El vecino de arriba me miraba desde el balcón

El vecino de arriba me miraba desde el balcón

@joaquin_noche ·6 de julio de 2026 · 🔥 4.5 (38) · 130 lecturas · 6 min de lectura

Yo siempre supe que él me veía. No con seguridad, pero sí con esa certeza que nace de la intuición, del instinto de presa. Él vivía en el tercer piso, en el departamento que quedaba justo frente al mío —el de la ventana abierta con persianas de madera corrida, esas que no cerraban del todo, que dejaban pasar la luz como si fuera un suspiro. Yo habitaba el segundo, con mi ventana abierta casi siempre, porque el calor en verano acá en Córdoba es una bestia que no te deja respirar si no dejás que entre el aire.

Él se llamaba Nahuel. Alto, de hombros anchos, barba bien recortada y ojos oscuros que parecían no parpadear. Lo había visto varias veces desde abajo, con una botella de cerveza en la mano, fumando en el balcón mientras yo pasaba con la compra o salía a tirar la basura. Nunca hablamos. Pero una noche, hace un mes, todo cambió.

Fue un jueves. Llovía torrencial. El agua golpeaba el vidrio como si quisiera entrar. Yo tenía la ventana abierta de todos modos, porque el aire estaba cargado, pegajoso, y no soportaba más el calor. Estaba en pelotas, sentado en el sillón, con una lata de gancia helada entre las manos, mirando la lluvia desde la oscuridad. La luz de la calle entraba apenas, teñida de azul por el cristal empapado.

Y entonces lo vi.

A través de la lluvia, en el balcón de arriba, apareció Nahuel. Sin camisa, con un pantalón de vestir abierto en la entrepierna, como si acabara de desabrocharlo. Tenía una botella de vino tinto en la otra mano, y una sonrisa que no alcanzaba a ver bien, pero sí sentí. Porque cuando me miró —y me miró, sí, directo a mí, a través de la ventana mojada—, se detuvo. Se apoyó contra la baranda con una postura de quién sabe que está siendo visto.

Yo no me moví. No apagué la luz, no cerré la ventana. Simplemente lo miré de vuelta.

Pasó un minuto. Tal vez dos. La lluvia bajó un poco, y entonces él se inclinó hacia adelante, lentamente, y se quitó el pantalón. Se deslizó por los muslos, bajando con calma, hasta que quedó solo con los calzoncillos negros, ajustados, que marcaron la curva de su pene, grueso y bien formado, como una promesa callada.

Yo me levanté. Me acerqué a la ventana, sin tocarla. Mis dedos se posaron sobre el vidrio frío.

—¿Me ves? —dijo, y aunque la distancia era grande, su voz llegó. No gritó, pero se oyó igual, clara como el agua que cae de un tubo.

Yo no respondí. Solo le sonreí.

Entonces, con lentitud teatral, Nahuel se desabrochó los calzoncillos. Se los bajó hasta las rodillas, se los quitó, y los dejó caer sobre la madera húmeda. Su pene quedó al descubierto, flácido, pero bien dispuesto, como si estuviera acostumbrado a ser el centro de atención. Con la mano izquierda, se lo tomó suavemente, y con la derecha, se frotó el pene contra su propio culo, dos veces, tres, como para lubricarse con el calor de su piel.

Yo ya me tenía en la mano. No me había tocado desde que entré a casa, pero ahora lo hacía con calma, sin prisa. Me acaricié el pene, los testículos, el vello del vello púbico. Me incliné un poco más hacia la ventana.

—¿Querés que me toque? —preguntó él, y esta vez su voz sonó más cerca, como si me estuviera hablando al oído.

—Vení —respondí, por fin. Solo dos palabras.

Nahuel no se movió al instante. Me miró, esperó. Luego, con lentitud, se llevó la mano derecha al pene y se lo apretó, firme, hacia arriba. Se frotó el glande contra el dedo índice y medio, abriendo el prepucio despacio, como si estuviera descubriendo un secreto.

