Lo que pasó en el bar de la esquina
7 minLo que pasó en el bar de la esquina
La puerta del bar sonó con un chasquido seco cuando Emilio entró, y el aire cargado de humo de cigarro y cerveza fría le golpeó la piel como un abrazo inesperado. Ya era tarde, casi las once, y el local, un lugar viejo con mesas de madera oscura y luces tenues de lámparas de cristal, tenía esa atmósfera de confesión silenciosa que solo los bares de barrio saben ofrecer: donde los secretos no se gritan, se susurran entre risas y tragos.
Él se acercó al mostrador, se sentó en el taburete del fondo —el único libre— y pidió una caña. Señaló con la cabeza al mozo, un tipo menudo con barba de tres días que parecía haber nacido entre botellas y cervezas.
—¿La misma de siempre, Emilio? —preguntó, limpiando con un paño ya húmedo el borde del vaso.
—Sí, la misma —respondió él, con una sonrisa apenas perceptible, y se volvió hacia la puerta cuando escuchó el arrastre suave de pasos.
Luis entró como si perteneciera al lugar: camisa blanca entreabierta, mangas subidas hasta los codos, el pelo castaño ligeramente despeinado por el viento del atardecer. Tenía los ojos claros, casi verdes, y una sonrisa que parecía haberse ganado la vida entera de sonrisas. Emilio lo conocía desde hacía menos de un mes: Luis trabajaba en la imprenta de al lado, un local pequeño donde se imprimían afiches de ferias, carteles de cines viejos y folletos de ferreterías. Se habían saludado varias veces por la ventana, se habían compartido un cigarro una tarde de lluvia, y esa tarde, mientras Luis fumaba frente al bar, Emilio lo había invitado a tomar algo.
—¿Te importa si me sentó acá? —preguntó Luis, ya frente al mostrador, con la voz un poco ronca, como si el día lo hubiera agotado, pero con un brillo en la mirada que no mentía.
—Claro que no —dijo Emilio—. Vení, sentate.
Luis se subió al taburete, cerca, pero no demasiado. Emilio notó el leve sudor en su cuello, la forma en que su camisa se ajustaba en los hombros, la manera en que sus dedos, largos y con uñas bien cortas, acariciaban el borde del vaso cuando el mozo le sirvió una cerveza.
—¿Qué te trajo por acá? —preguntó Luis, tomando un trago largo—. No parecés del bar.
—Soy de la esquina, no del bar —corrigió Emilio—. Y hoy necesitaba salir. El teclado me estaba haciendo daño a los ojos.
Luis rió, una risa suelta, sin forzar, y Emilio sintió algo en el pecho, un estremecimiento leve, como el primer latido de un corazón que recuerda cómo latir.
—Yo también —dijo Luis—. Hoy me di cuenta de que no he escrito nada en tres días.
—¿Escribís? —preguntó Emilio, inclinándose un poco.
—Sí. Poesía. Pero nadie la lee.
—Eso no es cierto. Todo el mundo lee poesía. Solo que no la busca en las librerías. La busca en los ojos de los otros.
Luis lo miró fijo, y en ese instante, el mundo pareció encogerse hasta el espacio entre ellos: el olor a cerveza, tabaco y jabón de manos; el leve roce de sus rodillas casi tocándose; el latido de la música de fondo, una canción antigua de Sui Generis que nadie mencionó, pero que todos escucharon.
—Mirá, Emilio —dijo Luis, bajando la voz—, no soy de los que se acercan a cualquiera. Pero hoy… hoy sentí que no podía no venir.
Emilio no respondió de inmediato. En su lugar, levantó su vaso, lo llevó a los labios, tomó un trago corto, y luego lo dejó sobre el mostrador con un golpe seco.
—Yo tampoco soy de los que se acercan —dijo—. Pero vos… vos tenés esa forma de mirar que me hace pensar que, si no lo hago ahora, después me va a doler más.
Luis sonrió, pero no fue una sonrisa de triunfo, sino de entrega. Se inclinó hacia adelante, lo suficiente para que Emilio sintiera su aliento, cálido y ligeramente dulce, como el ron que había usado en el café de la tarde.
—¿Y si vamos a tu casa? —preguntó.
