El Pecado de la Soga de Cuero

El Pecado de la Soga de Cuero

@valentina_ruiz ·4 de julio de 2026 · 🔥 4.8 (29) · 327 lecturas · 10 min de lectura

En la esquina de la carrera 43 con la 72, donde el sol del mediodía de Bogotá se mete entre los edificios como un curioso que quiere saber lo que pasa adentro, estaba el taller de Mateo. Un localcito pequeño, con paredes de ladrillo visto, olor a madera vieja y cuero recién curtido, y un letrero chico que decía: *Artesanías Táctiles*. No vendía nada que se pudiera ver en un centro comercial: correas hechas a mano, collares con cierres de bronce, guantes de cuero sin dedos, y unas cuerdas de nailon trenzado, gruesas y suaves al tacto, que parecían hechas para atar pero que nadie preguntaba para qué.

Mateo, de 34 años, era un hombre de hombros anchos, piel morena clara, y una barba recortada que le marcaba el mentón como un cuadro. Trabajaba con las manos sudorosas, pero calmadas: le gustaba que cada pieza tuviera memoria. Le decían *el tejedor de sensaciones*, aunque él se reía: “Yo solo hago cuerdas, jefe. Lo demás lo inventa quien las usa.”

Ese jueves, a las 3:17 p.m., entró Valentina.

Llevaba una falda negra de plisado fino que le besaba las rodillas, una blusa blanca abierta dos botones de más, y zapatos de taco bajo —no por comodidad, sino porque le gustaba sentir el suelo firme cuando algo se le iba de las manos. Su pelo, castaño oscuro, lo tenía recogido en un nudo torcido, con mechones sueltos que le acariciaban el cuello. Olía a café recién hecho y a perfume barato que no le quitaba el sabor a verdad.

—¿Se puede? —preguntó, poniendo los pies dentro como si entrara en una iglesia, pero con los ojos brillantes, como si ya supiera que iba a cometer una herejía.

Mateo levantó la cabeza del taladro que acababa de apagar. No era el primer cliente curioso, pero sí el primero que entraba con esa luz en la mirada: la de quien tiene una promesa guardada en la manga.

—Claro que se puede. Aunque si viene a comprar un espejo de bautizo, le aviso que no atendemos ese tipo de pedidos aquí —dijo, limpiándose las manos en el delantal.

Valentina rió, una risa corta, como si le hubiera gustado más el chiste de lo que aparentaba.

—No, no vengo por espejos. Vengo por una cuerda.

—¿Una? O mil. Aquí no vendemos por unidades, sino por metros. Y por experiencia —respondió, acercándose con una caja de madera que contenía rollos de distintos grosores.

—Entonces quiero experiencia. La más gruesa. La que se siente… como para sostener.

Mateo le pasó una soga de tres milímetros de espesor, trenzada con cuerdas internas de algodón y recubierta de cuero de cabra. Suave, pero firme.

—Esta es la *confianza*. Tiene memoria del cuerpo. No se deshace con el sudor ni con la espera.

Valentina la tomó, la enrolló lentamente entre los dedos, como si ya la estuviera imaginando enrollada en otra cosa. Luego, con una sonrisa que no le llegaba del todo a los ojos —porque aún le costaba soltar—, preguntó:

—¿Y si… quiero probarla?

Mateo la miró sin juicio, sin prisa. En ese taller, nadie había muerto por probar algo.

—Depende. ¿Qué tiene en mente?

—Nada. Solo quiero ver cómo se siente.

—¿Aquí? —Mateo se señaló a sí mismo, sentado en un taburete bajo.

—¿Por qué no? —ella se acercó, se puso frente a él, y puso una rodilla en el suelo, como quien se arrodilla para atarse los zapatos, pero más lento, más intencional—. Usted es el experto. Dígame cómo se pone.

Mateo respiró hondo. No era el primer “ensayo”, pero sí el primero que le ponía las manos encima sin pedir permiso con palabras.

—Primero, la agarra así —dijo, tomando una de sus manos y colocándola sobre su muslo derecho—. No con fuerza. Con *seguridad*. Como cuando le da un vaso a alguien que no quiere que se le caiga.

Valentina cerró los dedos. La tela de su pantalón era gruesa, pero ella ya sentía el calor bajo.

—¿Y si lo aprieto? —preguntó, y apretó un poco.