—Y vos… ¿te tocaste? —me preguntó.

—Sí —respondí, sin dejar de mirarle—. Pero no terminé.

—Bueno. Entonces no lo hagas. Quiero ver cómo te tenés cuando termine.

Lo dijo con un tono que no admitía réplica. Y de pronto, sentí que mis propias manos dejaban de moverse. Me quedé quieto, con el pene en la mano, esperando.

Nahuel se inclinó, agarró una toalla que había dejado sobre una silla de plástico, la dobló y la dejó sobre la baranda. Luego se subió a ella. No era necesario, pero lo hizo con teatro. Como si estuviera sobre un escenario.

—Acá —dijo—. Quiero que me veas bien.

Se puso de pie sobre la toalla, con los pies separados, las rodillas ligeramente flexionadas. Se tomó el pene con ambas manos, lo levantó hacia arriba, y comenzó a masturbarse. No rápido. No con desesperación. Con una rhythmicidad perfecta, que lo hacía parecer un religioso en oración.

—Me gusta que me mires —dijo, con la voz un poco más ronca—. Me gusta saber que vos me tenés. Que me querés. Que me deseás.

Yo no decía nada. Solo lo miraba, con el pene endureciéndose cada vez más en mi mano.

Y entonces, de pronto, él se detuvo. Bajó los brazos. Me miró, directo a los ojos, y me dijo:

—Desabrochá el cinturón.

No dudé. Lo hice.

—Despegá la cremallera.

Lo hice.

—Sacá el pene.

Y lo saqué. Lo tuve en la mano, tieso, con la punta húmeda, brillando bajo la luz tenue.

—Ahora… acariciá la base. Lento.

Lo hice. Mis dedos recorrieron el pene desde la raíz hasta la cabeza, dos veces, tres.

—Ahora, con la otra mano… tocá tus testículos. jalálos un poco.

Lo hice. Sentí el estiramiento suave, la tensión que subía por mi columna, el calor que me inundaba el vientre.

—Muy bien. Ahora… mirame.

Nahuel se volvió. Se inclinó hacia adelante, apoyó las manos en la baranda, y se puso de rodillas sobre la toalla. Se giró un poco, para que pudiera verlo desde atrás. Su culo estaba más claro que su piel, redondo, firme, con una grieta profunda que se abría como un misterio.

—Voy a hacerme en la mano —dijo—. Y quiero que me veas hacerlo. Quiero que sepas que esto es por vos.

Se llevó la mano al pene, lo apretó con fuerza, y comenzó a masturbarse de nuevo. Esta vez, más rápido. Sus caderas comenzaron a moverse, pequeños embestimientos, mecánicos, mecánicos.

—Sí… sí… —murmuró—. Vení… vení…

Y entonces, sin avisar, se corrió.

Lo hizo con un gemido corto, casi un susurro. Su pene lató varias veces, espesando el líquido blanco que salía en hilos rápidos, que se secaron al instante en la humedad del balcón. Se le contrajeron los músculos del culo, se le tensó la espalda, y por un segundo, pareció desmayarse.

Se quedó ahí, agachado, con la frente apoyada en la baranda, respirando fuerte.

Yo ya no podía más.

—Nahuel —dije.

—Sí —respondió, sin voltear—. ¿Querés que suba?

—Sí —respondí—. Pero tené en cuenta que yo voy a mandar.

Él se rió, suave. Se paró, se puso los calzoncillos, se abrochó el pantalón, y desapareció dentro de su departamento.

Cinco minutos después, tocaron la puerta.

Yo ya estaba en pelotas, con el pene endurecido, el corazón a mil. Abrí.

Nahuel estaba ahí. Seco, fresco, con una botella de agua en la mano. Me miró.

—Sos un hijo de puta —dijo.

—Y vos una puta —le respondí.

Y lo tiré adentro.

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@joaquin_noche

Cuerdas, órdenes y la confianza de soltarse. Escribo dominación y sumisión consentidas, donde perder el control es ganarlo todo.

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