La noche que el calor no daba respiro
El aire en el apartamento de la carrera 7ª con 40 se volvió espeso como miel hervida. Mariana, de 28, cuerpo moreno, curvas que se marcaban bajo la camiseta de algodón blanca ya empapada de sudor, se paseaba frente al ventilador del balcón como si buscara una brisa que no venía. El sol había caído hace rato, pero el concreto del edificio seguía soltando el calor del día, y su piel, sensible como hoja de plátano, se sentía viva, ansiosa, casi ardiendo.
—¡Madre mía, qué pega! —murmuró, dejando la botella de agua sobre la mesa de madera desgastada por el tiempo y el uso.
Se quitó la camiseta con un movimiento lento, dejando al descubierto el sostén de encaje negro, ya arrugado y manchado de humedad bajo los brazos. Se acercó al espejo del baño, sin encender la luz. Apenas entraba la luz de la calle, amarillenta y tenue, reflejándose en su piel con un brillo húmedo. Se miró: pechos redondos, pezones morenos y duros, pezones que ya empezaban a puntear solo con ver su propia silueta en la penumbra.
—Qué perra me puse hoy… —se dijo, sonriendo entre dientes.
Se quitó el sostén con una mano, dejando que sus pechos cayeran suaves y pesados. Se pasó la palma sobre uno, sintiendo la textura suave, cálida, y cómo el pezón se erizaba al instante, como si le temblara solo el recuerdo de una mano ajena. Se inclinó un poco, acercando la cara al espejo, y se lamió el dedo índice. Lo pasó despacio por el borde del pecho, siguiendo la curva hacia abajo, hacia su ombligo, que parecía un hoyito profundo y seductor bajo la luz tenue.
Salió del baño y se dejó caer en el sofá, que crujía bajo su peso con un sonido viejo y familiar. Se cruzó las piernas, con la espalda apoyada en el respaldo, y se puso las manos detrás de la cabeza, estirando los brazos. La camiseta se le había subido un poco, dejando entrever la tira de piel entre el borde del calzoncillo y la cintura del pantalón corto.
—A ver, Mariana… —dijo en voz alta, como si se hablara a sí misma—. Ya no aguanto más.
Se quitó el pantalón corto con una sola mano, dejándolo tirado en el suelo. Se quedó con el calzoncillo de algodón gris, ya algo desgastado, pero que le quedaba justo. Se llevó la mano al muslo, frotando despacio, sintiendo la piel caliente, húmeda, como si ya le sudara la humedad de la anticipación.
—Estás loca… —susurró, pero no sonaba una reprimenda, sino un elogio.
Se levantó de nuevo, más lento esta vez, como si bailara una cumbia que solo ella escuchaba. Se acercó a la ventana, abrió un poco el vidrio, y dejó entrar el murmullo de la calle: los coches, las risas de unos jóvenes en una moto, el zumbido de los chimbangos de la esquina. El aire, aún cargado, le acarició el cuello, y ella cerró los ojos, dejándose llevar.
Se puso de rodillas sobre el sofá, con las manos apoyadas en el respaldo, y se inclinó hacia adelante, dejando que su culo se alzara, redondo y firme, como si se ofreciera. Se pasó la mano por la cintura, bajando despacio, hasta tocar el borde del calzoncillo. Lo deslizó un poco hacia un lado, dejando al descubierto la curva de su nalga izquierda, suave y caliente.
Con la yema del dedo, trazó un círculo alrededor del ano, lento, juguetón. Luego bajó un poco más, hasta rozar el monte de Venus, ya húmedo y caliente bajo el algodón. Se mordió el labio, sintiendo cómo el corazón le latía en la garganta.
—Hoy no aguanto… hoy me lo voy a meter todo —dijo, y se relamió, como recordando un sabor que aún no había probado.
Se quitó el calzoncillo con un movimiento seco, dejándolo caer al suelo. Se quedó así, de rodillas, en el sofá, con la luz de la calle iluminando su cuerpo como un escenario. Se pasó la mano por el vello púbico, suave y oscuro, y bajó más, hasta separar los labios de su vulva. Estaban hinchados, rosados, brillantes por la humedad que ya empezaba a salir sin que nadie la hubiera tocado.
—Dios mío… —susurró, y se llevó el dedo índice a la entrada, rozando con delicadeza.
Se metió el dedo un poco, lento, sintiendo cómo su cuerpo se abría, cálido, húmedo, como si lo esperara. Se movió con cuidado, con el pulgar apoyado en su clítoris, que ya estaba duro, como una cereza madura. Se frotó despacio, arriba y abajo, con movimientos suaves, como si estuviera acariciando un pito recién salido del agua.
—¡Ahh! —exclamó, y se mordió la mano para no gritar.
Se metió un segundo dedo, y la tensión subió. Su cuerpo se arqueó, y el culo se le alzó más, como si quisiera recibir algo que aún no llegaba. Se aceleró, con los dedos dentro, moviéndose con más fuerza, y con el pulgar apretando su clítoris como si quisiera hacerlo saltar fuera.
—¡Mierda! ¡Mierda! —repetía, entre dientes, con la frente sudorosa, los cabellos pegados a las sienes.
Se llevó los dedos a la boca, los lamió uno por uno, sabiendo su sabor, dulce y salado, y se llevó la mano al culo, rozando el ano otra vez, pero esta vez con más intención. Se pasó el dedo por el borde, lento, y luego se metió un poco, mientras con la otra mano seguía frotándose el clítoris.
—Eres una perra, Mariana… —se dijo, y se rió entre dientes, con un gemido que salió ahogado.
Se metió los tres dedos, flexionándolos, sintiendo cómo su cuerpo la apretaba, como si la estuviera chupando, como si le estuviera pidiendo más. Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en el sofá, y comenzó a moverse con más fuerza, con un ritmo que le salía del pecho, del vientre, de las piernas.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Así! —gritó, y se mordió el hombro para no hacer ruido.
Su culo se movía con cada embestida de sus dedos, y ella sintió cómo la tensión se acumulaba, como si fueran a explotarle los nervios. Se pasó la mano por los pechos, apretando los pezones, y se inclinó más, hasta que su frente rozó la tela del sofá.
—¡Yah! —gritó, y su cuerpo se estremeció como si le hubieran dado una descarga.
Los músculos del vientre se le tensaron, el culo se le apretó, y su vulva se contrajo, contraída, húmeda, como si acabara de recibir un pito caliente y grosor. Sus dedos seguían moviéndose, y ella se dejó llevar, con los ojos cerrados, la boca entreabierta, jadeando como si acabara de correr una carrera.
Cuando todo terminó, se quedó quieta, con la frente apoyada en el sofá, los dedos aún dentro de ella, moviéndose suavemente, como si no quisiera soltar el momento. Se llevó los dedos a la boca, los chupó despacio, saboreando su propio sabor, y luego se recostó sobre la espalda, con las piernas abiertas, dejando que el aire fresco del balcón le acariciara la piel.
—Mierda… qué rico —dijo, y se rió, con los ojos cerrados, con el cuerpo aún vibrando.
Se levantó, lentamente, se vistió con calma: calzoncillo, camiseta, pantalón corto. Se lavó la cara, se cepilló los dientes, y se sentó en el sofá, con una botella de agua en la mano.
—Mañana vuelvo a hacerlo —se dijo, y se rió, con una sonrisa que le llegaba hasta los ojos.
Porque en la vida de Mariana, cuando el calor no daba respiro, ella misma se lo daba. Con sus manos, con su cuerpo, con su humedad y su risa, y ese culo que, aunque nadie lo veía, era todo suyo.
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