El vecino de arriba
6 minEl vecino de arriba
Yo tenía veintitrés años, y él, cincuenta y uno.
Me llamó la atención desde el primer día que mudó al departamento del fondo, al otro lado del pasillo. No por su aspecto —que era correcto, sí, pero nada llamativo— sino por la manera en que caminaba: con la seguridad de quien ya ha visto pasar muchas temporadas, y aún así sigue en pie, erguido, sin prisa. Se llamaba Andrés. Me enteré por la vecina de enfrente, Doña Rosa, que lo había visto firmar el contrato en la oficina del edificio. “Es ingeniero, o algo así. Ya no trabaja de tiempo completo, dice”, me dijo mientras me daba un chicle de naranja. “Pero siempre anduvo soltero. Hasta que se le murió la esposa, hace tres años, ¿no?”, añadió, como si eso lo explicara todo.
Yo, que hasta entonces había tenido novios de mi edad —chavos que jugaban fútbol, que salían de fiesta los viernes, que no sabían lo que era una cena en silencio sin que alguien revisara el celular—, no sabía muy bien qué esperar de alguien como él. Pero lo vi por primera vez de verdad el primer viernes de junio, cuando la lluvia llegó tan fuerte que parecía que el cielo se desbordaba. Estaba en mi departamento, con las pantallas del techo abiertas, intentando secar mi ropa mojada con el aire caliente del ventilador, cuando escuché un golpe seco en mi puerta.
Era él.
Traía el pelo negro con hebras plateadas mojado, pegado a la frente. Su camiseta blanca, casi transparente, se le pegaba al pecho, y en la piel que se veía bajo los hombros, la humedad brillaba como aceite bajo el sol. Tenía los brazos cruzados, no por frío, sino por cortesía.
—Disculpa —dijo, voz grave, lenta—. ¿Tienes un trapo seco? Se me cayó el agua del techo en el pasillo, y no quiero que se dañe el piso.
Le dije que sí, claro, y lo dejé entrar un instante. No por invitarlo, sino porque el armario donde guardaba los trapos estaba justo en el pasillo. Pero al hacerlo, sentí el calor de su cuerpo antes de que lo cruzara. No era agresivo, era cálido, denso, como una sábana recién secada al sol.
—Gracias —dijo, tomando el trapo. No lo dijo con prisión, ni con timidez. Como quien recibe algo que ya sabía que estaría ahí.
Y así empezó todo.
Los días siguientes, me encontraba con él en el pasillo, o en el elevador, o en el estacionamiento. A veces me dejaba una fruta en la puerta: un limón recién arrancado del árbol del jardín, una piña madura, un par de naranjas jugosas. Nada de llamadas, ni mensajes. Solo gestos lentos, deliberados.
Una noche, después de que la temperatura bajó y el cielo se limpió hasta quedar tan negro que parecía de terciopelo, lo vi sentado en el banquillo del jardín, fumando un cigarro. La luz del farol lo iluminaba de lado, marcando las arrugas de los ojos, la curva de la barbilla, la forma en que su cuello se inclinaba un poco cuando exhalaba el humo.
Me senté a un par de metros, sin mirarlo de frente.
—¿Te gusta el jazmín? —pregunté.
—Sí —dijo, apagando el cigarro con la punta del zapato—. Huele a verano viejo.
—¿Verano viejo?
—El que ya se sabe que va a terminar, pero aún no se despidió del todo.
No supe qué responder. Solo le miré las manos: largas, nudosas en las articulaciones, con manchas doradas de sol. Manos que habían cargado cosas pesadas, que habían escrito cartas, que habían acariciado a alguien en la oscuridad.
—¿Tú qué sabes de veranos viejos? —preguntó, por fin mirándome.
—Nada. Solo sé que los de aquí, en la ciudad, se hacen largos. Y calurosos.
—Sí —dijo, y esta vez sí me sonrió. Pequeño, apenas una curva en los labios, pero con algo de carga, como una confesión contenida.
