El Sabor del Tiempo
7 minEl Sabor del Tiempo
La luz del atardecer se deslizaba por las ventanas del pequeño estudio en el corazón de San Ángel, teñida de âmbar y oro. En el suelo, sobre una alfombra persa desgastada por años de uso, Daniel sentado con las piernas cruzadas, el pecho descubierto, la piel curtida por el sol y el tiempo, marcada por líneas que no eran solo arrugas, sino historias. Tenía cincuenta y dos años, y su mirada —clara, verde esmeralda— tenía la calma de quien ha aprendido a esperar, a observar, a saborear.
Camila entró con los pies descalzos, el bolso colgando del hombro, el cabello castaño recogido en un nudo desordenado. Veintitrés años, piel olivárea, ojos grandes y oscuros que brillaban con una mezcla de curiosidad y timidez. Había aceptado la cita por curiosidad, no por necesidad. Había leído sobre él en una revista literaria: Daniel Ríos, poeta, traductor, hombre de pocas palabras y muchas pausas. Ella lo había buscado en internet, había visto fotos viejas —joven, oscuro, hermoso— y ahora, allí, frente a ella, el mismo hombre, pero transformado por los años en algo más profundo, más firme.
—Te dije que te quitaras los zapatos —dijo él, sin moverse, con una sonrisa apenas perceptible.
Ella se detuvo en el umbral. El aire olía a café recién hecho, a cedro y a algo más: vainilla y tabaco frío, como si el recuerdo de una costumbre hubiera quedado impregnado en los muebles.
—¿Por qué?
—Porque el suelo está tibio. Porque el silencio se siente mejor sin cuero.
Camila bajó la vista. Se quitó los zapatos de plataforma, los dejó juntos al borde de la alfombra. Caminó despacio, como quien se acerca a un lago en invierno: con respeto, con miedo, pero con ganas de tocar el agua.
Se sentó frente a él, a un metro, con las manos apoyadas en los muslos. No se miraban directamente. Ella observaba sus manos: grandes, con nudillos marcados, uñas cortas y limpias. Una cicatriz pequeña, casi invisible, en el dedo índice. Él, alzó la cabeza por fin, y la miró con lentitud, como si despliegue una carta antigua, cuidando cada pliegue.
—¿Te gustan los poemas de Whitman? —preguntó él, sin cambiar de tono.
—Me gustan, sí. Pero no los leo desde la universidad.
—Entonces, ¿prefieres lo nuevo?
—Depende. ¿Cuál nuevo?
Daniel se inclinó ligeramente hacia adelante. El movimiento fue suave, natural, como un árbol que gira hacia la luz. Las manos se le posaron sobre las rodillas. Ahora sí la miraba fijamente, sin presión, sin urgencia.
—El nuevo que escribí esta semana. No está terminado. Pero… ¿te gustaría escucharlo?
—Claro.
Él asintió, cerró los ojos un instante, como para encontrar las palabras en su cuerpo antes que en su mente.
—Hay una línea que repito desde hace días —dijo—. *“La edad no es una caída, es un descenso controlado hacia lo que ya sabías que era tuyo”.*
Camila frunció el ceño, sonrió.
—¿Tú crees?
—Lo creo cada vez que te tocas el cuello con la mano, como ahora —respondió él, sin pausa—. No es un gesto de inseguridad. Es una forma de revisar tu propia piel, de asegurarte de que aún estás ahí.
Ella bajó la mano, sorprendida. Realmente lo había hecho.
—¿Y si no estuviera?
—Entonces estaríamos hablando con los huesos.
Hubo una pausa larga. Camila respiró hondo. El silencio ya no era incómodo, sino cómplice. Daniel se puso de pie lentamente, como si despertara de una meditación. Se acercó a la ventana, se detuvo con la espalda hacia ella, los hombros anchos, las manos apoyadas en el alféizar.
—¿Te gusta el mar? —preguntó.
—Me encanta. Pero nunca he vivido cerca.
—Yo sí. A los diecisiete, me fui a vivir con mi abuelo en Cabo San Lucas. Aprendí a nadar entre corrientes, a leer el cielo antes de que lloviera, a escuchar el viento en las palmeras como si fueran versos.
—¿Y aprendiste a escribir poemas también?
—No —dijo él, girándose, sonriendo—. Eso me lo enseñaste tú.
