La caja de los recuerdos

@diego_salas ·29 de mayo de 2026 · ★ 4.8 (35) · 998 lecturas

La lluvia golpeaba suave contra el balcón del departamento, un ritmo lento que parecía acompasar los latidos de Sofía. Estaba sola, como tantas noches, pero esta vez no se sentía vacía. Sobre la mesa de madera oscura, frente a ella, había una caja de cartón con el borde desgastado, atada con una cinta de seda negra. Hacía diez años que no la abría.

La desató con cuidado, los dedos temblorosos, no por miedo, sino por el peso de lo que iba a encontrar. Adentro, no había fotos ni cartas. Solo objetos: un collar de cuero negro, una venda de terciopelo rojo, un par de guantes de látex, y una pequeña llave de bronce. Cada uno evocaba una noche, un jadeo, un beso robado en la oscuridad. Y sobre todo, evocaba a Andrés.

No habían sido amantes largos, solo tres meses intensos, apasionados, que terminaron en silencio. Él se fue de la ciudad sin despedirse. Pero antes, le entregó esa caja. “Ábrela cuando me extrañes”, le había dicho. “Pero solo si estás lista para sentirme otra vez.”

Sofía tomó el collar entre sus manos. Lo acercó a su rostro y aspiró. Aún conservaba el leve rastro de su perfume: tabaco y salvia. Un escalofrío le recorrió la espalda. Lo deslizó por su cuello, sintiendo el cuero frío contra su piel. Cerró los ojos.

—¿Todavía usas eso? —dijo una voz desde la penumbra del pasillo.

Sofía se sobresaltó. No había escuchado la puerta. Pero allí estaba, apoyado contra el marco, con la camisa abierta, los ojos oscuros clavados en ella. Andrés.

—No tocaste la puerta —dijo ella, sin moverse.

—Todavía tengo la copia de tu llave —respondió él, avanzando lentamente—. Y veo que guardaste todo.

Ella no respondió. Se limitó a mirarlo, a absorberlo. Diez años habían pasado, pero él seguía igual: alto, el pelo ligeramente canoso en las sienes, el torso fuerte, la mirada que encendía el aire.

—¿Por qué ahora? —preguntó Sofía, con la voz baja, ronca.

—Porque soñé contigo —dijo Andrés, deteniéndose a un paso de ella—. Soñé que abrías la caja. Y no pude quedarme lejos.

Sofía sintió el calor subir desde su vientre. No había olvidado cómo la tocaba, cómo sabía dónde presionar, cómo convertía el dolor en placer.

—¿Y si no estoy lista? —preguntó, aunque su cuerpo ya respondía, tensándose, arqueándose.

Andrés sonrió. Tomó la venda de terciopelo y la deslizó entre sus dedos.

—Entonces no haré nada —dijo—. Pero dime, ¿por qué el collar? ¿Por qué ahora?

Ella bajó la mirada.

—Porque te extrañé —confesó—. Porque cada vez que me tocaba, imaginaba que eras tú.

Andrés se acercó más. Le levantó el rostro con dos dedos.

—¿Puedo? —preguntó, sosteniendo la venda.

Ella asintió.

Con movimientos lentos, Andrés le colocó la venda sobre los ojos. La habitación se volvió oscura, pero no vacía. Ella escuchó el crujido del cuero, el roce de la tela, el sonido de su respiración acercándose.

—¿Recuerdas lo que más te gustaba? —susurró él, besándole el cuello, justo donde latía el pulso.

—Cuando me atabas —dijo ella, con un hilo de voz—. Cuando me decías qué hacer.

—Y tú obedecías —dijo él, deslizando las manos por su cintura, levantándole la blusa—. Porque te gustaba sentirte… mía.

Ella asintió, temblando.

Andrés tomó los guantes de látex y se los puso despacio, el sonido del material ajustándose a su piel como un preludio. Luego, sin decir palabra, la tomó de las muñecas, las levantó por encima de su cabeza y las ató con una cinta de seda a la silla.

—No te muevas —ordenó—. Hasta que te diga.

Sofía obedeció. El corazón le latía con fuerza. Sentía el cuero en su cuello, el látex en sus muñecas, la voz de Andrés como una caricia eléctrica.

Él se arrodilló frente a ella, deslizó las manos por sus piernas, subiendo lentamente la falda.

—Hace diez años —dijo—, te prometí que nunca olvidarías cómo me sentías.

Y entonces, la besó. No en la boca, sino en el muslo, justo donde la piel era más sensible. Sofía gimió.

—¿Todavía me deseas? —preguntó él, sin dejar de mirarla, aunque ella no podía verlo.

—Siempre —respondió ella—. Siempre te he deseado.

Andrés sonrió. Tomó la llave de bronce y la deslizó entre sus dedos.

—Entonces —dijo—, vamos a empezar de nuevo.

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