El día que me quedé sin trabajo y mi vecina me ayudó a desestresar
7 minEl día que me quedé sin trabajo y mi vecina me ayudó a desestresar
Era viernes,ABOUT 6:30 p.m., y el sol ya se iba a la esquina de la casa, derritiéndose en el asfalto como el chocolate en el micro. Yo, con la camisa desabotonada hasta la mitad, los zapatos tirados en el recibidor y el pelo aún con el sudor de la oficina, me dejé caer en el sofá con un suspiro que parecía salir del fondo del alma. El jefe me había dicho —con esa sonrisa de pocos dientes que siempre me dio mala espina— que, por “reestructuración estratégica”, ya no era necesario mantener mi puesto. En otras palabras: me despidieron. Y ni modo de fingir que no me dolía.
Apenas apagó el televisor, escuché el sonido de los pasos en el pasillo. Entreabierto el ojo, vi a la vecina: la puerta entreabierta, su silueta entre la sombra y la luz del corredor, una camiseta holgada, pantalón corto y los pies descalzos. Me sonrió, esa sonrisa que ya llevaba semanas viéndole —pequeña, tímida, pero con algo de picardía detrás—, como si supiera que el mundo se le doblaba cuando ella lo quería.
—Oye —dijo—, ¿te sobra un poco de cerveza? Se me acabó la que tenía en el congelador.
—Claro que sí —respondí, ya sentándome—. Pero primero, ven acá.
Se acercó, se sentó a un lado, no muy cerca, pero tampoco lejos. La miré. Su pelo, castaño oscuro, recogido en un moño deshecho, algunas hebras pegadas a la frente por el calor. Los ojos claros, casi verdes, que siempre me habían recordado el río en verano. Me miró de vuelta, sin prisa, sin miedo. Y entonces me di cuenta: no era la primera vez que me miraba así. Pero hoy… hoy había algo más.
—¿Estás bien? —preguntó, suave.
—Como para comer chunchurria —dije, y me reí de mí mismo—. Me despidieron, Paola.
—Oh… —exhaló, y me tomó una mano—. Lo siento, ¿sabes? A mí me pasó lo mismo con mi jefe el año pasado. Me costó un par de semanas volver a sonreír.
—¿Y cómo lo hiciste? —pregunté, ya con la cabeza apoyada en su hombro.
—Mmm… primero, lloré. Luego, comí mucho chocolate. Y después… —me giró la cara hacia ella—… después me acosté con un hombre que no era mi novio. Pero solo por curiosidad. No te asustes.
—¿Serio? —me reí, pero era cierto: me sentía ligero, como si el peso del desempleo ya no me aplastara.
—Sí —dijo, bajando la voz—. Quiero decir… si tú quieres… yo no soy de andar por ahí, pero contigo… me gusta. Y hoy me diste ganas de probar algo.
Me quedé callado. La miré fijo. Ella no bajó la vista. Y entonces, sin más, me incliné y le besé el cuello. Un beso suave, de prueba, como quien prueba una fruta recién cortada. Ella soltó un suspiro, corto, casi inaudible, pero lo sentí en el pecho.
—¿Estás segura? —le susurré.
—Sí —dijo, y esta vez me tomó la cara con ambas manos—. Pero primero, date una ducha. Hueles a oficina y stress, mi vida.
Me levanté. Y mientras la ducha corrió, la escuché moverse en la habitación: la cama que crujió, las prendas que se quitaban con cuidado, el sonido de un botón que cae al suelo. Cuando salí, con una toalla al cuello y el agua still pegándoseme en los brazos, ella ya estaba acostada en la cama, sobre la espalda, las piernas ligeramente abiertas, una pierna doblada, la otra estirada. Llevaba una camiseta blanca, apenas transparente, y debajo… nada.
Me senté a un lado, sin apuro. La miré. Me miró. Y entonces, con una lentitud que parecía coreografiada por el tiempo mismo, me incliné y le besé el pecho, justo encima del pezón. Ella jadeó, leve, como si se hubiera quemado con un golpe de aire frío.
—Estás rico —dije, entre besos y respiraciones.
—Tú calla y sigue —susurró.