Ella rio, suave, inesperado para ella misma. El sonido resonó en el estudio, como una campana pequeña.
Daniel se acercó otra vez, esta vez hasta el borde de la alfombra. Se sentó a su lado, pero no demasiado cerca, con las piernas extendidas, las manos entrelazadas sobre el muslo.
—¿Sabes qué me gusta de tu edad? —preguntó.
—No lo sé.
—Que aún no has aprendido a disimular. Que cada gesto es un intento por comprender. Que no tienes miedo de preguntar, aunque lo hagas con silencio.
Camila lo miró, y esta vez no apartó la vista. Vio las arrugas alrededor de sus ojos, las venas azules en las sienes, la textura de su barba, recortada con precisión. Y no vio edad, sino presencia. Un cuerpo que había amado, llorado, trabajado, soñado.
—¿Y a ti qué te gusta de la tuya? —preguntó.
Daniel tragó saliva, despacio. Sus ojos se oscurecieron un poco, como si una nube pasara frente al sol.
—Me gusta que ya no me pido permiso —dijo—. Que sé que puedo tocar y que no romperé. Que puedo mirar y que no violaré.
Camila respiró. Sintió un calor suave en el pecho, como si alguien hubiera encendido una vela dentro de ella. No era ansiedad, ni nervios. Era atención. Una concentración tan intensa que se volvía sensación.
—¿Puedo tocarte? —preguntó él.
Ella no respondió con palabras. Con la mano izquierda, extendió los dedos y los posó sobre su muslo, apenas por encima de la tela del pantalón. Él no se movió. Solo dejó que su piel sintiera la suya, y que el tiempo, los años, se disolvieran en ese contacto.
—Tú primero —dijo él.
Ella subió la mano, lentamente, hasta su cuello. No lo tocó con urgencia. Lo acarició como si fuera un libro abierto, como si temiera que un movimiento brusco hiciera desaparecer las palabras.
Daniel cerró los ojos.
—Tú edad es como un río —susurró—. Joven, pero con fondo oscuro. Como si hubieras vivido más de lo que parece.
—¿Y la tuya?
—Como un océano antiguo. Profundo. Con mareas que ya no necesitan luna para moverse.
Su mano izquierda subió, suavemente, hasta su cuello también. Sus dedos rozaron su mandíbula, su oreja, la línea de su pelo. Luego, con lentitud, giró su rostro hacia él. Y lo besó.
No fue un beso de fuego. Fue un beso de confianza. De reconocimiento. De descubrimiento. Sus labios eran suaves, cálidos, y tenían un sabor a café y a sal, como si hubieran estado esperando este momento desde el primer día.
Camila se inclinó hacia atrás, apenas, para verlo. Él la miraba con una expresión que no tenía nombre: no era posesividad, ni deseo puro, ni siquiera ternura. Era admiración. Como cuando alguien ve por primera vez una obra maestra restaurada.
—¿Puedo seguir? —preguntó él.
Ella asintió, y entonces él la tomó por la cintura con una sola mano, levantándola con facilidad, sin esfuerzo. Ella se sentó sobre sus muslos, con las piernas colgando a un lado, el cuerpo erguido, los ojos cerrados.
Él pasó los dedos por su espalda, bajo la camiseta, y empezó a deslizarla hacia arriba, con calma. Cuando la tela se levantó, él la ayudó a sacarla por la cabeza, y ella quedó con el sujetador de encaje negro, que no escondía nada que no quisiera mostrarse.
Daniel la miró. No como quien mira un cuerpo, sino como quien mira un paisaje. Lento. Atento. Reconociendo cada curva, cada sombra, cada marca que la historia había dejado.
—Eres hermosa —dijo, con voz grave, sin apuro—. Pero no por lo que se ve. Por lo que se siente.
Y entonces, con los pulgares, rozó sus clavículas, bajó hasta sus hombros, y con la punta de los dedos, deslizó las tiras del sujetador hacia abajo, hasta que las tiras cayeron en sus manos. Ella no se movió. Dejó que él hiciera el trabajo con precisión, con respeto, como si cada movimiento fuera una palabra en un poema que acababa de inventar.
Cuando quedó sola con la tela apenas colgando, él inclinó la cabeza y besó su pecho, justo sobre el corazón. No con apuro, sino con intención. Como si quisiera grabar el latido en su piel.
—¿Sientes algo? —preguntó ella.
—Sí —
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