La primera vez que la vi con pantalones cortos
7 minLa primera vez que la vi con pantalones cortos
La puerta del barrio cerró con un suspiro de aluminio oxidadas y el aire se cargó con el olor a caucho quemado y café recién hecho. Él estaba en su rincón habitual: la banca de madera cerca de la ventana, con el diario doblado en la mesa y una taza humeante entre las manos. Luís, cuarenta y siete años, barba bien recortada, camisa de algodón abierta hasta el tercer botón, y una cicatriz en la ceja que parecía hecha a propósito para darle ese aire de hombre que ya había visto demasiado —y aún le quedaba mucho por ver.
Ella entró a las seis y veinte, como todos los martes. Una brisa de frescor y jabón de vainilla se coló con ella, arrastrando consigo el eco de risas ajenas y el zumbido del semáforo en la esquina. Caminaba con las manos en los bolsillos de unos pantalones cortos ceñidos, del color del café con leche, que dejaban ver las curvas de sus muslos, fuertes y redondeados, como si los hubiera esculpido el ejercicio de subir y bajar cerros toda su vida.
María, veintiséis, estudiante de historia del arte, con los ojos grandes y oscuros que siempre miraban un poco por encima del hombro, como si supiera algo que los demás no. Se sentó a tres mesas de él, con una libreta en el regazo y un lápiz entre los dedos. Luís la miró apenas —sólo el tiempo que le bastó para notar que llevaba el pelo suelto, ondulado, con mechas rubias que brillaban bajo el sol de la tarde— y volvió a su diario. Pero el silencio entre ambos se hizo más espeso, más cargado, como el aire justo antes de que caiga la primera gota de lluvia.
—¿Le importa si pido una merienda? —dijo ella, con voz baja, pausada, como si temiera romper algo.
—Claro que no —respondió él, sin mirarla, pero con una sonrisa que le hizo temblar la barba—. Aquí todos comemos lo que queramos.
Ella pidió arepas y queso, y él, sin pensarlo, le ofreció sentarse con él. Ella dudó un instante, ese instante que duran mil pensamientos, y asintió.
—Usted es el que siempre lee el diario, ¿verdad? —preguntó María, despliegando su servilleta como si fuera un mapa.
—Sí. Y usted es la que dibuja en la libreta mientras bebe café sin azúcar.
Ella rió, una risa suelta, sin falsedad, y lujo en el cuello.
—Me gusta ver cómo se mueven las cosas. Como se mueven las nubes, como se mueven los hombres cuando no saben que los están mirando.
Luís levantó la vista. Esta vez no apartó los ojos. La miró de pies a cabeza, despacio, como si le estuviera quitando una prenda con la mirada. Ella no se ruborizó. Sólo mordió un poco la arepa, dejando que el queso se estirara entre sus labios, y lo miró de vuelta.
—¿Y qué ve cuando me mira? —preguntó, con la voz un poco más baja.
—Veintiséis años, una sonrisa que no se gasta, y unos ojos que tienen más preguntas que respuestas. Y… —se detuvo, tragó saliva—. Un cuerpo que sabe que puede ser amado, pero aún no ha descubierto cómo se ama de verdad.
Ella no negó, ni asintió. Sólo se inclinó hacia adelante, lo suficiente como para que él viera el pequeño lunar que tenía bajo el cuello, y dijo:
—¿Usted cree que los hombres maduros saben amar?
—No. Creo que los hombres maduros saben esperar.
La conversación se fue alargando, como el sol que se escurría por las paredes del barrio. Hablaron de libros, de pinturas, de cómo Bogotá se pone rosa a las seis y media, de cómo el viento del norte huele a salitre cuando llueve en diciembre. Y ella, poco a poco, fue dejando la libreta de lado, cruzando las piernas, moviéndose en la banca como quien se acomoda en una cama.
Cuando ella se levantó para irse, Luís no se puso de pie. Sólo le dijo:
—Si quiere volver a verme, mañana a la misma hora estaré aquí.
Ella asintió. Y antes de irse, puso la palma de la mano sobre la mesa, al lado de su taza vacía, y la dejó allí un segundo. Él no la tocó. Pero sintió el calor de su piel, como un eco.
