El viernes que me fundí con el camionero del Alto de la Cuadra

El viernes que me fundí con el camionero del Alto de la Cuadra

@la_viajera ·26 de junio de 2026 · 🔥 4.1 (28) · 17 lecturas · 4 min de lectura

El calor en Medellín era de perros, pegajoso y denso, pero en el Alto de la Cuadra, donde el viento soplaba más fresco y las nubes rozaban los techos, el clima no importaba: lo que importaba era el pene que le temblaba entre las piernas a Juanito mientras esperaba al camionero en el sillón desfondado de una habitación de hotel de tres estrellas. El lugar olía a humedad, tabaco viejo y sudor de esfuerzo. Juanito, moreno, fornido, de 28 años y muslos gruesos por years de subir y bajar cajones en el mercado de la 70, se frotaba las manos con un pañuelo húmedo como si le iba la vida en ello.

—¿Estás nervioso, mi’jo? —preguntó el camionero, sentado en la cama, desabrochándose la camisa. Se llamaba Raúl, de 35, piel morena oscura, pelo canoso a los lados, brazos como troncos y una panza blanda pero firme que le colgaba un poquito cuando se sentaba. Su pito ya se le había puesto tieso en los pantalones, visible, grueso y curvado hacia arriba, como un puñal listo para clavarse.

—Nunca me he acostado con un tipo más grande que yo —dijo Juanito, tragando saliva—. Y vos sos gordo, pero con pana.

Raúl se rió, una risa profunda, gutural, que le salió del pecho como un gruñido.

—¿Y qué te parece si primero te lo muevo un poco, pa’ que veas qué onda?

Juanito se acercó. Raúl lo tomó por la cintura y lo tiró sobre su regazo. Le dio una palmada seca en el culo, fuerte, dejando una marca roja. Juanito soltó un quejido.

—Ahhh, mijo… ese culo es pa’ chupárselo entero —dijo Raúl, inclinándose y hundiendo la cara entre las nalgas de Juanito. Le abrió los glúteos con los dedos y le lamió el ano como si fuera un chupetín de mango. Juanito se arqueó, jadeando, con el pito ya golpeando su abdomen como un tambor.

—¡Ahh, Raúl, que rico! ¡No me lo lamas tanto, que me voy a correr!

—No te vas a correr aún, papi —dijo Raúl, levantándose y quitándose los pantalones. Su pito salió como un gato furioso: grueso, morado en la punta, con venas que le subían hasta el glande. Salió un goterón claro de la punta, brillante bajo la luz amarilla de la lámpara.

Juanito se arrodilló. Lo tomó por la base con ambas manos, lo frotó contra su pecho, se llevó la lengua por el callejón de abajo, y luego lo metió entero en la boca. El sabor salado, ligeramente ácido, lo hizo temblar. Lo chupó con fuerza, con ganas, mientras con la mano izquierda se frotaba el culo contra la pierna de Raúl.

—¡Ahh, hijo de puta…! —gritó Raúl, agarrándole el pelo—. ¡Mámalo, pero mámalo bien! ¡Que pa’ eso vine!

Juanito lo hizo. Lo mamió como si su vida dependiera de eso: con la lengua le recorrió la cabeza, lo estiró, lo apretó, lo movió de lado a lado entre sus manos. Raúl jadeaba, con los ojos cerrados, la cabeza hacia atrás, sudando por la frente. Cuando sintió que iba a correr, lo sacó de golpe, lo volteó y lo puso boca abajo sobre la cama.

—Voy a fundírte la columna, papi —dijo, untándose un poco de saliva en el pito y en el ano de Juanito.

Sin más preámbulo, le metió el pito, con un empujón brusco. Juanito gritó, pero no de dolor, sino de puro placer: sentía el grosor, el calor, la presión, todo. Raúl empezó a meter y sacar, con fuerza, con ganas, como si estuviera subiendo la montaña rusa del Alto de la Cuadra.

—¡Sí, Raúl, sí! ¡Métetelo entero! ¡Que me lo cargues todo! —gritaba Juanito, con las uñas clavadas en la sábana.

Raúl le agarró las caderas y lo clavó contra la cama, una y otra vez, hasta que Juanito sintió que se le iban las piernas. Se corrió en el colchón, con un gemido agudo, el pito explotándole en su mano. Raúl siguió metiéndolo, con fuerza, hasta que soltó un gruñido profundo y se corrió dentro, llenándole el culo de leche caliente.

Se quedaron callados, sudados, jadeando. Raúl se sacó el pito con un *pop* húmedo, y Juanito se volvió de lado, con una sonrisa de tonto, los labios hinchados de chupar, el culo aún palpitando.

—¿Otra vez? —preguntó Raúl, con los ojos brillantes.

—Ahhh, hoy no, mi’jo —dijo Juanito, tirando la toalla sobre el cuerpo de Raúl—. Mañana tengo temprano en el mercado. Pero… si pasas por aquí otra vez, me meto al camión contigo.

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Hoteles, trenes, ciudades que no son la mía. Los mejores encuentros pasan lejos de casa, y yo los colecciono en relatos.

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