Me lo chupé hasta que se corrió en mi boca
5 minMe lo chupé hasta que se corrió en mi boca
Me llamo Isabella, tengo treinta y dos años, y vivo en Guadalajara. No soy de esas que se esconden tras palabras suaves ni metáforas inútiles: soy directa, fuerte, y cuando algo me pone, lo vivo hasta la última gota. Esta historia no es un cuento de hadas. Es una confesión. La de un viernes cualquiera, cuando el calor pegó fuerte, el tequila corrió libre y todo cambió.
Era fiesta en casa de Adrián. Un amigo desde la universidad, de esos con los que no hablas todos los días pero al que llamas sin pedir permiso si hay algo que celebrar —o que olvidar. Esa noche, celebrábamos su separation, su separación. «Me liberé», dijo cuando le dije que iba a ir. «Y si alguien se va a llevar un recuerdo, que sea bueno». Me miró fijo, con esa sonrisa de mordaza, y yo solo asentí. No sabía entonces que *él* sería el recuerdo.
Llegué con un vestido negro ceñido, escote pronunciado pero elegante, y tacones que me dolían pero no me arrepentía. El pelo rizado al natural, un poco de perfume picante en el cuello. No iba a buscar nada. Eso pensé. Hasta que lo vi.
Adrián había cambiado. Ya no era ese chico alto, delgado, un poco torpe con las palabras. Ahora estaba moreno, musculoso, con una barba bien recortada y esos ojos que ya no miraban al suelo. Me acerqué, besé su mejilla, sentí el calor de su piel a centímetros de la mía. «Isa», dijo, y su voz sonó más grave, más húmeda. Me tomó la cintura un segundo de más, y yo no aparté la mano.
La fiesta iba de baja. Ya no había música alta, solo jazz suave y botellas vacías. Yo estaba sentada en el sofá, con mi segundo tequila, cuando él se acercó con dos vasos nuevos. «¿Te duele la espalda?», preguntó, señalando la curva de mi cuello, donde el vestido se abría un poco más. «No», mentí. «Pero me duele el corazón». Él se rio, bajo, de esos que se sienten en el estómago. «¿Por qué?». «Porque tú ya no eres el mismo». Y ahí, en medio de la habitación, con la luz tenue y el aire cargado, me tomó la mano y me llevó al cuarto de visitas.
La puerta se cerró tras nosotros. No dijo nada. Solo me miró. Me desabrochó el primer botón del vestido, lento, como si cada uno fuera una promesa. Yo respiraba profundo, con los ojos cerrados, dejándome llevar. Me besó en el cuello, después en la oreja, y por fin, con la lengua, me lamió el lóbulo. «Huele a jazmín y fuego», murmuró. «Quiero probarlo todo».
Se arrodilló frente a mí. Yo lo miré, con las piernas ligeramente abiertas, sin vergüenza, sin miedo. Me pasó la mano por el muslo, subiendo despacio, hasta tocar la curva de mi culito, apretado por la tanga de encaje negro. «¿Te gusta que te toque aquí?», preguntó, y me apretó con fuerza, sin pedir permiso, pero con respeto. Yo asentí, suspirando. Entonces tiró suavemente del elástico, bajó la tela, y me dejó al descubierto.
Me separó con los dedos. Me miró el centro, húmedo ya, hinchado, brillante. «Dios», susurró. Y entonces bajó la cara.
Su lengua fue un rayo. Me lamío el clítoris una, dos veces, rápido, sin pausa, hasta que mis piernas temblaron. Yo agarré su cabello, no para empujarlo, sino para hundirme. «Sí», dije, «sí, así». Se lo tomó en la boca y me chupó el botón, con suavidad, con hambre. Yo arqueé la espalda, grité su nombre, y me corí con su boca.
Pero no se detuvo. Me volvió a separar, y esta vez metió un dedo, luego dos, moviéndolos con ritmo, con ganas. Me puse de puntillas, con la cabeza contra la pared, y lo sentí entrar hasta el fondo, rotando la muñeca, acelerando. «Isa», me llamaba, «te quiero dentro mío». Y se levantó, desabrochándose el pantalón, sacando su pene grande, tieso, con el prepucio oscuro y la punta húmeda.
Yo me agaché.
Lo tomé con la mano, sentí su peso, su calor. Lo besé en la punta, saboreé su sabor, salado, ácido, suyo. Luego lo metí en mi boca. Fue grande, fue profundo. Se me llenó la lengua, me tocó el fondo, y yo lo acepté todo. Lo chupé despacio, con la mano acariciándole los testículos, con los ojos cerrados, escuchando sus gemidos, sus maldiciones. «Cuidado…», dijo, pero no me detuve. Lo quería hasta el último segundo.
Me separé un momento, con él jadeando, con el pene tieso y brillante de saliva. Lo miré a los ojos, lo tomé con ambas manos, y lo metí de nuevo, más hondo, hasta que sentí sus muslos contra mi cara. Me subió las manos a la cabeza, y entonces me dijo, voz rota: «Isa, me voy a correr en tu boca». Yo asentí, le lamí la cabeza, y esperé.
Se corrió. Fuerte. Con un grito ahogado, temblando. Yo tragué todo, poco a poco, saboreando cada gota, sintiendo cómo se agotaba dentro de mí. Cuando terminó, se desplomó sobre el colchón, con el pecho subiendo y bajando, la respiración entrecortada. Yo me puse de pie, me arreglé el vestido, y me arrodillé otra vez. Le limpié la punta con la lengua, como si fuera un ritual.
—¿Te gustó? —pregunté, sentándome a su lado.
—Me rompiste —dijo, sonriendo—. Me diste todo.
No le dije que yo también estaba rota. Que desde aquella noche, cada vez que oigo jazz suave, siento su lengua en mi clítoris, su sabor en mis labios. Que no fue solo sexo. Fue una entrega. Un acto de fuego, de confianza, de deseo sin máscaras.
Y si me preguntan quién fue el primero… les diré: fue Adrián. Pero fue también yo. Porque cuando uno se entrega así, sin miedo, sin vergüenza, no hay victorias ni derrotas. Solo hay calor, ritmo, y el sabor de alguien que se dejó llevar hasta el final.
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Calor de trópico, ritmo en las caderas, piel que no se está quieta. Escribo el deseo con sabor a Caribe.