El zapato de cuero negro
7 minEl zapato de cuero negro
Elena siempre había mantenido su coleccionismo en silencio. Treinta y ocho años, periodista de investigación, vida ordenada, trajes sobrios y mirada fría que ocultaba una fascinación por lo recóndito. Desde los dieciséis, cuando descubrió el olor a cuero curtido en el taller de su tío zapatero —un hombre de manos gruesas y voz ronca que le mostró cómo se cura el cuero con aceite de ricino y se pulen las suelas hasta hacerlas brillar como espejos—, su cuerpo reaccionaba de forma incontrolable ante el cuero negro. No era solo el material: era su textura, su peso, su capacidad de conformarse al cuerpo sin ceder, su sonido: *shhk… shhk…* cuando se deslizaba contra la piel.
Esa tarde, bajo una lluvia tenue que empañaba las ventanas de su apartamento en Ciudad de México, recibió una llamada de Lucas. Él era su amigo desde la universidad, un antropólogo con intereses tan excéntricos como su risa grave. En los últimos meses, había notado cómo Elena lo miraba cuando hablaban de sus viajes por los Andes, cómo sus ojos se oscurecían al recordar un ritual en Cusco donde los shamanes usaban guantes de cuero para tocar los instrumentos sagrados. Lucas, por su parte, había descubierto su propia fijación: los pies. No por su forma ni su aroma, sino por la manera en que se movían dentro del calzado: apretados, contenidos, listos para caminar, para correr, para dominar.
—¿Te importa si paso a tomar un té? —dijo Lucas al teléfono, sin dar la menor pista de lo que venía.
—Claro —respondió Elena, y en su voz hubo una pausa tan breve que Lucas la percibió: un leve temblor en la garganta, una contracción en el diafragma, el cuerpo adelantándose a la mente.
Lucas llegó con una bolsa de tela de lino. Dentro, sin explicaciones, un par de zapatos negros: botas de tacón bajo, estilo militar, de cuero vacuno curtido a mano. El tacón no era alto —tres centímetros—, pero estrecho, de madera encerada, con un clavo plateado en la puntera. La lengüeta era ancha y rígida, cosida con hilo negro. No eran de compra. Elena lo supo al instante: eran los mismos que Lucas había usado en su última expedición, cuando filmó un documental sobre los *curandereros* del altiplano.
—¿Los llevaste puestos? —preguntó ella, con la voz un poco más áspera.
—Sí —dijo Lucas, y sonrió con la boca cerrada, como si guardara un secreto—. Pero no los lavé. No quería quitarles el olor.
Elena tragó saliva. El cuero, aún cargado de sudor, salitre y el perfume de la montaña, exhalaba un aroma denso, animal, casi fermentado. Ella lo olió sin vergüenza, hundió la nariz entre los dedos del pie y cerró los ojos. El olor era a sal, a cuero húmedo, a tierra calcinada y algo más: una nota amarga, casi medicinal, que le recordó el ajo y la ceniza que usaban los *curandereros* para limpiar las energías negativas.
—Quítatelo —dijo ella, sin abrir los ojos.
Lucas se sentó en el sofá, lentamente, como si estuviera ejecutando un ritual. Se desabotonó los pantalones, bajó la cremallera, y con una precisión deliberada, empezó por el pie izquierdo. El cuero cedió con un susurro, revelando un pie grande, los dedos alineados como clavos, la planta ligeramente sudorosa, los poros visibles bajo la luz tenue. El talón tenía una pequeña callosoidad, como una escama de pez, y entre los dedos, una humedad que olía a sal y a deseo.
Elena no lo tocó de inmediato. Se puso de rodillas frente a él, con las manos sobre las propias rodillas, y lo miró. Sus ojos descendieron por la pierna, por el muslo, por el abdomen, hasta detenerse en su entrepierna, donde el pene ya se alzaba, grueso y pálido bajo los vellos oscuros. Pero no lo tocó allí. En cambio, tomó la bota restante con ambas manos, y la apretó contra su propio rostro, inhalandolo hasta sentir el mareo.
—Tú primeramente —dijo Lucas, con la voz ya ronca.
