El Sabor de la Lluvia

El Sabor de la Lluvia

@andres_rio ·19 de junio de 2026 · 🔥 3.9 (40) · 31 lecturas · 8 min de lectura

Llovía desde las tres de la tarde, una lluvia suave y persistente que bañaba la ciudad con ese olor a tierra mojada y humo viejo que solo el verano mexicano sabe desenterrar. Yo estaba en la cocina, pelando jitomates para el mole, con las manos ya manchadas de jugo rojo y los pies descalzos sobre el piso frío de cantera. Fuera, el cielo se había vuelto gris plomo, pero dentro —dentro, todo era calor y luz cálida de amanecer tardío.

La puerta se abrió sin sonar el timbre. Un chasquido seco de madera húmeda, y luego su presencia: alto, con la camisa blanca pegada a los hombros, el cabello negro ligeramente despeinado por el viento, gotas de agua rodando por el cuello como perlas de jade.

—¿Te importa si me quedo hasta que pare la tormenta? —preguntó, y su voz era ese tono bajo que solo usaba conmigo, como si cada palabra fuera un secreto que no quería compartir con el mundo.

—Si te quedas, al menos ponte algo seco —dije, sin mirarlo aún, fingiendo indiferencia, pero el corazón me latía fuerte, como si hubiera estado esperando su llegada desde que desperté.

Me llamaba Daniel. Lo había conocido tres meses antes en el mercado de Coyoacán, donde vendía artesanías de madera junto con su tío. Era de Guadalajara, decía, pero llevaba años viviendo aquí, en la ciudad. Tenía los ojos claros, casi transparentes bajo la luz de la lluvia, y una sonrisa que no era de fastidio, sino de complicidad contenida.

—¿Y si la lluvia no para? —preguntó ahora, acercándose a la mesa de madera donde yo aún pelaba.

—Entonces te quedas hasta mañana —respondí, por fin mirándolo.

No lo hice con intención de provocación. Fue natural, como dejar que el viento se lleva una hoja seca del árbol. Y entonces él me sonrió, esa sonrisa que ya conocía, la de antes de la tormenta.

—Te ayudaré con el mole —dijo, y se quitó la camisa, dejando al descubierto su torso, seco, con ese vello oscuro que se perdía en el borde de los jeans ya humedecidos.

Lo dejé pelar cebollas. Él lo hacía con lentitud, con cuidado, como si pelar fuera un ritual. Yo observaba sus manos, grandes, con venas marcadas, nudillos ligeramente marcados por el trabajo. Me recordaba a los árboles: fuertes, pero con la corteza suave donde el tiempo ha dejado su huella.

El mole hervía, lento, como debe ser. Y mientras el aroma del chile y el chocolate se elevaba, Daniel y yo nos fuimos acercando, sin prisa, sin apuro. Una mano en su muñeca, un dedo que recorre la línea de su antebrazo, una risa contenida cuando una gota de jugo de jitomate le cae en el pecho.

—¿Te gustan los jitomates? —le pregunté.

—Me gusta el sabor de la lluvia sobre la piel —respondió él, sin mirarme, pero con los ojos cerrados, como si recordara algo.

No dije nada más. Solo lo tomé de la mano y lo llevé al cuarto.

No hubo apuro. No hubo desesperación. Solo la quietud de un cuerpo que se deja caer sobre una cama vieja, con el colchón hundido en el centro y las sábanas de algodón claro, ya desgastadas por los veranos. La lluvia seguía golpeando el techo, pero ahora era una melodía distinta, una percusión lenta, como tambores lejanos.

Me acerqué a él, sentado en la cama, con las piernas abiertas, las manos sobre los muslos. Lo observé. Sus ojos, claros, fijos en mí, sin miedo, sin apremio. Solo espera.

Desabroché mi blusa, una a una, con lentitud, dejando que el aire entrara suavemente, que las gotas de sudor en mi espalda se evaporaran. Me quité los zapatos, los calcetines, y me senté frente a él, con las rodillas en la cama, entre sus piernas.

—¿Te importa si te toco? —le pregunté.

—Estoy aquí para eso —respondió, y esa frase no era una invitación, era una confesión.

Le desabrochó el cinturón. No con urgencia. Con deliberación. Como si cada click del metal fuera un paso en un baile que ya habíamos rehecho en silencio. Luego, el botón de sus jeans, el zzzzip lento, y el tejido cediendo, dejando al descubierto la tela interior de algodón, ya marcada por el sudor y el calor.

—Espera —dije.

Y con las yemas de los dedos, tracé el contorno del paño, sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba, cómo el músculo debajo se tensaba, cómo su respiración se hacía más profunda, más baja.

—No me saltes pasos —le dije, sonriendo.

—No me salto ninguno —respondió—. Solo sigo tu ritmo.

Entonces, lentamente, bajé la tela, dejando que su verga saliera a la luz, gruesa, ya parcialmente dura, con la punta húmeda y brillante. Me incliné, y sin tocarla aún, inspiré: el olor a sal, a hombre, a piel caliente y jabón de pino. Cerré los ojos. Escuché su respiración, que ahora era más irregular, más profunda.

—¿Te gusta? —le pregunté, sin abrir los ojos.

—Sí —respondió—. Pero quiero que lo hagas.

Abrí los ojos. Lo miré fijamente, sin borrar la sonrisa.