—Entonces — Mateo inclinó la cabeza hacia atrás, dejando el cuello al descubierto—, empieza la historia.

Ella soltó una carcajada nerviosa.

—Usted es muy poético para un hombre que hace cuerdas.

—No. Soy poético porque las cuerdas hablan. Solo hay que saber escucharlas.

Valentina volvió a agarrar la soga. Esta vez, la pasó por debajo de su propio brazo, como si la estuviera ensayando. Mateo no habló. Solo la observó: cómo le temblaban los párpados cuando bajaba la vista, cómo se humedecía el labio inferior con la punta de la lengua, cómo el ritmo de su respiración empezaba a coincidir con el de la cuerda que se enrollaba entre sus dedos.

—¿Y… si la uso en el pescuezo? —preguntó, con voz más baja, más grave.

—Esa es la *respiración*. No la debe apretar. Solo *contener*. Como cuando se agarra el aire antes de saltar.

—¿Y si me la pongo yo?

—Entonces no es una cuerda. Es un pacto.

Valentina lo miró. De verdad lo miró. No con deseo, sino con curiosidad. Como si estuviera descubriendo una parte de sí misma que había quedado olvidada tras el trabajo, el alquiler, las cenas con amigas que hablaban de hombres que no volvían a llamar.

—¿Y qué pasa con los pactos?

—Que se rompen si uno se arrepiente.

Ella asintió, lento. Luego se puso de pie, se acercó hasta él, y colocó la cuerda sobre su cuello. No la apretó. Solo la dejó allí, como un collar.

—¿Y si no me arrepiento?

—Entonces… —Mateo levantó las manos, lentas, como si temiera que ella se asustara—, puedo ayudarte a no hacerlo.

Valentina sonrió. Esta vez, la sonrisa le llegó hasta los ojos.

—¿Cómo?

—Con reglas. Primera regla: usted decide cuándo se quita. Segunda regla: si dice *rojo*, se detiene todo. Tercera regla: si no dice nada, significa *verde*.

—¿Y si digo *amarillo*?

—Eso es cuando se arrepiente. Y eso también se detiene. Pero no se rompe el pacto. Solo se pausa.

Valentina tragó saliva.

—A mí me gusta el amarillo.

—Entonces aprenderá a decirlo antes de que el cuerpo se le acelere.

Ella asintió de nuevo, y esta vez le puso la cuerda en la muñeca. Le dio dos vueltas, no más. Solo para sentir el peso.

—¿Y si la uso en las manos?

—Entonces es *entrega*. No es sumisión. Entrega es cuando uno decide soltar algo, no cuando otro le quita algo.

Valentina tragó. El aire del taller se hacía más denso, no por calor, sino por la quietud entre ellos. Ella estaba en el borde de algo, pero no sabía si quería caer o quedarse mirando desde arriba.

—¿Y si quiero que usted me ayude a soltar?

Mateo no dudó.

—Entonces le pido que me diga qué quiere soltar.

—No sé. Todo. El trabajo. El alquiler. El miedo a que alguien me vea así.

—Entonces empieza por lo más fácil: la blusa.

Valentina lo miró como si no le hubiera entendido.

—¿La qué?

—La blusa. Ábrala. Pero no por mí. Por usted. Para ver cómo se siente el cuero sin tela encima.

Ella dudó. Luego, lentamente, desabrochó los tres botones que faltaban. La tela se abrió como una promesa.

—Ahora, tire de la cuerda.

Ella tiró. Suavemente.

La blusa se deslizó por sus brazos hasta el suelo. Quedó con el sostén de encaje negro, sencillo, sin vueltas ni exageraciones. Solo dos copas que contenían pechos reales, calientes, con pezones que ya se estaban endureciendo.

—¿Y ahora qué?

—Ahora, me pide que le quite la falda. Pero solo si me dice *verde*.

Valentina sonrió.

—Verde.

Mateo se puso de pie. Caminó hasta ella, lento. No la tocó. Solo pasó las manos por la tela de su falda, por encima, como si la estuviera midiendo.

—¿Está segura?

—Sí.

—¿Y si digo *rojo* ahora?

—Se detiene. Pero no se rompe.

—Bien.

Él tiró del elástico de la falda. Bajó hasta las rodillas, luego hasta los tobillos. Ella se quitó los zapatos sin ayuda. Quedó de pie, en medias con detalles de encaje, con los pechos subiendo y bajando, con la entrepierna ya húmeda y visible por la humedad de la tela.

