El zapato de tacón rojo que me volvió loco

El zapato de tacón rojo que me volvió loco

@la_viajera ·5 de junio de 2026 · ★ 4.8 (14) · 10 lecturas · 7 min de lectura

Vos sabés cómo es eso: estás en un hotel de Buenos Aires, después de un viaje de trabajo que se alargó por mierdas de logística, y te encontrás con que el aire acondicionado chifla como un viejo de 80, la ducha gotrea una gota por segundo y la cama huele a ropa limpia que no alcanzó a disimular el sudor de quien la usó antes. Todo está en orden, pero no es lo que buscás. Buscás algo más suculento, más peligroso, más real.

Y ahí, en la recepción, con el pelo húmedo del taxi que no cerró las ventanas del todo y un bolso de cuero que le dio para toda la semana, apareció ella. Se llamaba Lucía. O eso me dijo. Pero no le pregunté si era verdad. En ese momento, lo único que me importaba era su pie derecho. Porque tenía puesta una sola cosa: un zapato de tacón aguja, rojo sangre, punta fina como una aguja de tejer, con una hebilla de plata que le ceñía el empeine como un collar. El otro pie? Desnudo. Descalzo, con las uñas pintadas de negro mate, y los dedos un poco arqueados, como si estuviera a punto de patear algo o de agarrar algo con ellos.

—¿Perdón? —me dijo, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos, pero sí a la boca—. ¿Viste si por acá anduvo otro de estos? —y mostró el zapato, girándolo entre los dedos, como si fuera un objeto sagrado—. Me lo dejé en la habitación y ahora no lo encuentro.

—No, pero… —me puse de pie, sin saber por qué—. ¿Estás segura de que lo perdiste acá?

—Segura no, pero siempre es así cuando me pongo estos —y se tocó con el dedo índice el labio inferior, como recordando algo—. Me los pongo cuando sé que algo va a pasar.

Me acerqué. No por el zapato, sino por la forma en que me miraba. Ella sentía lo mismo que yo: que el aire se había vuelto más denso, que el reloj del relojero de la esquina se había detenido. Le dije que la acompañaba hasta su habitación. Y vos sabés que cuando decís eso en un hotel, no es por acompañarla.

Era una habitación chica, de esas que parecen hechas para que alguien pase más tiempo en la cama que en la ducha. La cama tenía sábanas negras, una manta de terciopelo rojo a los pies, y en la mesita de luz, una botella de vino tinto sin abrir, dos vasos y una cajita de madera con un cierre de plata.

—¿Querés vino? —me preguntó, mientras se quitaba la chaqueta y dejaba ver una blusa blanca, abierta hasta el ombligo, con un encaje negro que dejaba entrever la curva de su estómago.

—Sí —respondí, y vos sabés que cuando digo sí en ese tono, es porque ya me había tomado el primer trago con la vista.

Ella se sentó en la cama, con las piernas juntas, y me señaló una silla frente a ella.

—Sentate. Quiero que me ayudes a buscar el otro zapato.

Me levanté, caminé hasta la cama, y me arrodillé frente a ella. No como un siervo, sino como alguien que ya sabe que va a tocar algo sagrado. Le tomé el pie derecho, que estaba tibio, húmedo de sal y de algo que no era sudor. Lo apreté suavemente. Ella soltó un suspiro, bajo, profundo, como si lo estuviera conteniendo desde hace horas.

—Sí —dijo—. Ahí está.

Y lo vi. El otro zapato, detrás de la silla, caído como si lo hubiera sacado con prisa. Pero no. Lo tomé, lo acerqué, y lo puse con cuidado al lado del primero. Luego, sin romper el contacto visual, le quité el zapato que tenía en el pie izquierdo. Lo dejé en el suelo, con la misma lentitud que uno deja una moneda en un pozo para pedir un deseo.

—¿Querés que te lo ponga? —le pregunté.

—No —dijo, y me tomó la mano—. Quiero que lo uses vos.

Me quedé quieto. No por sorpresa, sino porque en ese momento sentí que mi cuerpo se desplomaba en sí mismo, como si mis huesos se hubieran convertido en cera caliente.