Se levantó, y yo también. No por obligación, sino porque mi cuerpo ya sabía lo que quería antes de que mi mente lo procesara.
—¿Quieres subir? —me preguntó.
—Sí.
No dije “¿a tu departamento?”. No fue necesario.
Subimos las escaleras despacio. Él, un paso por delante. Yo, siguiendo el rastro de su olor: café, tabaco, sal y algo más que no pude nombrar, pero que reconozco ahora como seguridad. En el tercer piso, se detuvo, puso la mano sobre la puerta, y por un segundo me miró, como para confirmar.
Yo asentí.
Dentro, el apartamento era limpio, ordenado, sin prisas. Muebles de madera oscura, una cama baja en la habitación, una ventana con cortinas blancas que se movían con la brisa. No había fotos de su esposa. Ni siquiera un recuerdo enmarcado. Solo silencio.
—Si no quieres, no tienes que hacerlo —me dijo, sentándose en el borde de la cama, sin mirarme.
—Sí quiero —respondí, y esto sí lo dije con certeza.
Me acerqué. Me detuve frente a él. Le quité la camiseta sin prisa. Vi su pecho, moreno, con vello grisáceo, y las cicatrices de una cirugía antigua, apenas perceptibles. No me detuve. Bajé las manos, sentí la textura de su piel, la tensión de sus músculos. Él inhaló, pero no habló.
Me desnudé yo también. Le dejé verme, no por vanidad, sino porque quería que me viera tal como soy: veintitrés años, caderas anchas, pechos pequeños, piel suave, y entre las piernas, el vello oscuro, natural, sin depilar.
Se puso de pie despacio. Me tomó la cara entre las manos, con la misma lentitud con que había apagado el cigarro. Me besó.
No fue un beso de juventud, ni de desesperación. Fue un beso de experiencia. De labios que saben cómo se siente la piel antes de tocarla. De lengua que conoce el sabor del miedo y lo disuelve con paciencia.
Me senté en la cama. Él, detrás de mí. Me deslizó las manos por las nalgas, las apretó con suavidad, como si las estuviera midiendo. Luego, me separó los muslos. Me di vuelta, y lo vi acercarse con su verga ya dura, gruesa, cubierta de preseminal, la punta rosada y brillante.
No le pedí nada. No le dije qué quería. Me abrió las piernas más, se posicionó, y entró.
Fue lento. Tan lento que al principio no sentí dolor, solo presión, plenitud. Como si mi cuerpo hubiera estado esperando esa sensación desde antes de nacer. Él se detuvo, me miró a los ojos.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí —dije—. Sigue.
Y así siguió.
Movimiento tras movimiento, sin apuro, con una cadencia que parecía seguir el ritmo de mi respiración. Cada empujón era un susurro en mi oído. Cada pausa, un beso en el cuello, un mordisco leve en la oreja. Me tomó los pechos, los apretó con la palma, y cuando me acarició los pezones con los pulgares, sentí cómo se me erizaba la piel.
—Eres hermosa —me dijo, por tercera vez esa noche—. Tan joven… y tan entregada.
No supe si era un halago o una confesión. Pero me hizo sentir poderosa.
Llegamos al borde juntos. Él, con la frente contra mi hombro, jadeando, sus manos aferradas a mis caderas. Yo, con los dedos clavados en su espalda, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba, y luego se derramaba dentro de mí.
No hablamos después. Solo nos quedamos allí, entre sábanas húmedas, con el aire frío entrando por la ventana, y el jazmín oliendo más fuerte que nunca.
Cuando me fui, me acompañó hasta la puerta. Me besó otra vez, breve, como un “gracias”.
—Mañana vuelvo —le dije.
—Sé que sí —respondió.
Y era cierto.
Porque desde esa noche, cada vez que oigo pasos en el pasillo, siento que el verano no ha terminado.
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Cuerpos sin prisa, bajo el cielo abierto. Lo sensorial, lo natural, el deseo que se toma su tiempo como el río.