Me deslicé la camiseta hacia arriba, lentamente, y cuando lo tuvo al descubierto, el pecho redondo, los pezones rosados, como cerezas recién lavadas, me incliné y lo lamí. Una sola vez, suave, como si fuera a romperse. Ella arqueó la espalda, como queriendo acercarse más. Entonces, con la lengua, dibujé un círculo alrededor del pezón, y luego lo chupé, con fuerza suave, como si lo estuviera chupando a la vez que lo bendecía.
—Ay Dios… —dijo, y me pasó la mano por el pelo.
No la dejé terminar. Me deslicé más abajo, con la boca abierta, y cuando llegó a la cintura de su pantalón corto, lo bajé con la punta de los dedos, despacio, dejando que la tela rozara sus muslos, su vientre plano, su ombligo pequeño y profundo. Y entonces, cuando lo tuve al descubierto, el cuerpo entero de Paola, sin nada que lo escondiera, me detuve.
Sus piernas estaban separadas, los muslos un poco tensos. El pubis, suave, con vello corto y oscuro, y entre él, la hendidura cerrada, los labios cerrados como un capullo que espera la flor. Me incliné, y con la nariz, los labios, la lengua, comencé a explorar. Lamió, no —no fue una lamida, fue una caricia con lengua—, una caricia húmeda, cálida, desde la parte de arriba, bajando hasta el pequeño nudo que era su clítoris. Ella gritó, corto, como una risa atragantada.
—No… no así… por favor —dijo, jadeando.
Entonces, con las manos, abrí sus labios, suave, y la vi por primera vez: húmeda, brillante, abierta, como una flor recién despertada. El clítoris, pequeño pero erguido, como una promesa. Me incliné y lo lamí. Una lamida larga, lenta, de abajo hacia arriba, y ella se tensó como un arco.
—Ah —dijo, y esta vez no fue un grito, fue una confesión.
Seguí. Con la lengua, tracé una línea desde su entrada hasta su clítoris, pasando por el centro, y luego chupé su clítoris entre los dedos y la lengua, con suavidad, como si fuera a romperse. Ella se movió bajo mí, como si quisiera hundirse en la cama. Y entonces, la toqué. Con un dedo, luego dos, lentos, entrando, saliendo, rotando, mientras seguí lamiendo su clítoris, mientras mis labios se pegaban a ella como si no quisiéramos separarnos jamás.
—Sí… sí… —dijo, con la cabeza hacia atrás, el cuello estirado—. Tú no sabes cuánto he soñado con esto… contigo.
Y entonces, cuando sentí que estaba lista, cuando su respiración se volvió corta, cuando sus muslos temblaban, me incliné y metí los dos dedos hasta el fondo, y la lamí con fuerza, con un chupón suave en su clítoris. Ella gritó, una vez, alta, como si el mundo se hubiera detenido. Y entonces, con un movimiento suave, se tensó toda, y se vino, como una ola que rompe en la playa, con un gemido largo, hondo, que me subió por la espalda y me hizo querer llorar.
—Ay, Dios… —susurró, con los ojos cerrados, la boca entreabierta.
Yo me levanté, me quitó la toalla, y se la tiré encima.
—¿Te parece si ahora te ayudo a ti? —me preguntó, con una sonrisa que me hizo sentir el hombre más rico del mundo.
Me acosté, y ella me quitó el pantalón con calma. Me miró el pito, erguido, ya húmedo por el deseo, por la espera, por la tentación de su boca. Me tomó con la mano, suave, y lo besó en la punta. Luego lo metió entre sus labios, solo un poco, y me miró, con los ojos medio cerrados, como si me estuviera pidiendo permiso.
—Sí —le dije—. Sí, mámame.
Y entonces lo hizo. Con lentitud, con boca húmeda, con labios tensos, con la lengua rozando el glande, con la mano moviéndose al ritmo de su boca. Me sentí flotar, como si no tuviera peso. Me dejé llevar. Me dejé gobernar por el calor de su boca, por el movimiento suave, por el sonido ahogado que hacía cuando se inclinaba más.
Y cuando sentí que no aguantaba más, la detuve, la tomé de la cintura, la giré y me puse encima. Le besé la boca, suave, y entonces, con la punta
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