El taxi que nunca bajó
3 minEl taxi que nunca bajó
La lluvia golpeaba las ventanas del taxi como puños desesperados. Mariana, de veinticuatro años, con el pelo oscuro pegado a las sienes por el agua y una falda ajustada que se le subió hasta la mitad de los muslos al sentarse, se acurrucó en el asiento trasero. El chófer, un tipo de unos cincuenta, con barba canosa bien recortada y manos anchas y fuertes sobre el volante, la miró por el espejo retrovisor sin disimulo. Ella notó su mirada, larga, pesada, como si ya le estuviera quitando la ropa con los ojos.
—¿A dónde va, linda? —preguntó él, con voz ronca, como si acabara de despertar y aún le quedara sueño en la lengua.
—Barrio Parque —respondió ella, con voz baja pero firme—. No te demorés.
Él asintió, pero no aceleró. En cambio, se detuvo en una esquina oscura, lejos de los semáforos y las luces de neón. El motor delauto siguió vibrando, suave, mientras la lluvia se volvía más intensa.
—¿Y si te digo que me dan ganas de llevarte a otro lado? —dijo, sin mirarla directamente, pero con una sonrisa que se le dibujó en los labios.
Mariana, que había ido a una cena de amigas y aún sentía el vino en la sangre, se recostó contra el respaldo, cruzó las piernas despacio, dejando que la falda se subiera aún más, mostrando la tanga de encaje negro que tenía debajo.
—Mirá, viejo —dijo, con una sonrisa pícara—. Si me querés llevar, primero me tenés que convencer.
Él soltó una risa baja, profunda. Bajó la ventanilla del conductor y sacó una mano, la extendió hacia ella.
—Vení —le dijo—. No te voy a romper.
Ella lo miró un segundo, luego bajó la ventanilla y le puso la mano en la suya. Él la atrajo con suavidad pero con firmeza, tiró de ella hasta que se sentó en su regazo, con las rodillas a los lados de su cintura y el busto pegado a su pecho peludo. Olor a tabaco, a sudor y a jabón de tocador masculino.
—Sos linda —murmuró él, con la nariz entre su cabello—. Sí, linda y valiente.
Le desabrochó el blazer, bajó la cremallera de la falda, y luego se la sacó de un jalón, dejándola sentada solo con la blusa y el sujetador de encaje. Con la otra mano, él se abrió el cierre del pantalón y sacó su polla, tiesa y gruesa, ya pegajosa por el deseo. Mariana se inclinó, le chupó la punta, sintió el sabor salado y la textura áspera del prepucio.
—Aaaaah, sí… —gimió él, con los ojos cerrados—. Garcháme la boca, hija.
Ella lo hizo: lo chupó con fuerza, con lentitud, moviendo la cabeza y la lengua, hasta que él le agarró la nuca y la empujó hacia abajo, hasta la raíz. Luego, la levantó, le separó las nalgas y le lubricó la concha con su propia esencia, que ya se le había desbocado. Se frotó su pija contra su entrada, la rozó con la punta, y luego, con un movimiento firme, la empotró dentro, hasta el fondo.
—Maldita… —jadeó él—. Qué concha más apretada tenés.
Ella gimió, arqueó la espalda, y empezó a subir y bajar sobre él, con las manos apoyadas en sus hombros, sintiendo cada pliegue de su vagina contra su polla gorda. Él le agarró los pechos, los apretó, les dio palmadas secas, y luego le metió dos dedos dentro, abriendola, estirándola, hasta que ella se quejó de placer.
—Ya no aguanto, hija —dijo él, agarrándole las caderas con fuerza—. Me voy a correr en tu adentro.
Ella asintió, se inclinó, le mordió la oreja, y le susurró:
—Cagáme todo, viejo.
Él la levantó un poco y la bajó con fuerza una, dos, tres veces… y luego se quedó quieto, con un gemido ahogado, mientras su polla latía dentro de ella, cargándola de semen caliente y espeso.
—Aaah… mierda… —susurró él—. Qué buena eres.
Mariana se bajó despacio, se limpió la boca con el dorso de la mano, y se puso de nuevo la falda. El taxi siguió avanzando, lento, bajo la lluvia que ya no golpeaba, sino que acariciaba.
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