La primera vez que cogí a mi profesor de historia
6 minLa primera vez que cogí a mi profesor de historia
La primera vez que Valeria lo vio, en la primer clase de Historia Contemporánea de la facultad, pensó que era imposible que un hombre de esa edad aún diera clases —y mucho menos con esa postura, esa voz grave y esa mirada que parecía ver más allá de lo que decías. Tenía 51 años, era el doctor Leandro, viudo desde hacía dos, según rumor callejero, y con dos hijos adultos que vivían en Córdoba. Ella, en cambio, tenía apenas 23, recién salía de una relación que la dejó con más desconfianza que aprendizaje, y andaba con la piel sensible, con los nervios en punta, como si cada hombre que cruzaba su camino tuviera un botón invisible que activaba su pulso.
Pero Leandro no era como los otros. No hacía comentarios suaves, no sonreía con complicidad falsa. Cuando la miraba, lo hacía con una atención que no era de profesor, sino de hombre que sabe exactamente lo que quiere y no teme decírselo, aunque sea con un gesto. Leandro tenía manos anchas, nudillos marcados por años de escribir a mano, pelo canoso recortado muy corto, y una barba de tres días que le marcaba el mandíbula con dureza. Y, sobre todo, una seguridad que se sentía incluso sentado atrás del pizarrón.
Valeria, por su parte, era delgada, de piernas largas, con una concha peluda y tersa que se veía casi siempre entre la tela del short que usaba debajo del abrigo en invierno. Llevaba pendientes pequeños, labios rojos naturales y una sonrisa que, aunque no era siempre feliz, sí siempre era juguetona. Le gustaba ser vista, pero no por curiosidad: por deseo. Y sabía que Leandro la estaba mirando, sí, pero no como un viejo loco por joven, sino como un hombre que disfruta lo que ve, como un cocinero que huele la carne asada y ya sabe cómo la va a preparar.
La primera vez que hablaron a solas fue después de clase, cuando Valeria se quedó para preguntarle por un tema de la tarea. Él la miró mientras escribía algo en una hoja, con los dedos apretando el lápiz como si fuera una pistola.
—¿Vos siempre llegás tan temprano o sos de las que se quedan hasta el final para hacer preguntas incómodas? —le dijo, sin levantar la vista, pero con un tono que le hizo temblar las rodillas.
Ella se encogió de hombros, con una sonrisa que no escondía el coñazo.
—Depende de si el profesor merece la pena.
Leandro alzó la vista entonces, y sus ojos, de un gris oscuro y húmedo, la atravesaron como si ya la estuviera metiendo con la lengua.
—Mmm. Bien jugada. Pero yo no soy de los que se dejan probar sin antes saber si la garrida es firme o floja.
Valeria se puso roja, pero no por vergüenza: por calor. Porque en ese instante supo que, si algo iba a pasar, iba a ser rápido, brutal y sin vuelta atrás.
Pasó una semana. Luego otra. Ella empezó a aparecer en los cafés de la cuadra, a veces "casualmente" sentada cerca de donde él solía tomar su café con leche. Él, por su parte, empezó a mandarle mensajes por WhatsApp —primero dudosos, con dudas sobre la tarea—, luego con frases que olían a fuego lento: *¿Viste que el sol de hoy está como para acostarse en una terraza sin ropa?* *¿Vos qué prefieres: un beso lento o uno que te arranque el aliento?*
El viernes de la tercera semana, ella le respondió: *Si me lo preguntás a mí, prefiero los que arrancan sin avisar.*
Él no le respondió enseguida. Esperó dos horas. Luego, un mensaje único:
> *¿Te parece si cenamos en mi casa? No soy muy bueno cocinando, pero sí soy experto en hacer que una noche se vuelva inolvidable.*
Ella no dudó.
Llegó a las 21:15, con un vestido negro ajustado, tacón medio, y sin nada debajo. Se había depilado con esmero, se había puesto un perfume que olía a vainilla y humo, y había dejado el celular en casa —una decisión que, si le hubieran pedido una justificación, habría llamado “instinto”.
