La caja de zapatos

@diego_salas ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La lluvia no cesaba desde el atardecer. En el departamento 3B, entre el sonido constante del agua golpeando los cristales y el zumbido lejano del ascensor, Sofía desató lentamente el cordón rojo de una caja de zapatos que no era suya. La había encontrado en el armario del fondo, detrás de unas maletas vacías, olvidada quizás a propósito o escondida con cuidado. Pero ella no era de las que dejaban las cosas sin revisar. Menos cuando Diego volvía después de cinco años sin dar señales más allá de un mensaje ocasional, escueto, como si midiera cada palabra.

No la había buscado. Tampoco había llamado. Solo apareció una mañana, con el mismo abrigo oscuro que usaba antes, el pelo un poco más canoso, los ojos más intensos, y le dijo: *“Tengo algo tuyo”*. Ella no preguntó. Sabía. Lo supo desde que vio cómo la miraba, como si el tiempo no hubiera pasado, como si cada segundo de ausencia fuera un latido más fuerte.

La caja estaba forrada en tela granate, ajada por los bordes. Adentro, no había zapatos. Solo objetos: una venda de seda negra, un collar de cuero con hebilla de plata, una cadena fina, delicada, que parecía frágil, y una nota doblada en cuatro. Sofía la tomó con dedos temblorosos, no por miedo, sino por la electricidad que le recorría el vientre. La letra era suya, de años atrás: *“Lo que más temías, ahora lo deseas. ¿O me equivoco?”*.

No respondió. No hizo falta. Esa noche, con la ciudad envuelta en neblina y el eco de la tormenta amortiguado por los muros, se puso el collar. Se lo ajustó al cuello sin mirarse al espejo. Lo sintió. Pesaba justo lo suficiente para recordarle que no era un juego cualquiera. Era un ritual. Uno que había jurado no repetir.

Diego llegó sin llamar. Ella abrió la puerta con el collar puesto, la cadena colgando entre sus pechos, el vestido largo y negro que él siempre le había dicho que le quitaba el aliento. No dijeron nada. Él cerró la puerta con el pie, dejó una botella de vino en la mesa, y caminó hacia ella como si midiera cada paso. No la tocó. No aún.

—¿Lo sigues queriendo? —preguntó, la voz baja, ronca.

Ella sostuvo su mirada.

—Lo necesito.

Entonces, él se acercó. Le levantó el rostro con dos dedos bajo la barbilla. Sus labios estaban a un aliento.

—Dime cómo —pidió él.

—Con la venda —respondió ella, apenas un susurro—. Y con la cadena. Pero esta vez… sin escapatoria.

Diego asintió. No hubo más palabras. La tomó de la muñeca, la guió al dormitorio, donde la luz era tenue, dorada, como si el mundo afuera hubiera dejado de existir. Le ató las manos a la espalda con la seda negra, despacio, con una precisión que sólo quien conoce el cuerpo del otro puede tener. Luego, pasó la cadena por el collar y la ancló a la cabecera de la cama, con un clic suave, metálico, definitivo.

Sofía cerró los ojos. No por temor, sino por placer. Porque sabía lo que venía. Porque cada segundo de ausencia se pagaba con deuda de piel. Diego se arrodilló frente a ella, le deslizó el vestido por los hombros, lo dejó caer. Le besó el vientre, luego el muslo, luego el borde interior, donde la piel es más suave, más sensible. Pero no avanzó más. Solo rozó con el aliento.

—¿Qué esperas? —preguntó ella, la voz quebrada.

—Que lo digas —respondió él.

—Quiero que me tomes. Como antes. Como si no hubiera habido tiempo entre nosotros.

Entonces, Diego la alzó, la recostó sobre la cama, y la poseyó con una lentitud que dolía de tan hermosa. Cada movimiento era un recuerdo, una promesa, un juramento. La cadena tintineó suave, como un reloj midiendo lo que ya no se podía perder.

Y cuando el orgasmo llegó, fue con su nombre en los labios, con el collar apretado, con las manos atadas, con la lluvia afuera, testigo mudo de un reencuentro que nunca debió terminar.

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