Le quité la blusa. La abrí de un tirón, sin romper los botones, y la dejé caer al piso. Ella no se movió. Sólo me miró, con los pechos altos, los pezones duros, oscuros, como si ya estuvieran preparados para lo que venía. Le desabroché el pantalón, bajé la cremallera con lentitud, y le saqué la ropa interior. Era de encaje negro, con un lazo en el frente. Se la dejé en las manos, como si fuera un regalo.

—Ahora vos —me dijo.

Me levanté, me quité la camisa, los pantalones, los calzoncillos. Quedé desnudo frente a ella, con la polla tiesa, apretada contra el vello púbico, gorda y roja, como una fruta madura que ya no puede más.

—Ahora, sentate —me ordenó.

Lo hice. Me senté en la cama, con las piernas abiertas. Ella se puso de pie, se acercó, y con una mano tomó el zapato rojo. Con la otra, me acarició el pene. Me lo apretó, lo acarició de abajo hacia arriba, como si estuviera conteniendo una corriente eléctrica.

—¿Te gusta esto? —me preguntó.

—Sí —respondí, con la voz rota.

Me besó la frente, luego la nariz, luego los labios. Me mordió el labio inferior y me susurró al oído:

—Ahora, meté el zapato en la concha.

Me quedé paralizado.

—¿Qué?

—El zapato —repitió—. Meté el zapato rojo en mi concha.

No lo dudé. Me levanté, me puse de cuclillas frente a ella, y con las manos temblorosas, le separé los labios de la vulva. La concha estaba brillante, húmeda, con un pequeño bulto en el centro: el clítoris, inflamado, como un capullo que ya se abre. Tomé el zapato, con la punta hacia arriba, y lo deslicé entre sus labios, lentamente, como si fuera una llave que busca la cerradura perfecta.

Ella soltó un grito, bajo, gutural, como un animal que siente que le están arrancando algo.

—Sí —dijo—. Sí, sí, sí.

La punta del zapato rozó su clítoris. Ella arqueó la espalda, me agarró de la cabeza y me obligó a empujar más adentro. El zapato entró en su concha, hasta la base, con una presión que la hizo temblar. Yo la sentí contra mi cara, su olor, su calor, su humedad. Ella respiraba con dificultad, con los ojos cerrados, con los dientes apretados.

—No pare —dijo—. No pare, maldita sea.

Le golpeé el talón con la mano, como quien da un golpe seco a una puerta. Ella gritó. Y volví a golpear. Y otra vez. Y otra vez. Cada impacto la hacía arquear más la espalda, cada vez más fuerte, como si le estuviera dando un mensaje en código morse.

—Estoy por venir —susurró—. Estoy por venir, imbécil.

Y cuando lo dijo, yo le puse la mano sobre el clítoris, con el dedo índice, y lo apreté con fuerza, mientras ella me agarraba del pelo y me arrastraba hacia su vulva. Me metió el rostro entre sus piernas, y yo sentí su concha cerrarse alrededor del zapato, apretando, contraerse, contraerse, como un puño que se cierra sobre una promesa.

Y entonces, con un grito que parecía salir de lo más hondo de su pecho, ella se desplomó hacia atrás, con los ojos abiertos, con la boca entreabierta, con la polla que le había apretado el zapato rojo aún dentro de su concha. Su cuerpo temblaba, sudaba, respiraba con dificultad.

Yo me levanté, me acerqué a ella, y le besé el cuello.

—¿Te gustó? —le pregunté.

Ella me miró, con los ojos húmedos, con una sonrisa que no era de placer, sino de victoria.

—Sí —dijo—. Ahora, sacá el zapato.

Y yo lo hice. Lo saqué con lentitud, con cuidado, como si fuera un trofeo que no quería romper.

Se lo dejé en la mano. Ella lo miró, lo olió, lo besó en la punta, y luego me lo puso en la boca.

—Léelo —me dijo.

Y yo lo hice. Lo lamí, lo chupé, lo mordí con suavidad, como si fuera una promesa que no quería romper.

Y cuando terminé, ella se levantó, se puso la blusa, se abrochó los botones con lentitud, y me miró con una sonrisa que no olvidaré jamás.

—Mañana me voy —dijo.

—Yo también —respondí.

Y así fue

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