La Nena de la Azotea — Parte 2
Al día siguiente, no bajé temprano. Bajé tarde. Muy tarde. Como si con eso pudiera borrar lo que pasó. Como si el sol quemara las huellas del deseo. Pero no. El edificio entero parecía saberlo. La ropa que colgaba en los tendederos se mecía con un aire distinto, como si susurrara mi nombre. Y yo, con el corazón apretado y las bragas todavía húmedas de la noche anterior, salí a tender con una camisa que ni siquiera necesitaba lavar.
Pero no era por la ropa. Era por él.
Sabía que no iba a estar, pero igual bajé. Y al llegar a la azotea, ahí estaba. De espaldas, con la playera subida hasta la nuca mientras colgaba una toalla blanca. Los músculos de su espalda se movían como si estuvieran bailando, y el sol le doraba la piel hasta donde desaparecía en la cintura del pantalón de mezclilla. Apoyé la cesta en el suelo y fingí que buscaba un gancho suelto. Él volteó. Lentamente. Como si ya supiera que yo estaba ahí.
—Buenas tardes, vecina —dijo, con esa voz que te entra por la oreja y te baja hasta el ombligo.
—No son tan buenas —respondí, sin mirarlo—. Hace mucho calor.
—Sí. Demasiado —dijo él, bajando la toalla y acercándose un paso—. Tanto que uno se quita todo lo que puede.
Sonreí sin querer. Él también. Y entonces, sin decir nada más, tomó una pinza del tendedero y la sostuvo frente a mí.
—¿Ves esto?
—Claro que sí —dije—. Es una pinza.
—Sí. Pero también es un castigo —dijo, bajando la voz—. Porque si no cumples con tu tarea, te pongo una pinza en… digamos, en un lugar sensible.
—¿Y qué tarea tengo que cumplir? —pregunté, ya temblando por dentro.
—Tener cuidado con lo que dejas al sol —dijo, señalando mi ropa interior—. Que no se queme. Que no se pierda. Que no se moje demasiado.
Lo miré fijo. Él también. Y en ese momento, el mundo se quedó chiquito. Solo éramos dos cuerpos en una azotea, con el cielo encima y el deseo a punto de explotar.
—Tienes suerte —dije—. Hoy no traigo nada de encaje.
—¿Ah, no? —preguntó, acercándose—. Entonces déjame ver.
—¿Qué?
—Déjame ver —repitió, sin miedo—. Si no traes encaje, déjame ver qué traes.
Sentí que el pulso me latía en el cuello, en los pezones, entre las piernas. No me moví. Él tampoco. Pero sus ojos bajaron, lentos, hasta el borde de mi falda corta. Y entonces, con una calma que me encendió más que cualquier caricia, dio un paso al frente y deslizó un dedo por debajo de la tela. Solo un roce. Nada más. Pero fue suficiente para que me pusiera de puntitas, como si el cuerpo me pidiera más.
—¿Y bien? —preguntó, sin dejar de mirarme—. ¿Qué traes?
—Una tanga —dije, apenas en un susurro—. De algodón.
—Ah. —Sonrió—. Entonces no es tan inocente.
Y sin más, me tomó de la muñeca y me jaló hacia un rincón donde las rejas tapaban el sol. No grité. No me resistí. Solo dejé que me apoyara contra el muro, con la espalda pegada al concreto frío y el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido. Él se acercó. Casi sin tocarme. Pero su aliento me quemaba el cuello.
—¿Sabes lo que más me gusta de ti? —preguntó, con la boca casi en mi oído—. Que finges que no quieres. Pero te mueres por dentro.
—Tal vez —dije, con la voz quebrada—. Pero no por ti.
—Ah, sí —dijo, y me mordió el lóbulo de la oreja—. Por mí.
Entonces, con una lentitud que me volvió loca, deslizó la mano por debajo de mi falda. Pasó por mis muslos, por la cadera, hasta que sus dedos encontraron el elástico de la tanga. Y ahí se detuvo. Solo un segundo. Pero fue como si me hubiera tocado todo.
—Estás mojada —dijo, sin sorpresa—. Otra vez.
—No es tu problema —respondí, aunque ya me temblaban las piernas.
—Claro que lo es —dijo, y me jaló la tanga a un lado—. Porque ahora esto también es mío.
Y cuando sus dedos entraron, no fue suave. Fue fuerte. Directo. Como si ya supiera dónde tocarme. Dos dedos, sin pedir permiso, entrando hasta el fondo, mientras su pulgar jugaba con mi clítoris como si fuera un instrumento que ya conocía. Grité. Solo un poco. Pero fue suficiente para que él sonriera.
—Calla —dijo—. Que no te escuchen.
—No puedo —dije, con los ojos llenos de lágrimas—. Me estás matando.
—No. Te estoy despertando —respondió—. Porque tú y yo sabemos que esto tenía que pasar.
Siguió moviendo los dedos. Entrando, saliendo, más rápido, más profundo. Yo me aferré a sus hombros, con las uñas clavadas en su piel, mientras el placer me subía por las piernas como una corriente. Y entonces, justo cuando estaba a punto de correrme, se detuvo.
—No —dije, desesperada—. No pares.
—¿Quieres que siga? —preguntó, con los ojos brillando.
—Sí. Por favor.
—Dime qué quieres —pidió, bajando la voz—. Dilo con palabras.
—Quiero que me cojas —dije, sin vergüenza—. Aquí. Ahora. Entre las pinzas y el sol. Quiero que me chingues hasta que no pueda caminar.
Él sonrió. Lento. Satisfecho. Y justo cuando iba a quitarse el pantalón, escuchamos pasos.
—¡Vecinos! ¡Apagón en el ascensor! —gritó la vieja gorda de nuevo.
Nos miramos. Él se alejó un paso. Yo me acomodé la ropa, con el corazón a mil. Pero antes de que se fuera, me tomó de la barbilla y me besó. Un beso lento, profundo, húmedo. Como si sellara un trato.
—Mañana —dijo—. A la misma hora. Y si no hay apagón… mejor.
Y se fue. Pero esta vez, yo no me quedé mirando. Esta vez, me quedé pensando. En su verga. En mis ganas. En lo que pasará cuando no haya nadie para interrumpirnos. Porque ya no hay vuelta atrás. Y yo ya no quiero fingir.
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