—No pediste nada —dije—. Solo me miraste.

—Entonces pedí permiso —dijo—. Con la mirada.

Y entonces lo tomé con la mano, con suavidad, con la palma templada, y lo acaricié de base a punta, una, dos veces, con ese gesto que ya sabía, que había aprendido con el tiempo y con la práctica, con la confianza de quien sabe que no hay prisa.

—Tú me enseñas —dije—. Tú me dices cómo.

—No necesito que me digas cómo —respondió—. Solo necesito que me des lo que quieres darme.

Y entonces lo tomé con los labios.

No fue rápido. No fue apremiante. Fue una entrada lenta, cuidadosa, como se abre una puerta que ya conoces, pero que cada vez se abre con más ternura. Su verga entró en mi boca, cálida, húmeda, con ese sabor a sal y a hombre, a vida. La lengua la acarició desde abajo, y luego, con suavidad, lo rodeé con los labios, tirando suavemente hacia afuera, como si desenrollara un pergamino antiguo.

—Mierda —murmuró, y su voz era áspera, rota por la emoción contenida.

No paré. Seguí, con lentitud, con confianza, con esa seguridad que solo da el deseo compartido, el consentimiento constante, el silencio que habla más que las palabras.

Subí, baje, subí, baje. Con la lengua tracé los contornos de su glande, lo lamí suavemente, como si fuera un dulce de leche que se derrite en la lengua. Luego, con los dedos, toqué sus nalgas, sus muslos, sentí el calor de su piel, el latido de su sangre en las venas.

—¿Así? —le pregunté, apartando mi boca con un sonido húmedo, y mirándolo a los ojos.

—Sí —respondió—. Pero ahora quiero verte.

Y entonces me tomó la cara con ambas manos, con delicadeza, y me acercó a él, y besó mis labios. Su boca era cálida, con el sabor de la lluvia y del café que había tomado antes de llegar. Me besó como si me estuviera aprendiendo, como si cada movimiento de sus labios fuera una pregunta que esperaba una respuesta.

—¿Quieres que te meta la lengua? —le pregunté, entre beso y beso.

—Sí —dijo—. Pero que no sea rápido.

Entonces, con la punta de la lengua, entré en su boca, lentamente, buscando su lengua, encontrándola, enredándola con la mía, como dos ramas que se entrelazan en el viento. Me besó con fuerza, pero sin apuro, como si cada segundo fuera eterno.

Lo solté, y me incliné otra vez. Esta vez, tomé su verga con los labios, y la hundí hasta la base, hasta sentir su cuerpo contra mi rostro. Luego, con la mano, acaricié sus testículos, con suavidad, con esa ternura que solo se da cuando se sabe que el otro se entrega sin reservas.

—Me estás matando —dijo, y su voz era un susurro, una confesión.

—No quiero matarte —respondí—. Solo quiero que sientas.

Y entonces lo tomé con más profundidad, con más confianza, con más deseo. Sentí su cuerpo temblar, sentí cómo sus manos se apretaban contra las sábanas, cómo su respiración se volvía más agitada, más profunda.

—Ya casi —dijo—. Ya casi.

No paré. Seguí, con más fuerza, con más intensidad, pero sin romper el ritmo. Sentí su verga palpitando, sentí cómo su cuerpo se tensaba, cómo su espalda se arqueaba, y entonces, con un gemido bajo, casi ahogado, se corrió en mi boca.

Lo sentí, cálido, espeso, llenando mi garganta con ese sabor a sal, a hombre, a vida.

No me aparté de inmediato. Esperé, con los labios aún cerrados sobre él, hasta que sintió su cuerpo relajarse, hasta que su respiración volvía a ser lenta, profunda.

Entonces me aparté, con lentitud, con respeto, y lo miré.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Sí —respondió, y me tomó la mano—. Estoy mejor que bien.

Lo besé de nuevo, esta vez con la boca limpia, con la lengua que aún sentía su sabor.

—¿Y ahora? —le pregunté.

—Ahora —dijo—, quiero que me des un poco de tu calor.

Y así lo hicimos. Nos tumbamos, uno al lado del otro, sin prisa, sin rumbo, con las piernas entrelazadas, con las manos buscando la piel del otro. La lluvia seguía cayendo, pero ahora era una canción de cuna. El mole seguía hirviendo, lento, como debe ser.

—¿Por qué hoy? —le pregunté.

—Porque hoy llovía —dijo—. Y porque hoy me sentí valiente.

—¿Valiente? —repetí.

—Sí —dijo—. Porque hoy me dejé ver.

—Y yo me dejé sentir —respondí.

No hubo más palabras. Solo el silencio cómodo de quien ha compartido algo que no se puede explicar con palabras. Solo el olor a lluvia, a hombre, a chile y chocolate.

Y mientras el sol se asomaba entre las nubes, y la lluvia dejaba de caer, yo supe que había algo nuevo entre nosotros: algo que no era urgente, que no era apresurado, que no era pasajero. Algo que era lento, profundo, real.

Algo que se llamaba deseo, sí, pero no como lo pintan en los libros. No como una llama que quema.

Como la lluvia: suave, constante, necesaria.

Como la tierra que recibe el agua, y se llena, y florece.

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@andres_rio

Cuerpos sin prisa, bajo el cielo abierto. Lo sensorial, lo natural, el deseo que se toma su tiempo como el río.

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