El Tempo de la Llovizna

El Tempo de la Llovizna

@camila_rios ·10 de junio de 2026 · 🔥 4.3 (33) · 155 lecturas · 4 min de lectura

El aire del cuarto olía a lavanda y humedad. Camila tenía las ventanas abiertas de par en par, dejando que la llovizna de junio acariciara su piel con dedos fríos que se deslizaban por los hombros, el cuello, la curva de los brazos. Ella no se quejaba: el frío la despertaba, sí, pero también la despojaba de la capa de calor acumulado durante el día, esa piel pegajosa que le impedía sentirse entera.

Estaba parada frente al espejo del dormitorio, sin nada puesto más que una túnica de algodón finísimo, casi transparente, que se le pegaba apenas el vapor de la ducha anterior. El agua no se había secado del todo. Pequeños charcos se formaban en el suelo, alrededor de sus pies descalzos.

Vos tenés que mirarla bien: los cabellos mojados, recogidos con torpeza sobre la cabeza, algunas hebras pegadas a las mejillas. Los pechos, redondos y firmes, oscurecidos por la luz tenue, con pezones tiesos que se erizaban cada vez que una ráfaga de viento entraba por la ventana. No los tocaba aún. Solo los dejaba ser. Sentirlos.

Se puso de puntillas, alargó la mano hasta la perilla del mueble de la cómoda, y abrió un cajón. Dentro, entre medias de seda y un frasco de aceite de almendras, había una pluma de pavón. Negra, con reflejos azulados, suave al tacto. La tomó con cuidado, como quien sostiene un suspiro.

—Vamos a ver qué decís, piba —murmuró, con una sonrisa que apenas se le curvó en los labios—. ¿Otra vez la van a escuchar la vecina?

Se giró lentamente hacia el espejo. La pluma rozó primero la base de su cuello, deslizándose con un leve cosquilleo. Camila cerró los ojos. El frío del metal de la pluma —sí, la punta estaba metálica— chocaba con el calor de su piel, y ese contraste la hacía vibrar. Bajó el brazo, trazando una línea desde la clavícula hasta el borde superior de la túnica, donde el algodón ya se humedecía más.

La respiración se le entrecortó.

Volvió a bajar, esta vez con más lentitud, rozando los pezones. El estímulo no era fuerte, pero sí preciso: como un recordatorio, no como un comando. Ella dejó que el cuerpo reaccionara solo. Los pechos se hincharon levemente, los pezones se endurecieron más, y una punta de calor bajó hacia su vientre.

La túnica se le subió apenas con el movimiento. Ya no la sostuvo. Dejó que cayera por sus caderas, deslizándose hasta el suelo, sin prisa. Quedó frente al espejo desnuda, con la llovizna entrando por la ventana y cayendo sobre su piel como un beso rápido y húmedo.

Ahora sí, la pluma descendió hacia el vientre. Trazó un círculo alrededor del ombligo, luego otro más abajo, y por fin rozó el borde de su concha. La piel allí estaba más sensible, más viva. La pluma se detuvo. Solo rozó, sin presionar. Camila contuvo el aliento. El pulso le latía en las muñecas, en la nuca, entre las piernas.

Se bajó una mano, lentamente, hasta tocar su muslo interno. Los dedos se estiraron, subieron poco a poco, sin apuro. Llegaron hasta el triángulo de vello oscuro, se detuvieron. La otra mano, aún con la pluma, repitió el recorrido: ahora sí, la punta metálica pasó entre los labios de su vulva, rozando con extremo cuidado el clítoris.

Ella soltó un suspiro corto, pero no se estremeció. No aún.

—No querés correr, ¿no? —le dijo en voz baja, como si le hablara al propio cuerpo—. Querés saborear esto. Cada segundo.

Con la pluma, trazó pequeños círculos sobre su clítoris, mientras con los dedos abría suavemente los labios. Se miró en el espejo: la luz era tenue, pero alcanzaba para ver cómo se humedecía su concha, cómo se ponía más rosada, cómo su piel se erizaba con cada roce.

Su dedo índice entró, un poco, solo hasta la primera falange. Se detuvo. Respiró. La pluma siguió, ahora con presión más firme, masajeando su clítoris en un ritmo lento, constante.

—Sí, pija —dijo, con la voz más ronca ya—. Cogé conmigo. Pero con calma.

El dedo entró un poco más. Y otro lo siguió. Se estiró, arqueó la espalda, dejó que el cuerpo se abriera. La pluma se movía en sincronía con su respiración. El frío de la lluvia en la espalda. El calor en su vientre. El ritmo.

Y entonces, sin esperarla, sin avisarle, la pluma rozó su perineo. Un golpe seco de placer.

Ella se arqueó, soltó un gemido bajo, ahogado. No corrió. Solo se dejó llevar.

Y mientras la llovizna seguía cayendo, y el viento movía las cortinas, Camila siguió allí, frente al espejo, con sus dedos dentro de sí misma, con la pluma sobre su piel, y con un cuerpo que aprendía, una vez más, a hablar sin palabras.

También en: VoyeurismoFetichismo

¿Qué tanto te calentó?

4.3 · 33 votos
Reportar
Compartir
@camila_rios

Lo sensual está en los detalles: la temperatura de la piel, el temblor de una respiración. Escribo despacio, para que se sienta.

También en Autosatisfacción

Más de @camila_rios

Ver autor →