Elena se levantó, desabotonó su blusa, se quitó los zapatos y se deslizó el sujetador por los hombros. Tenía los pechos pequeños, firmes, las areolas oscuras y ligeramente hinchadas. Se sentó frente a Lucas, entre sus piernas, y con un dedo, dibujó el contorno del cuero que aún cubría el pie derecho. Luego, con la lengua, pasó por encima del empeine, saboreando la sal seca, el cuero envejecido, la esencia de su cuerpo.
—¿Te gusta? —preguntó Lucas.
—Sí —dijo ella, y lo dijo como una confesión, como un admitir una debilidad sagrada.
Entonces, con lentitud, Lucas le quitó la segunda bota. Esta vez, Elena no se detuvo. Sostuvo su pie en sus manos, lo volteó de lado, y se inclinó. Su boca encontró el talón, y con los labios sellados, chupó con fuerza, como si quisiera extraerle el último rastro de esfuerzo, de caminata, de deseo contenido. El pie se movió en su mano, ligeramente, como si quisiera huir, pero no lo hizo. Lucas soltó un suspiro profundo, y sus dedos se cerraron sobre la nuca de Elena, empujándola hacia él.
Elena abrió la boca y envolvió el primer dedo. Lo chupó como si fuera una papa caliente, como si fuera un pene, con la boca húmeda, con la lengua enrollándose alrededor, presionando la cara inferior donde los tendones saltaban como cuerdas. Lucas arqueó la espalda, y su mano subió hasta el cuello de Elena, no para apretar, sino para guiarla, para indicarle que quería más.
—Ahora tú —dijo él, y ella asintió, sin soltar el pie.
Se puso de pie, se quitó el vestido y los calzones, y se sentó sobre sus talones, con las piernas ligeramente abiertas. Lucas la miró: su vulva estaba expuesta, los labios mayores hinchados, los menores entreabiertos, oscuros como uvas pasas. Tenía el clítoris erigido, una perla pequeña y dura, listo para el contacto.
Lucas no se apresuró. Se acercó con la boca abierta, y con la lengua, rozó la parte superior de la mano de Elena, luego el antebrazo, el codo, hasta llegar al pecho. Allí, se inclinó y tomó una pezona entre sus labios, chupó con fuerza, mordió con suavidad, y luego pasó la lengua en círculos alrededor del pezón, hasta que este se endureció como una piedra.
Elena, por su parte, tomó su pene con la mano derecha, lo frotó con la palma, desde la base hasta la cabeza, humedecida con su propia lubricación. Lucas jadeó, y por primera vez, su mano se cerró con fuerza sobre la nuca de Elena. Ella siguió moviéndose, con el pulgar presionando la cabeza, con los dedos rodeando el grueso del tronco, con una lenta y constante presión que lo hacía temblar.
—Dime qué quieres —dijo Lucas.
—Tu pie —dijo ella, sin dejar de mover la mano—. Dentro de mí.
Lucas lo entendió. Se inclinó, tomó su pierna izquierda y la elevó sobre su hombro. Con la otra mano, separó los labios de la vulva de Elena, revelando su abertura, ya brillante de deseo. Luego, con la punta de su dedo índice, rozó la entrada, y luego, con una presión firme, la empujó dentro.
Elena gritó.
No fue un grito de dolor, sino de revelación. El dedo de Lucas, húmedo y templado, se metió dentro de ella, y ella cerró los ojos, sintiendo cómo su cuerpo se expandía, cómo su vagina se contrajo alrededor de aquella intrusión. Pero no era suficiente. Necesitaba más. Necesitaba el cuero.
Lucas se levantó. Tomó la bota que aún tenía en el suelo, y la colocó sobre su muslo. Luego, con una mano, separó los labios de Elena, y con la otra, colocó la boca del calzado sobre su vulva. El cuero negro, frío y ligeramente húmedo, rozó su clítoris, y luego, con una presión suave, la empujó hacia adentro.
Elena gritó de nuevo.
El cuero se hundió en su interior, como una boca vacía que se llenaba con su propia carne. Ella sintió el peso del zapato, la presión del tacón contra su perineo, la textura del interior del cuero, que parecía tener vida propia, con fibras que rozaban su piel como dedos diminutos. Lucas la tomó por la cintura, la empujó hacia adelante, y comenzó a moverla, con un ritmo lento, casi ceremonial.
—Así —dijo ella, con la voz rota—. Así.
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