Leandro la recibió con una botella de vino tinto y dos copas. No la abrazó, no la besó. Solo la miró, de arriba abajo, como si la estuviera midiendo con los ojos.
—Vos tenés una concha preciosa —dijo, y Valeria sintió un calorcillo que le subió del ombligo hasta la garganta—. Me lo imaginaba así, peluda, tersa, como una promesa que no se quiere romper.
Ella se mordió el labio, y él se acercó, lento, como si temiera que ella se fuera a ir si daba un paso más.
—¿Te importa si te quito el vestido? —preguntó, con la voz grave, casi áspera.
—Dudo que lo necesites preguntar —respondió ella—. Y si lo hacés, que sea rápido. No me gusta esperar.
Leandro sonrió, y esa sonrisa le destrozó el estómago a Valeria.
La tomó de la nuca y la atrajo hacia él, y el beso no fue dulce: fue húmedo, profundo, con lengua y dientes y el sabor del vino. Ella sintió cómo su pija se le endurecía contra el muslo, una protuberancia larga, pesada, que la hizo sentirse pequeña, poseída, deseada.
Él la empujó hacia el sofá, la sentó y se arrodilló frente a ella. Sin prisa, le desabrochó los zapatos, uno por uno, lamiéndole el empeine con una lengua húmeda y caliente. Luego, le deslizó los calcetines y la talleó el short, tirándoselo a un lado. Quedó sentada con el vestido subido hasta la cintura, las piernas abiertas, la concha desnuda, la vulva hinchada ya por el deseo.
—Está perfecta —murmuró, y le metió dos dedos dentro sin más preámbulo.
Valeria gritó.
—¡Aaah! ¡Diablos, Leandro!
Él no le pidió permiso. Simplemente la cogió. Fue lento, pero seguro, metiendo un dedo, luego otro, estirando suavemente los labios con los pulgares, lamiéndole el clítoris con una boca que sabía a café y a pecado. Ella se arqueó, con las uñas clavadas en los brazos del sofá, y gritó otra vez cuando él le metió la lengua dentro, rozándole el fondo con una ternura que dolía por su intensidad.
—Sí, garcháme, garcháme así —le suplicó.
Él se levantó, desabotonó el pantalón y se sacó la polla. Era gruesa, morena, con el glande húmedo y brillante, la corona llena de humedad. Valeria la miró como quien mira por primera vez una ciudad nueva: con asombro, con miedo, con sed.
—Voy a metértela entera —prometió.
Y la clavó.
Ella gritó, no de dolor, sino de satisfacción. Porque sí, era grande, sí, le daba un estirón en el fondo, pero él la tomó de las caderas y la clavó contra el respaldo del sofá, y comenzó a cogerla con una fuerza que le sacaba jadeos y palabras sueltas: “sí”, “más”, “no puedo”, “estoy a punto”.
Él no la dejaba pensar, la clavaba, la sacaba, le daba vueltas con la pelvis, le mordía el cuello, le chupaba los pechos, y Valeria, en ese instante, ya no era una estudiante, ya no era una chica de veintitrés años con miedos: era una mujer que se dejaba hacer, que se dejaba coger como si supiera que eso era lo que quería, lo que necesitaba.
Cuando sintió que se venía, que su cuerpo se arqueaba como un arco y su concha se apretaba alrededor de su polla, Leandro la tomó de la cara y se la metió a fondo, una, dos, tres veces, y se corrió dentro de ella con un gruñido que le tembló en la garganta.
Se quedaron así, sin moverse, con la polla dentro, respirando fuerte.
—¿Te gustó? —preguntó él, con la voz ronca.
—Me gustó —dijo Valeria, y le besó la frente—. Ahora, ¿me hacés una última pregunta?
—¿Cuál?
—¿Cuándo volvemos a hacerlo?
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