La Jaula de Cristal
La fiesta había quedado atrás como un eco lejano: música distorsionada, humo de cigarro y risas que se desvanecían en el pasillo del penthouse. Renata se apoyó contra la pared del ascensor, con los tacones sueltos y el cabello despeinado por el viento del balcón. Llevaba puesta una blusa de seda negra, medio desabotonada, y el perfume de jazmín y ron still le pegaba al cuello.
—Te vi mirando el mar toda la noche —dijo una voz detrás de ella.
Era León. Alto, de hombros anchos y mirada de quien siempre sabe dónde pisa. No sonreía, pero sus ojos tenían esa chispa que solo dan los que han visto y querido más de lo que han osado tocar.
Renata giró lentamente, cruzando los brazos bajo el pecho. —¿Y tú me viste mirando qué?
—Tú sabes qué.
El ascensor se detuvo en el último piso. La puerta se abrió con un suspiro hidráulico, y León la dejó salir primero. En el vestíbulo, una luz tenue bañaba el suelo de mármol, y al fondo, una puerta entreabierta dejaba escapar el murmullo de un ventilador y el olor a pachulí.
—¿Tú casa? —preguntó Renata, ya sin miedo, con la sonrisa puesta como un arma bien afilada.
—Casa de nadie. Temporal. Tú sabes cómo son las cosas cuando se quiere algo… y no se quiere que lo vean.
Entró primero ella, con los pies descalzos y el ritmo de quien ya ha decidido jugar. El cuarto era minimalista: una cama baja, una silla alta de madera oscura, y en la pared, una pantalla de cristal que mostraba imágenes estáticas de una ciudad vista desde arriba.
León cerró la puerta.
—Quítate la blusa —dijo, sin gritar. Sin pedir.
Renata no parpadeó. Soltó el primer botón. Luego el segundo. La seda resbaló por sus brazos como una serpiente rendida. Debajo, llevaba un sostén de encaje negro que apenas contenía lo que quería salir.
—¿Y si digo que no?
—Entonces me la quito yo —respondió, acercándose—. Y te la tiro a la cara.
Ella se mordió el labio, pero sus ojos brillaban.
—Dime qué quieres que haga.
—Nada. Solo quédate quieta.
León le quitó el sostén con lentitud, dejando que la tela se deslice por cada curva. Sus pechos, redondos y firmes, se ofrecieron al aire como frutas recién cogidas del árbol. Él no los tocó aún. Solo los miró, con la mano apoyada en la cadera, como si evaluara una obra de arte que ya había comprado.
—Tú sabes que me gusta cuando me miras así —dijo Renata, bajando la voz—. Como si fueras a comértelos… pero solo después de que te pida permiso.
—Exacto —asintió él, finalmente acariciando uno de ellos con la palma, sin presión, como si probara la textura de la seda otra vez—. Ahora, a la silla.
Renata caminó hasta ella, con los muslos un poco tensos, pero la postura erguida. Se sentó, las piernas juntas, las manos sobre los muslos. León le ató las muñecas con una cinta de terciopelo negro, no con fuerza, sino con la seguridad de quien sabe que no se necesita más.
—¿Te asustas? —preguntó él, acercándose detrás de ella, su aliento calentando su oreja.
—Solo si tú te detienes.
Él sonrió. Por fin.
—Entonces no paro.
Sus dedos bajaron por su espalda, deslizándose por la curva de su columna, hasta tocar el borde de la minifalda que aún llevaba puesta. La subió con cuidado, descubriendo sus nalgas, redondeadas y brillantes bajo la luz tenue.
—Tus nalgas me gustan mucho —dijo, frotando suavemente el centro de su trasero con el pulgar—. Pero hoy no me gustan tanto como tu culo.
Renata exhaló un suspiro que era casi un grito contenido.
—Entonces… chinga mi culo, León.
Él no respondió con palabras. Con la otra mano, separó sus nalgas y deslizó la punta de su verga, ya dura y caliente, por su entrada.
—Ahora di: *por favor*.
Renata cerró los ojos.
—Por favor.
Él entró. Lento. Profundo. Hasta el fondo.
Y la noche se hizo un silencio que solo los cuerpos saben contar.
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