Al día siguiente, ella llegó a las seis y diez. Y al tercero, a las seis menos cuarto.
La cuarta vez, él llevó un libro. *Las ciudades invisibles*, de Calvino. Ella lo abrió por la mitad y leyó en voz alta:
—*“La ciudad no se dice, se respira. Es una mezcla de recuerdos y deseos.”*
—Eso es lo que me pasa cuando te veo —dijo él, sin rodeos.
María cerró el libro.
—¿Y qué quiere hacer con eso?
—Quiero llevarte a mi casa. Quiero que me dejes ver cómo se mueve tu cuerpo cuando no sabes que te están mirando. Quiero saber si hueles igual cuando estás sudando. Quiero saber si gritas tu nombre o si lo guardas para ti.
Ella no se levantó. No se ruborizó. Sólo se inclinó hacia él, hasta que sus narices casi se tocaron, y susurró:
—Entonces venga. Pero primero, déjeme ver sus manos.
Él extendió las suyas. Manos grandes, con venas azules que subían como ríos, con callos en el pulgar, con una marca de quemadura en el dorso, de cuando cocinó el arroz el día que su esposa se fue.
Ella pasó los dedos por la cicatriz, despacio, como si leyera en braille.
—¿Dolor?
—Sí. Pero ya no duele.
—Entonces puede llevarme.
Ella subió al carro con una bolsa de tela, como si fuera a una biblioteca. Él la miró mientras manejaba, y vio cómo se ajustaba el cinturón, cómo se deshacía del nudo del pelo, cómo se mordía el labio cuando el carro daba un bache.
En su casa, la luz era suave. El suelo de madera crujía como un suspiro. Ella se quitó las sandalias y caminó descalza, con los pies pequeños y finos, los dedos un poco arqueados, como si siempre estuviera lista para correr, pero también para quedarse quieta.
—¿Puedo usar su baño? —preguntó.
—Claro. No hay nada que no puedas usar.
Ella entró y cerró la puerta. Él esperó, sentado en el sofá, con las manos juntas, respirando hondo. Cuando salió, no llevaba pantalones cortos. Sólo una camisa blanca, demasiado grande para ella, con los botones abiertos hasta la cintura, y debajo, una braguita de encaje negro que apenas cubría la curva de su culo, redondo y firme como un melón maduro.
Luís no se movió. Sólo la miró. Y cuando ella se acercó, él por fin la tocó: con la mano izquierda le acarició la nuca, con la derecha le levantó la barbilla.
—¿Estás segura? —preguntó, con voz ronca.
Ella no respondió. Sólo se inclinó y besó su cuello, donde latía el pulso acelerado. Y entonces, con los ojos cerrados, dijo:
—Papi, quiero que me mames.
Él la tomó de la cintura y la acercó. La camisa se le desabotonó entera mientras ella le mordía el hombro, y cuando la llevó a la habitación, ella ya no se mordía, ya no temblaba: ya sabía lo que iba a pasar.
Él la acostó despacio, como si fuera un cuadro que no quería romper. Le quitó la camisa, la tiró a un lado, y se quedó viéndola: sus pechos pequeños, firmes, con pezones morenos y erectos, como si los hubiera pintado un maestro que sabía lo que es el deseo.
—Eres hermosa —susurró.
—No me diga eso —dijo ella, con la voz entrecortada—. Dígame algo que me haga sentir que aún puedo aprender.
Él sonrió, se inclinó, y con la lengua trazó un círculo alrededor de su pezón. Ella jadeó.
—¿Siente eso? —le preguntó él, sin dejar de mamar—. Eso es lo que pasa cuando un hombre maduro sabe lo que quiere. No se apresura. Se lo come con calma.
Ella gimió, arqueó la espalda, y cuando él bajó más, cuando sus labios rozaron la curva de su culo, cuando su lengua rozó el pliegue, ella gritó su nombre.
—Luís… papi, Luís…
Él la tomó de las caderas y la giró, y entonces la entró con un movimiento lento, pausado, como si fuera a desvelar un secreto. Ella lo sintió grande, firme, vivo
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