trasera para colgar la ropa mojada, Miguel estaba justo ahí, parado entre los arbustos de buganvilla, con la camisa pegada al pecho por la humedad. El agua le corría por el cuello, por la barbilla, por el hueco entre los músculos del esternón.

—Disculpe —dijo él, sin soltar la manguera que aún manaba un chorro tenue—. Creí que su marido iba a estar todo el día. Quería preguntarle si tenía un trozo de madera para arreglar el portón del fondo.

Ella no respondió de inmediato. Lo miró fijamente. El agua le rozaba las sandalias, empapando los bordes de sus pies. Sintió el calor de su propia piel contra la humedad del aire, un contraste que le erizó la nuca.

—¿Madera? —repitió, como si estuviera escogiendo las palabras con pinzas—. Creo que sí. En el cobertizo.

—¿Le molestaría…?

—No.

Él asintió, y por primera vez, no bajó los ojos. La miró de arriba abajo, lento, como si estuviera despojándola de la ropa con la mente. Camila sintió un hormigueo entre las piernas, inmediato y vergonzoso. Bajó la cabeza, pero no para ocultar su reacción, sino para controlarla. Se volteó, caminó hacia el cobertizo, y cuando se inclinó para tomar la tabla, sintió su aliento en el cuello.

—¿Sabe? —murmuró Miguel, la voz ronca por la humedad y el esfuerzo—, su marido no sabe que yo vivo solo. Ni que me encanta el jazmín. Ni que… —se acercó más—, que cada vez que paso frente a su ventana, veo cómo se estira al despertar, cómo se pone el vestido sin mirarse al espejo, cómo se toca el pelo antes de salir… Yo lo veo. Y me gusta.

Camila se quedó quieta. No se movió. Sintió su pecho expandirse, el latido en las sienes, el calor subiendo por el cuello. La madera estaba fría bajo sus dedos, pero su piel ardía. Volteó lentamente. Miguel tenía las manos en sus caderas, los codos ligeramente doblados, como si estuviera a punto de avanzar o de retroceder. Pero no lo hizo. Esperó.

—¿Y qué quieres? —preguntó ella, con voz que no parecía la suya, más baja, más áspera.

Él sonrió. No fue una sonrisa de victoria, sino de confirmación. Como si hubiera estado esperando esa pregunta desde que se conocieron.

—Que me invites a tomar un café. O algo más fuerte.

Ella no respondió. Solo se apartó un poco, abrió la puerta trasera y dejó que él entrara. No dijo nada mientras él se lavaba las manos en la cocina, mientras se quitaba la camisa húmeda y la dejaba colgada en el respaldo de una silla. Camila lo observó: el pecho plano pero musculoso, los pezones oscuros, el vello que bajaba desde el ombligo hasta la cintura de los jeans. Sintió la boca seca, la lengua paladeando el aire como si ya pudiera saborear la sal.

—¿Un vaso de agua? —preguntó él, secándose las manos con una toalla.

—Vino —dijo ella.

Él asintió, y mientras ella sacaba la botella, él se acercó. No la abrazó. No la besó. Solo le puso las manos en los hombros, con suavidad, y la giró lentamente hasta que su espalda tocó su pecho. Camila cerró los ojos. Sintió el calor de su torso, el latido de su corazón contra su espalda, el olor a jabón de coco y a sudor fresco.

—¿Te gusta? —susurró Miguel, sus labios rozando su oreja—. ¿Te gusta sentirme ahí, cerca?

Ella asintió. No habló. Solo se inclinó un poco hacia adelante, como si le pidiera permiso. Él lo interpretó bien. Le soltó los hombros y pasó las manos por su cintura, bajando hasta sus caderas. Luego, con una lentitud deliberada, le desabrochó el sujetador desde atrás. Los tirantes se deslizaron por sus brazos, y ella se dio vuelta, con los pechos libres, los pezones ya endurecidos por la tensión.

Miguel no se apresuró. Se inclinó, y con la lengua, rozó uno de sus pezones. Ella suspiró, arqueó la espalda. Él tomó el otro con la boca, chupó con suavidad, luego con más fuerza, mientras le mordisqueaba la oreja, le lamió el cuello, le mordía el hombro.

—Quiero verte desnuda —dijo, apartándose un poco—. Quiero ver cómo te mueves cuando te toco.

Ella no esperó. Se quitó el vestido por encima de la cabeza, dejándolo caer a sus pies. Se quedó de pie, en ropa interior de encaje negro, el vello público suave y oscuro debajo del borde. Miguel la miró como si estuviera viendo algo sagrado. Le quitó los shorts, los dejó caer, y cuando se inclinó, le pasó las manos por dentro de los muslos, subiendo poco a poco.

—Tú… —dijo, cuando su rostro estuvo entre sus piernas—… hueles a lluvia y a mí.

Y entonces metió la lengua.

Fue un golpe seco, directo. No la besó, no la lamió con delicadeza. La mordisqueó, la chupó, la presionó con la punta de la lengua contra el clítoris, mientras le separaba los labios con los dedos, hurgando, explorando. Camila se agarró de la encimera, los nudillos blancos, la cabeza hacia atrás, la boca entreabierta. Sintió el calor, la succión, el roce áspero de su barba en la piel sensible.

—Miguel —gimió, entre dientes—. Por favor.

Él no la detuvo. Le mordió el monte de Venus, una vez, suave, y luego empezó a meterle un dedo, lento. Luego otro. La hizo arquear la espalda, la empujó contra la encimera, y siguió moviéndolos, curvándolos hacia arriba, buscando algo que ambos sabían que existía.

—Tú quieres que te folla —susurró él, apartándose un poco, mirándola a los ojos—. ¿Verdad?

—Sí —dijo ella, sin vergüenza, sin dudar.

Él se levantó, se desabrochó los jeans, se bajó la cremallera. Sacó su pene, ya duro, grueso, la cabeza roja y brillante por la prepucio retraído. Camila lo miró, lo palmeó con la mano, sintió su peso, su calor, la venita que palpitaba bajo la piel.

—Dame la cadera —dijo él.

Ella se puso de pie, apoyó una pierna sobre la silla, el otro pie en el suelo, las manos sobre la encimera. Miguel se colocó detrás, le separó los glúteos con los dedos, rozó la entrada con la punta de su pene, una vez, dos veces, hasta que ella misma lo empujó hacia adentro.

No fue suave. Fue un empujón brusco, profundo, que la hizo soltar un grito ahogado. Él la sostuvo por las caderas, la clavó contra la encimera, y empezó a moverse. Con fuerza. Con ritmo. Su pecho rozaba su espalda, sus muslos, sus nalgas. Cada entrada era una culminación parcial, cada salida un anticipar el siguiente golpe. Ella se mordió el puño para no gritar, pero no pudo evitar el giro de su cadera, el empuje hacia atrás, pidiendo más.

—Dime qué sientes —exigió Miguel.

—Te siento dentro de mí —susurró—. Tu pene, hundiéndose, sacudiéndome.

—¿Y qué más?

—Quiero que me rompas —dijo ella—. Quiero que me agarres tan fuerte que me duela.

Él lo hizo. Le agarr

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Lo sensual está en los detalles: la temperatura de la piel, el temblor de una respiración. Escribo despacio, para que se sienta.

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