El último andén de Retiro
4 minEl último andén de Retiro
La lluvia ligera pegaba a la ventana del tren regional como un beso tibio y persistente. Clara, de veinticuatro años con una mirada que ya había leído demasiados finales prematuros, se acomodó en el asiento de tela marrón, el único libre en el vagón casi vacío. Tenía el pelo rubio oscuro, recogido en un nudo torpe, y un suéter de lana gruesa que no alcanzaba a esconder la curva de sus caderas ni el temblor de sus manos al ajustarse el cuello.
—Disculpá, ¿este es el último andén? —preguntó una voz ronca, casi áspera, detrás suyo.
Ella giró. Él estaba parado en el umbral del compartimento, con una maleta de cuero viejo en una mano y un termo en la otra. Cincuenta y pico, seguro. Barba canosa recortada con precisión militar, cejas marcadas como tatuadas, y una cicatriz pequeña en la frente que se hundía en la piel como una pregunta sin responder. El traje gris, arrugado por el viaje, le quedaba ancho en los hombros, pero ajustado en la cintura: hombre que aún se movía con la seguridad de quien sabe cuánto pesa cada paso.
—Sí —dijo Clara, intentando sonar más segura de lo que se sentía—. Aunque el tren se detiene en Retiro, no en el andén final. Ahí no hay más que un muro y un portero viejo que se duerme con el periódico en la cara.
Él sonrió. No fue una sonrisa rápida ni forzada. Fue lenta, calculada, como si ya hubiera leído el guión de esa conversación antes de que ella dijera la primera palabra.
—Entonces, ¿me acompañás hasta el final? —preguntó, dejando la maleta en el portaequipajes y sentándose frente a ella, pero no directamente frente: un poco de lado, para que sus rodillas no se tocaran, pero sí para que el espacio entre ellos se volviera íntimo, una cuerda tensa.
—Soy Esteban —dijo, sin darle tiempo a responder.
—Clara.
—Clara —repitió él, como si lo guardara en la boca un par de segundos más de la cuenta—. ¿Y por qué viajás tan temprano, con la lluvia encima?
Ella bajó la vista a sus manos. Tenía uñas mordidas, pero bien cuidadas, pintadas de un rojo oscuro que ya empezaba a pelarse.
—Me fui de casa. No aguantaba más.
Él no preguntó quién la hacía huir. No era necesario. Ya tenía la respuesta en su silencio. En la tensión del hombro izquierdo, en la forma en que se mordía el labio inferior cada vez que mencionaba algo de su pasado.
—A veces —dijo Esteban, desabotonándose la manga del saco— uno se tiene que sacar el polvo de los bolsillos antes de que le quiten el aire.
Clara alzó los ojos. Y por primera vez, no sintió curiosidad, ni lástima, ni miedo. Sintió reconocimiento.
El tren se detuvo en Once. Subió un par de pasajeros, uno con un perro chico en bolso. El conductor pasó sin mirarlos. El silencio volvió, más denso, más cargado.
—¿Te importa si me saco el saco? —preguntó Esteban, y antes de que ella respondiera, ya lo había dejado sobre el asiento de atrás, revelando una camisa blanca que se estiraba alrededor de su pecho, musculoso pero sin fanfarria.
—Me gusta cómo me mirás —dijo él, bajando la voz—. No es con curiosidad, no es con piedad… es como si ya me conocieras.
Clara tragó saliva. Se sentía expuesta, pero no vulnerable. Como si él supiera exactamente dónde estaba cada cicatriz emocional y no las tocara, solo las nombrara con los ojos.
—Yo no —dijo ella, y el voseo le salió natural, espontáneo, como si hubiera nacido con eso en la lengua—. Yo no te conozco. Pero me da miedo que sí.
Él se inclinó hacia adelante, lentamente, hasta que su aliento rozó su mejilla. Y entonces, por primera vez, Clara notó su olor: tabaco frío, cuero viejo y algo más, algo que no sabía nombrar pero que le hizo acelerar el pulso.
—No tenés que tener miedo —susurró—. Solo vení conmigo hasta el final del andén. No prometo nada. Solo… viví este minuto como si fuera el primero.
Clara no respondió con palabras. Se puso de pie, le tendió la mano y lo tiró suavemente hacia ella. Él la tomó. Sus dedos, grandes y cálidos, se cerraron alrededor de los suyos con una fuerza que no apretaba, pero tampoco permitía escapes.
Y así, con las manos entrelazadas y la lluvia golpeando el cristal detrás suyo, esperaron juntos la llegada del tren a Retiro. Aunque sabían que lo verdaderamente importante no era el destino. Sino lo que pasaría una vez que bajaran del tren.
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