El sábado me cogió la trans en el baño del bar

El sábado me cogió la trans en el baño del bar

@joaquin_noche ·6 de julio de 2026 · 🔥 4.4 (3) · 191 lecturas · 4 min de lectura

El bar estaba humeante, lleno de sudor, cigarros baratos y la música de fondo un trap que no dejaba pensar. Joaquín se apretaba contra la barra, la camiseta pegada a la espalda, los ojos fijos en ella desde que entró: Valeria. Alta, muslos gruesos, caderas estrechas, pechos firmes bajo una blusa ajustada, el pelo rubio recogido en una coleta alta que dejaba al descubierto su cuello largo y las orejas. Pero lo que más lo fijó no fue su belleza, sino la forma en que caminaba: seguro, lento, como si supiera exactamente qué quería y cómo lo iba a tomar.

Se sentó a su lado, pidió una cerveza, y cuando el barman le dio la vuelta, ella le sonrió. No una sonrisa cualquiera. Una sonrisa de quien ya tiene planificado el desastre. Le dijo algo al oído, bajita, y Joaquín sintió el aliento tibio en el lóbulo, un escalofrío que le subió por la columna y le apretó el pene dentro del pantalón. No supo bien qué dijo, pero asintió, y ella se puso de pie, le ofreció la mano y le guiñó un ojo.

—Vamos —dijo, y ya no era una pregunta.

Lo condujo por el pasillo de los baños, hasta el fondo, al de mujeres —él no protestó, sabía que ahí no lo interrumpiría nadie—. Ella abrió la puerta, entró, cerró con llave detrás de ellos y se volvió a mirarlo. Con los ojos entornados, los labios entreabiertos. Joaquín ya tenía la entrepierna mojada por la expectativa. Ella dio un paso más, lo empujó contra la puerta del inodoro, y con una mano le agaró la barba, lo obligó a inclinar la cabeza para besarla. La lengua de Valeria era seca, cálida, sabrosa a ron y tabaco, y le entró con fuerza, rozando su paladar, su garganta, mientras con la otra mano le apretaba el pene a través del pantalón.

—Cógeme ahora —le dijo, rompiendo el beso, y ya no era una sugerencia.

Le desabrochó el cierre con movimientos rápidos, sacó su pene, ya tieso, gordo, con la cabeza roja y húmeda. Valeria no se arrodilló, no lo lamió con cuidado. Lo agarró de la base, lo subió hasta su vientre, y con la otra mano se abrió el sujetador, dejando al descubierto sus pechos redondos, los pezones duros, oscuros. Se inclinó, lo tomó uno entre los dedos, lo apretó, lo rodó, y mientras lo hacía, lo empujó con la punta de su pene contra su vulva. Joaquín sintió el roce: la entrada húmeda, los labios ya separados, el clítoris hinchado, pulsando. Ella se movió contra él, pidiendo más, y cuando él intentó empujar, ella le puso la mano en el pecho.

—No aún —dijo—. Quiero verte sufrir.

Lo empujó contra el lavabo, le pidió que se inclinara, que pusiera las manos sobre el espejo. Él obedeció. Ella se arrodilló detrás de él, le abrió las nalgas con los dedos, le lamió el ano con la lengua ancha, lenta, como si lo estuviera evaluando. Luego lo rozó con la punta del pene, buscando el orificio, y cuando lo encontró, lo empujó con un movimiento brusco, sin previo, sin cuidado. Joaquín gimió, bajó la cabeza, apretó los puños contra el espejo, sintió el dolor agudo, el estiramiento, la calidez. Ella no lo dejó asimilarlo: empezó a moverse, entrando y saliendo con ritmo, golpeándole las pelotas contra su perineo, el sonido seco de su carne contra la carne.

—Maldita puta —murmuró Joaquín, con la frente pegada al espejo.

Ella se rió, le mordió la oreja, le chupó el lóbulo, y cuando él sintió que se venía, ella le agarró el pene, lo apretó con fuerza, y le dijo:

—No te vengas. Todavía no.

Lo hizo esperar hasta que ella misma se movió más rápido, más hondo, hasta que él sintió su propia humedad en la entrada, hasta que ella, con la mano libre, se frotó el clítoris con dos dedos y se vino con un grito ahogado, temblando, apretándole el culo con fuerza. Fue entonces cuando soltó su pene y le permitió correrse dentro de ella, con un gemido gutural, la cara pegada al espejo, el pene palpitando, vaciándose en su vientre, en su entrada apretada. Ella se dejó caer sobre sus nalgas, agotada, sudorosa, y le besó el cuello.

—Volveré a por ti el próximo sábado —le susurró.

Y salió del baño, dejándolo ahí, con el pene aún dentro de ella, el espejo empañado, y el olor a sexo y ron flotando en el aire.

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Cuerdas, órdenes y la confianza de soltarse. Escribo dominación y sumisión consentidas, donde perder el control es ganarlo todo.

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