—¿Y ahora qué? —repitió, pero esta vez con voz distinta. Más clara. Más suya.

—Ahora —Mateo se arrodilló frente a ella—, le pido que se siente en el taburete.

Ella lo hizo.

Él tomó la cuerda, la pasó por debajo de su muslo izquierdo, luego por encima del derecho, y la volvió a cruzar por la cintura. No la apretó. Solo la sostuvo.

—¿Siente el peso?

—Sí.

—¿Y si le digo que se quita las medias?

—¿Aquí?

—Sí. Con la cuerda puesta.

Valentina respiró. Luego, con lentitud, tiró de la primera media. La enrolló, la dejó sobre su rodilla. Luego la otra. Quedó con las piernas desnudas, los muslos tensos, las rodillas levemente dobladas.

—¿Y si ahora le digo que me las quite? —preguntó, señalando su entrepierna.

—Entonces —Mateo sonrió—, le digo que no.

—¿Qué?

—Le digo que *no*. Porque esa parte se la quita usted. Cuando usted esté lista.

Valentina lo miró, sorprendida.

—¿Por qué?

—Porque el cuero no es para dominar. Es para recordar. Que usted es dueña de todo lo que pasa aquí.

Ella respiró hondo. Luego, lentamente, se puso de pie. Se quitó el sostén. Los pechos le cayeron suaves, pesados, con pezones color miel.

—¿Y si ahora quiero que usted los toque?

—Entonces —Mateo se puso de pie, se acercó—, me dice *verde*, y me pide lo que quiere.

Ella lo miró a los ojos.

—Verde.

Él le pasó las manos por la cintura, subió hasta sus costados, y luego las puso sobre sus pechos. No apretó. Solo los sostuvo.

—¿Siente el calor?

—Sí.

—¿Y si le digo que se incline?

—¿Hacia dónde?

—Hacia el taburete.

Ella se inclinó. Él se puso detrás, apoyó las manos en sus caderas, y le bajó la slip de encaje. La tela se deslizó por sus muslos, se enrolló en los tobillos, y ella la sacó con un movimiento suave.

Quedó allí, de pie, con las manos apoyadas en el taburete, el culo redondo, la entrada ya húmeda, los pechos colgando, la respiración entrecortada.

—¿Y ahora qué?

—Ahora —Mateo tomó la cuerda, le pasó una mano por el costado del cuello, y luego la llevó hasta su frente—, me pide que le ponga la soga en la cabeza.

—¿En la cabeza?

—No. En la frente. Como una diadema.

—¿Para qué?

—Para que recuerde que esto no es un juego. Es un pacto.

Ella asintió. Él le puso la cuerda sobre la frente. La ajustó con cuidado.

—¿Siente el peso?

—Sí.

—¿Y si le digo que se gire?

Ella se giró.

Él se puso frente a ella. La miró. Luego, lentamente, le pasó las manos por las caderas, le abrió las piernas con suavidad, y se arrodilló.

—¿Y si ahora le digo que me mire?

Ella lo miró.

—¿Y si le digo que me pida lo que quiere?

Ella no habló. Solo asintió.

Él sonrió.

—Entonces… dígame.

—Quiero que me mame.

—¿Aquí?

—Sí.

—¿Y si le digo que no?

—Entonces me voy. Pero no me arrepiento.

—Bien.

Mateo se inclinó. Le puso las manos en los muslos, le abrió un poco más, y se metió entre ellos. Lamió su clítoris con la punta de la lengua, lento, como si lo estuviera saboreando.

Valentina suspiró.

—Está rico…

—Entonces dígame lo que quiere.

—Que me lo meta. Que me lo meta bien profundo. Que me lo mame como si no hubiera mañana.

—¿Verde?

—Verde.

Él se puso de pie, le quitó la soga de la frente, y se la puso en la muñeca

¿Qué tanto te calentó?

4.8 · 29 votos
Reportar
Compartir

¿Te masturbaste con el relato?

0se masturbaron con este relato

¿Te masturbaste con el relato?

@valentina_ruiz

Sexo con sonrisa. Me gustan las situaciones cotidianas que se salen de control, el humor y lo que pasa cuando dos personas se atreven.

También en Fetichismo

Más de @valentina_ruiz

Ver autor →