Emilio lo miró a los ojos, y en ese gesto hubo una promesa: no de posesión, no de posesividad, sino de encuentro. De deseo.
—Vamos —dijo.
La noche los envolvió al salir del bar. El aire estaba fresco, pero no frío, y la calle, estrecha y empedrada, parecía hecha a medida para caminarla despacio, sin prisa, saboreando cada paso. Luis caminaba un poco detrás de Emilio, observando la curva de su espalda, la forma en que sus pantalones ceñían las nalgas, la manera en que sus hombros se movían con cada paso. Emilio, por su parte, sentía el peso de su mirada como una caricia constante, y cada vez que se volvía a mirarlo, Luis no apartaba la vista, sino que sonreía con esa mezcla de valentía y ternura que solo tienen quienes saben lo que quieren y no temen decirlo.
La casa de Emilio estaba en el segundo piso de un edificio viejo, con una reja de hierro forjado y una luz amarilla que iluminaba el pasillo. Luis subió los escalones con lentitud, como si temiera que, si corría, la magia se rompiera. Emilio lo dejó entrar, cerró la puerta, y por un momento —solo uno— se quedaron frente a frente, respirando el mismo aire, escuchando el mismo silencio.
—Me gustás —dijo Luis, sin rodeos, sin miedo.
—Yo también te gusto —respondió Emilio—. Y no es que lo diga cualquiera.
Se acercaron lentamente. No hubo necesidad de palabras. Solo el roce de las manos, primero nerviosas, luego seguras. Luis le desabotonó la camisa con dedos temblorosos, y Emilio, mientras le quitaba la suya, sintió el calor de su pecho antes incluso de tocarlo.
—Dejame —dijo Luis, cuando las camisas ya estaban en el suelo.
Se arrodilló frente a Emilio, sin romper el contacto visual, y le desabrochó el cinturón con una calma que era casi un ritual. Emilio respiró hondo, sintiendo cómo su pene, ya medio erguido, se estiraba como una flor al sol. Luis lo sostuvo con una mano, lo acarició con el pulgar por el glande ya húmedo, y luego lo besó: un beso corto, rápido, como una promesa cumplida.
—Estás hermoso —murmuró, y Emilio cerró los ojos, dejándose llevar.
Luis lo llevó hasta la cama, una cama sencilla, con sábanas blancas y una manta de lana. Emilio se recostó, y Luis se subió con él, sentado sobre sus muslos, con las piernas abiertas, los pies apoyados en el colchón. Emilio le desabrochó el pantalón, lo bajó con lentitud, y ahí estaba: su pene, moreno, ligeramente curvado, con un escroto suave y pesado.
—Voy a quererte todo el tiempo —dijo Luis, mientras se inclinaba para besar el vientre de Emilio—. No me importa si vos no querés lo mismo. Solo quería decírtelo.
Emilio no respondió. En su lugar, lo tomó de las caderas y lo bajó sobre sí, hasta que sus cuerpos se tocaron de pierna a pierna, pecho a pecho, sudor a sudor. Se besaron entonces, con una intensidad que no pedía más que ser correspondida, y cuando Luis se movió, cuando empujó su pene contra el de Emilio, sintieron ambos que algo en su interior se rompía, algo viejo, algo que ya no servía.
—Garchame —dijo Emilio, con la voz rota—. Que me garches como si no hubiera un mañana.
Luis no se hizo de rogar. Se lubrificó con la saliva, se puso en posición, y con una mano en la cadera de Emilio, se hundió en él poco a poco, hasta que los dos exhalaron el mismo aliento, como si hubieran estado esperando ese momento desde siempre.
Emilio lo sintió adentro, caluroso, firme, vivo. Y cuando Luis empezó a moverse, con un ritmo lento al principio, luego más rápido, con los ojos cerrados y los labios entreabiertos, Emilio lo abrazó con fuerza, como si temiera que se deshiciese entre sus brazos.
—Sí, así —dijo—. Garchame, garchame fuerte.
Luis no respondió con palabras, sino con acciones: con las uñas clavadas en su espalda, con los besos en su cuello, con el jadeo que se le escapaba como un grito ahogado. Emilio se movió con él, subiendo las cader
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Creo en el erotismo de la buena prosa. Romance, elegancia y esa pasión clásica que no necesita ser vulgar para encender.