El tiempo en su piel
4 minEl tiempo en su piel
A él lo conocí en la biblioteca municipal, un viernes a las siete y media de la tarde, cuando ya el sol se había deslizado por el techo de vidrio y dejaba en el suelo manchas doradas que se arrastraban como miel derretida. Yo tenía veintitrés, recién salía de la universidad con la licenciatura en literatura, y andaba buscando algo que me sacara de la rutina de libros de texto y exámenes. Él, los cincuenta y uno, con los cabellos plateados peinados atrás, la barba bien recortada y las manos grandes, de hombre que ha tenido que sostener, construir, cargar. Llevaba una chaqueta de lino color crema, desabotonada, y una camisa blanca que se le pegaba un poco en la espalda por el sudor del camino.
—¿Me ayuda a encontrar algo? —le dije, fingiendo urgencia con *El amante* de Duras, que ya llevaba tres vueltas en mi cartera.
Se acercó sin prisa, olía a café negro, tabaco frío y jabón de afeitar con vetas de sándalo. Me miró sin apuro, como si ya hubiera leído el libro, como si supiera que no era eso lo que yo buscaba.
—¿Duras? —preguntó, y su voz sonó como un viejo vinilo que gira despacio, con un leve crujido de madera.
—Sí —respondí—, pero la verdad es que hoy no me apetece leerlo.
Me sonrió entonces, con los ojos primero, antes que con la boca. Esa sonrisa no tenía prisa por llegar.
—Yo tampoco. Vamos a sentarnos a la terraza, si le parece.
La terraza tenía mesas de madera viejas, con grietas donde crecían musgos en verano. Él ordenó dos te de manzanilla con miel, y mientras esperábamos, me miró las manos, luego los ojos, luego la nuca —como si estuviera leyendo algo que no estaba escrito.
—¿Por qué Duras? —preguntó al fin.
—Porque dicen que es difícil, que es intensa… y yo ando buscando intensidad.
—La intensidad no se busca en páginas —dijo, y bebió un trago lento—. Se deja caer, como el agua en la tina.
Se levantó, me tendió la mano. No la tomé al instante. La miré: la palma abierta, las venas azules bajo la piel, las uñas cortas y limpias. Me pareció una promesa hecha carne.
—¿Le parece si vamos a mi casa? —dijo, sin atreverse a mirarme fijamente—. Tengo una botella de mezcal viejo, y no me gustaría beberlo solo.
Caminamos sin hablar, con la distancia justa para que su olor me envolviera sin invadir. En su casa, las paredes estaban pintadas de terracota, los muebles bajos, de madera oscura. Me senté en el sofá, y él se arrodilló frente a mí para desatarme los tenis. Sus dedos rozaron el empeine con una lentitud que me hizo estremecer.
—Usted no andaba buscando Duras —dijo, sin mirarme—. Andaba buscando que alguien le dijera que no estaba sola.
No respondí. Me incliné hacia adelante y puse mi mano sobre la suya, aún aferrada al tenis. Sentí el calor de su piel, la粗ureza de sus nudillos, la historia que no leía pero que sabía que me esperaba.
Él se levantó, me tomó de la mano y me llevó al cuarto. No hubo apuro. Se quitó la camisa con calma, dejando al descubierto un pecho ancho, con pelos canosos en las puntas de los pezones, un tatuaje borroso de una anciana en el hombro izquierdo —una mujer con un sombrero de paja y una flor detrás de la oreja. Me acarició la cara con la yema de los dedos, y cuando me besó, lo hizo por la esquina de la boca, luego por el cuello, y por fin en la nuca, donde más me gusta.
Me despojó de la blusa sin desabotonarla: tiró suavemente, y los botones saltaron uno a uno contra el piso. Me miró los pechos, pequeños y firmes, con areolas de color miel oscura. Me los tocó con las palmas primero, como si los estuviera pesando, y luego con los pulgares, lentos, dibujando círculos en los pezones que se endurecieron enseguida.
—Voy a tomarme mi tiempo —dijo—. Porque el tiempo es lo único que no se puede devolver.
Me deslizó el pantalón y la ropa interior juntos, hasta las rodillas. Me levantó la pierna derecha y apoyó la rodilla en el sofá, entre mis piernas. Me miró el pubis, sin vello, limpio, húmedo ya. Me abrió las nalgas con las manos y me lamió el ombligo, luego el labio inferior de la vulva, y cuando metió la lengua, lo hizo con cuidado, como si temiera romper algo.
—Estás tan tierna —susurró—. Como un aguacate que aún no sabe que va a madurar.
Me giró, me pidió que me apoyara en sus muslos, y cuando se quitó los pantalones yo vi su verga: gruesa, larga, con la cabeza rosada, y un vello cano en el monte del pubis. Me la pasó por la cara, y su olor me llenó la nariz: sal, sudor, miel y tierra.
—¿Quieres ver cómo te quiero? —me preguntó.
Asentí. Me senté sobre él, con la verga en la entrada, y bajé poco a poco, sintiendo cómo me abría, cómo se llenaba de mí, cómo su cuerpo se estremecía con cada centímetro que cedía. Me tomó de las caderas, me sujetó como si temiera que me escapara, y cuando por fin me senté del
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Cuerpos sin prisa, bajo el cielo abierto. Lo sensorial, lo natural, el deseo que se toma su tiempo como el río.